Desde el petril de Gascos

Desde el petril de Gascos

La calle Gascos tenía solera. Ubicada en pleno centro del arrabal, nacía a los pies del Acueducto. Un murete de piedra salvaba el desnivel y la separaba de la llamada Carretera de Boceguillas, hoy Vía Roma. Gascos se hundía poco a poco en dirección a las huertas de San Lorenzo, pero lo hacía de manera armónica y progresiva, siguiendo toda una línea de casitas de construcción irregular habitadas por gente trabajadora. Estas viviendas de no más de dos pisos formaban parte de una manzana cuyas traseras daban a la calle San Juan, puerta del recinto amurallado. La manzanita de casas humildes estaba dividida por el sí desaparecido callejón de Gascos, que no hay que confundir con la calle de idéntico nombre, aunque a aquel también se descendía desde el Acueducto por las mismas escalerillas que daban acceso a Gascos.

«En el chaflán de la manzana de casas, partido en dos por el callejón de Gascos, había dos tascas. Según se mira desde el Acueducto, a la izquierda, es decir, entre la calle San Juan y el callejón, estaba la taberna de Leoncio Sombría, el 'tío Calabazas', y al otro lado, entre el callejón y la calle Gascos, el bar Mocheta; por lo menos así fue en torno a la guerra». Juan Moreno y Emilio Fuentetaja tienen 82 años y los recuerdos a flor de piel. Gascos y sus inmediaciones han sido escenario de sus juegos infantiles porque el área ahora ocupado por el tráfico de la plaza Oriental era todo un barrio -quizás el más animado y divertido de Segovia- y el Acueducto, el rompeolas donde paraba la población de toda la provincia.

Posiblemente, Gascos es, junto a Escuderos, la calle segoviana de nombre más remoto. La tradición oral y varios autores atribuyen su denominación a los antiguos gascones que llegaron de la Gascuña francesa acompañando a una borriquilla que portaba un Cristo yacente cuya propiedad se disputaban dos regiones. El animal cayó extenuado en esta ciudad y en ella se quedó el Cristo románico, que permanece en la iglesia de San Justo. Los acompañantes residieron durante un tiempo en algunas casas de la calle. Por tanto, cuando Juan y Emilio nacieron, Gascos llevaba cientos de años existiendo. En el Archivo Municipal hay referencias fechadas en torno a 1550. En esta época abundaban en el barrio del Salvador los llamados tintes y algunos tenían su prolongación en Gascos, pues era una calle que se beneficiaba de las escorrentías de agua procedentes tanto de San Juan como del arroyo Alamillos, que bajaba desde la Cueva de la Zorra. En un documento de 1663 se ubica en Gascos la Casa del Pescado Remojado, lugar donde, al parecer, se desalaba todo el pescado que llegaba a la ciudad. Siglos permaneció vigente tan peculiar actividad.

Asimismo se sabe que hacia 1850 funcionaba en la calle un molino de chocolate y que en una de las casas de dos pisos que asomaban por encima del famoso petril, la del número 13, había una de las hospederías más frecuentadas, la posada de Gascos; veintidós reales costaba alojarse en su mejor habitación por cada veinticuatro horas, pensión completa, según la tarifa de precios que regía en el establecimiento en 1859. La posada de Gascos, transformada en botería años después, fue escenario de una de las más sonadas escapadas del 'Tuerto de Pirón', el célebre bandolero segoviano de la segunda mitad del XIX. Narra Mariano Gómez de Caso que, avisados de que su presencia en la posada había sido descubierta por los inspectores de Vigilancia, el 'Tuerto' y sus secuaces se descolgaron por ventanas y balcones y, a través de un patio trasero, lograron ganar las cuestas de Santa Lucía y las huertas de San Lorenzo, por donde huyeron.

La Casa del Pueblo

Ya en las primeras décadas del siglo XX, la personalidad de la calle Gascos estuvo muy ligada al incipiente movimiento obrero. En el número 17 de la vía se abría la Casa del Pueblo, centro de reunión y asociación de todos los colectivos obreros, sindicatos y partidos políticos de izquierdas de la ciudad. La actividad sindical de la Casa del Pueblo fue creciendo durante los últimos años de la Monarquía de Alfonso XIII y eclosionó en la etapa de la II República, de tal manera que en 1936, el año del comienzo de la guerra, el local contaba con varios centenares de afiliados, obreros de todos los oficios. De la Casa del Pueblo partió la manifestación que acabó proclamando la República en la Plaza Mayor el día 14 de abril de 1931.

