El accidente que aceleró la reforma

C. A.SEGOVIA
El accidente que aceleró  la reforma

El Ayuntamiento de Segovia llevaba años queriéndole hincar el diente a la zona este del Azoguejo, pero la titularidad del terreno era del Estado. La presencia creciente de automóviles y la apertura, en los cincuenta, de la avenida de Fernández Ladreda, hicieron insostenible la situación. Además, el Acueducto, con la llegada de los primeros turistas, requería más visión. La prensa local reclamó en varias ocasiones una reforma que muchos consideraban inevitable y el municipio convocó en 1946 un concurso de arquitectura para idear un espacio abierto de acceso al Acueducto. Los proyectos, algunos muy interesantes, duermen en un cajón el sueño de los justos.

El lunes 8 de abril de 1957 se produjo un accidente que bien pudo acelerar la desaparición de la estética anterior de la plaza Oriental. Un camión que bajaba sin frenos desde Chamberí fue a chocar contra el petril de Gascos. Uno de los ocupantes, Fidel Lázaro Arranz, de 42 años, murió después de salir despedido y los otros dos sufrieron heridas de diversa consideración. El histórico petril no soportó el impacto y se derrumbó sobre la calle con tan mala fortuna que las piedras cayeron encima de Paulino Llorente Cuesta, un barrendero de 34 años que hacía su labor con una carretilla; el operario resultó herido. Parte del vehículo siniestrado chocó además contra un hito de piedra situado a escasos metros del Acueducto. Todo ocurrió al alba, por lo que no había más personas en el lugar.

El suceso causó verdadera conmoción en la ciudad; desde varias instancias se hizo ver la necesidad del derribo de las casas, aunque el Ministerio de Obras Públicas no materializó el anteproyecto ya existente para explanar la zona hasta mediada la década de 1960, momento en que el franquismo metió el bisturí, derribó el edificio del Parador del Acueducto y acabó con la manzana de viviendas situada entre San Juan y la Carretera de Boceguillas. Para salvar el desnivel y construir la plaza que hoy conocemos enterró con escombros y hormigón la calle Gascos y la desplazó unos metros en dirección a San Lorenzo encajonándola entre cuatro paredones de pronunciada altitud. El Acueducto ganó visibilidad, es cierto, pero bajo sus arcos emergió un nudo de carreteras que a la postre ha resultado nocivo para su estabilidad dada la intensidad del tráfico. Han pasado más de cuarenta años de aquella operación y el urbanismo todavía no ha sido capaz de dar una respuesta a una plaza destartalada y siempre inconclusa.

De Gascos y su petril solo quedan el recuerdo y un puñado de fotografías en sepia que ahora permiten conocer la configuración antigua de un entorno siempre marcado por la presencia del bimilenario Acueducto, santo y seña de Segovia.