Al amor de la tierra

El eremitorio de San Miguel, junto a la localidad de Presillas, es una joya de la arquitectura rupestre burgalesa

JAVIER PRIETO GALLEGOVALLADOLID
Al amor de la tierra

No siempre la roca es dura como una roca. A veces es blanda como un merengue. En especial la roca de tipo arenisca que es, como su nombre indica, arena compacta. De hecho, basta pasar por ella un dedo para dejar la firma. O ponerse con un martillo y un escoplo para marcarse una catedral. O una iglesia tan recuca que dan ganas de quedarse a vivir en ella.

Ese debió de ser el proceso, más o menos, que allá por el siglo IX y X se vivió en el entorno de la cabecera del Ebro y los valles aledaños, cuando una pequeña tropa de atrevidos anacoretas se liaron la manta a la cabeza y se fueron a vivir entre los cañones, desfiladeros, precipicios y covachas que salpican el norte de las provincias de Burgos y Palencia, cuando todo este territorio era un desierto de vida y esperanza. En muchos casos supieron aprovechar la blandura y ductilidad de este tipo de roca para horadar en ella los edificios que les era imposible construir sobre la tierra, tanto por falta de mano de obra como de materiales.

Entre los varios eremitorios notables que pueden visitarse en el territorio señalado merece la pena fijarse en la iglesia rupestre de San Miguel, junto a la localidad burgalesa de Presillas. No es tan fácil como parece.

En primer lugar por la pésima señalización de las carreteras que conducen hasta la aldea: todas, menos el cartel a la entrada del pueblo, la ignoran. En segundo, porque el pueblo es tan diminuto que no aparece en la mayoría de los mapas. Y en tercero, porque la iglesia en cuestión, a pesar de estar valorada por los expertos como una auténtica joya, es apenas conocida y visitada.

Arquitectura montañesa

Presillas -cuatro casas de pura arquitectura montañesa- se encuentra justo en el extremo de la península administrativa que forma el Alfoz de Bricia en el noroeste burgalés, diminuto apéndice de esta provincia que aparece rodeado de tierras cántabras por todas partes menos por una. Desde el interior de la localidad arranca la pista forestal que lleva, en unos 500 metros, hasta las moles rocosas donde, allá por el siglo X, una pequeña comunidad de monjes tuvo la ocurrencia de construirse un pequeño monasterio donde orar bajo la tierra. Recorrida esa distancia, un monolito con el escudo de Castilla y León y una inesperada barandilla de madera comida por el robledal son los indicios que el caminante debe interpretar como el arranque del sendero que lleva, en otros 200 metros, hasta la pared rocosa que alberga el templo.

La iglesia altomedieval de San Miguel destaca tanto por sus dimensiones como por su compleja estructura. Se encuentra orientada de Este a Oeste y en su interior, al que uno se asoma desde una gran repisa rocosa tras trepar por una escalinata anclada en la pared, se descubren tres naves con sus necesarias pilastras, también talladas en la arenisca, y sus respectivos ábsides. La estructura se completa con bancos para los fieles, pequeñas hornacinas y agujeros y soportes, todos ellos tallados en la misma roca, entre cuyas funciones estuvo la de servir para sostener la estructura de madera con la que se completaría el recubrimiento de paredes y techos.

Caminando por la base del peñón hacia su costado izquierdo se halla la Cueva de la Vieja, cuya apertura a mitad de la pared deja ver en su interior la existencia de dos depósitos de agua a los que se atribuye funciones bautismales, sin duda relacionadas con el monasterio del que formaron parte la iglesia, esta cueva y otras varias oquedades localizadas en el entorno, todas ellas con evidencias de haber sido creadas y utilizadas en aquella época lejana.

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