Como vemos, la Historia con mayúsculas visitó Gascos en varias ocasiones. En 1926, la calle estuvo a punto de cambiar de nombre porque los socialistas de la Casa del Pueblo quisieron dedicársela al fundador del PSOE y de la UGT, Pablo Iglesias, fallecido un año antes. Así figura en la solicitud que formularon al Ayuntamiento: «En esta calle tienen su domicilio social las sociedades obreras» que fundó «el inolvidable Iglesias», quien «se hizo acreedor al respeto y a la estimación nacional por sus altas dotes de laboriosidad, constancia y honradez dentro del importantísimo sector de opinión que en el país representaba». El alcalde, Fernando Rivas, respondió que el Ayuntamiento no atendía la petición debido al carácter «eminentemente tradicional» de Gascos. Finalmente fue la calle de la Plata la que adoptó el nombre del mítico socialista.

Bajo las bombas

La Guerra Civil dejó la huella de su zarpa junto al petril de Gascos. En el verano de 1936 la tranquilidad cotidiana de una zona de por sí bulliciosa se vio alterada por las bombas de la aviación republicana. El día 14 de agosto cinco personas murieron alcanzadas por la metralla de los artefactos que el llamado 'pájaro negro' lanzó sobre la Carretera de Boceguillas, entre la calle Gascos y el Almacén de Coloniales de Claudio Moreno, situado justo enfrente del petril. Dos mujeres, un anciano y su nieto fueron las víctimas, según el parte del gobernador civil. El bombardeo del día 14, que se reprodujo en otros puntos de la ciudad, provocó la reacción de las autoridades nacionalistas, que ordenaron varias sacas de presos republicanos de las cárceles segovianas; su fusilamiento vengó lo ocurrido el día anterior. Era la dinámica de la guerra. Juan y Emilio recuerdan bien este episodio: «Las sirenas solían avisar de la presencia del 'pájaro negro', un avión ruso enorme, y corríamos a escondernos en los sótanos de las casas, pero hubo quienes no tuvieron suerte», comentan.

Tras el paréntesis bélico, el lado oriental del Acueducto recuperó el pulso anterior, si es que alguna vez lo perdió. «Era el centro de todo -añade Emilio-; allí llegaban los carros procedentes de los pueblos, los coches de línea de Galo Álvarez y de Transportes La Serrana. En la confluencia de las carreteras de Boceguillas y La Granja (Vía Roma y Padre Claret), estaba el Parador del Norte, y en Fernán García, en el edificio del almacén de coloniales, el Parador del Acueducto (a escasa distancia de los pilares del monumento). Había varios bares: el del 'tío Calabazas', el Mocheta y el Turismo, que después se llamó Turia. Al otro lado del Acueducto, en el Azoguejo, estaban el Café Columba, el bar Venecia, el Racimo de Oro era, con diferencia, la zona con más vida de Segovia». Este trajín cotidiano cobraba vigor los jueves, día en que los tratantes de los pueblos sellaban sus acuerdos en pleno Azoguejo entre apretones de manos.

Tampoco faltaban los menesterosos que veían la vida pasar desde el petril de Gascos. Inolvidable es 'Cacagüés', personaje singular generalmente desocupado que se ofrecía a hacer todo tipo de recados: «Parece que lo estoy viendo, encogido y con el pitillo pegado en el labio seco», apunta Juan. En el callejón de Gascos, tantas veces argumento de pintores y fotógrafos, tenía su taller Federe, el guarnicionero; también vivía en la zona Gerardo, que vendía barquillos y obleas, y un poco antes de llegar a la Casa del Pueblo estaba el taller de los Michelines para el recauchutado de ruedas. «La vaquería de Santos Cerezo era de las últimas, ya casi en las huertas -rememora Juan Moreno- ¿Ah! y en la plazuela de la Resolana, casi en las cuestas de Santa Lucía, habitaba el señor León, que fabricaba cacharros de barro que después vendía en el mercado del Azoguejo».