Y Dios se marchó del pueblo

DAVID DE PRADO TARILONTEALCALDE DE SANTERVÁS DE LA VEGA

DESDE hace cuarenta años los pueblos languidecen en medio del sopor, del marasmo, la atonía y la indiferencia generales sin que nadie sea capaz de hallar una solución que evite el masivo desplazamiento.

La peregrinación a las ciudades de la periferia peninsular para trabajar en la fábrica, un horario reducido y la huída a Alemania en busca de fortuna fácil despoblaron los pueblos. Después acabó la diáspora, pero los pueblos siguieron despoblándose.

Mejoraron las condiciones de vida. Los pueblos consiguieron unas infraestructuras elementales: abastecimiento, saneamientos, alumbrados públicos, teléfono domiciliario, pavimentación de calles... Mejoró el aspecto de los pueblos, pero siguieron despoblándose.

Continuó el progreso rural. Se construyeron nuevos consultorios médicos. Se dotó a los pueblos de instalaciones deportivas: frontones, pistas polideportivas, boleras e incluso piscinas. Nuevas casas consistoriales sustituyeron a los viejos y destartalados edificios. Se informatizó la administración municipal, pero los pueblos siguieron despoblándose.

El progreso rural se manifestaba palpable. Mancomunidades de pequeños municipios confederados resolvían en parte el problema de los residuos sólidos, generando en las poblaciones una sensación de limpieza, aseo y ornato en espacios periurbanos y zonas ajardinadas. También mejoraron las vías de comunicación, con lo que las esperanzas de progreso y asentamiento parecían fundadas. Incluso se pusieron en marcha proyecto de turismo rural como panacea y solución de todos los males. Pues ni por éstas. Los pueblos siguieron languideciendo.

Ahora, febrero del siglo XXI, lo urbano significa bienestar social, diversión, vida fácil, lujo, boato, comodidad, horario de trabajo corto, relaciones sociales, piso, calor, atención médica, sombrero y limpieza. Lo rural se identifica con pobreza, frío, barro, ignorancia, boina descolorida, pantalones de pana raídos y zurrón de pan seco.

En los albores del siglo XXI todavía existe la cultura del piso, algo que se considera un signo de estatus social superior. La meta del joven matrimonio rural es conseguir un piso, si es posible de protección oficial. En el piso no oirás cantar a las gallinas al amanecer, ni ladrar los perros durante el día, ni mugir las vacas por la noche.

El piso huele a detergente, a guisos, vecinos y lejía. La casa del pueblo huele a adobe y a humedad. La casa del pueblo tiene goteras y habitaciones desconchadas por la incuria de los propietarios.

-Amor mío, ¿quieres casarte conmigo?

-Sí cariño, pero con la condición de vivir en un piso.

-¿Pero, si tenemos la casa de mis padres vacía!

-Es que en el pueblo no tengo con quien alternar.

La pareja de novios se casó y vive en un pisito muy mono en la cabecera de comarca. Alguna vez, y a fuerza de ruegos, el padre o la madre de él o de ella, o ambos, acuden a ver el piso. El padre, la madre de él o de ella, o ambos, se deshacen en elogios hacia el alicatado del cuarto de baño. Y los pueblos siguen despoblándose.

No hemos sabido vender los valores rurales, la esencia rural. Es cierto que tampoco nos han dejado. Lo rural ha estado al servicio de lo urbano. Los políticos profesionales, los que cobran sueldos generosos siempre que viajan a los pueblos con el billete de vuelta, nunca se han quedado una sola noche a oír cantar al gallo o mugir a las vacas.

Los políticos profesionales han elaborado montones de leyes con mentalidad urbana y civilizada. No han sido capaces de tener en cuenta el carácter rural de una comunidad autónoma como la nuestra, en la que el 90% de los municipios no pasa de los dos mil habitantes. Han creado una administración local rígida, inflexible, pétrea y granítica, en la que cualquier proyecto de actuación precisa de un montón de papeles, vistos buenos, informes y otras zarandajas. Lo mismo se legisla para un municipio de ochenta habitantes que para uno de ochenta mil. ¿Cómo si las circunstancias fueran las mismas!

Creo que Dios también se ha ido a vivir a la ciudad, que no aguanta el frío del invierno castellano. Él, que siempre había presumido de ser de pueblo.