Exilio y memoria

«Los recuerdos fragmentarios que me persiguen tienen carácter de obsesiones. Cuando pienso en Alemania me da la sensación de que algo demente anida en mi cabeza». Lo dice Max Ferber, un pintor alemán afincado en Manchester, en la última parte de 'Los emigrados'.

Un poco más adelante Ferber habla de «un maligno cuento de hadas germánico» y a continuación conocemos la historia de sus padres, dos jóvenes judíos asesinados por los nazis. Frente a él escucha un narrador reservado y trotamundos que colecciona historias y tiene un trato especial con los fantasmas. Es Sebald, uno de los grandes escritores europeos de los últimos años. En esta novela -que ya fue publicada por Debate en 1996- el autor reúne las historias de cuatro exiliados y esboza, con discreción, la suya propia. Con veinte años, el autor de 'Austerlitz' abandonó su pequeño pueblo natal («un paradigma del fascismo», lo llamó en alguna ocasión) para viajar a Inglaterra, donde trabajó como profesor universitario hasta su muerte. Se ha repetido muchas veces: uno de los motivos fundamentales de la literatura de Sebald es el desarraigo. El novelista solía referirse a sí mismo como un individuo «extraterritorial».

'Los emigrados' constituye una reflexión sobre el exilio y sobre el modo en que Europa ha asumido su pasado. El libro reconstruye las vidas de Henry Selwin, un antiguo casero de Sebald; Paul Bereyter, uno de sus profesores en la escuela primaria; Ambros Adelwarth, un tío abuelo del autor que trabajó para el excéntrico millonario Cosmo Solomon, y Max Ferber, un artista al que conoció en Manchester. Los cuatro eran judíos y los cuatro salieron de Alemania en algún momento de sus vidas. Los cuatro terminaron quitándose la vida o permitiendo que otros se la quitaran. Se trata de gente corriente que, de un modo u otro, se vio afectada por el nazismo. Como en otros libros de Sebald, detrás de cada historia late una sensación de extrañeza y profunda amargura. Se diría que el autor no llega a comprender que la realidad, el mundo en el que vive, parezca haberse confabulado para hacer como si nada excepcional hubiese ocurrido en la Alemania de los años treinta, como si la vida de sus padres y abuelos hubiese sido perfectamente normal.

El libro está escrito con brillantez. Sebald consigue que sus frases de larguísimo periodo se sucedan con naturalidad y no resulten en ningún momento oscuras o aparatosas. Su prosa tiene una peculiar cadencia hipnótica y un tono que resulta a la vez solemne y confidencial. Por otro lado, estamos ante un autor preciso y contenido. Tiene el buen gusto de evitar la artimaña del sentimentalismo y nunca menosprecia la inteligencia de sus lectores.