Palencia 2006

GUILLERMO DE MIGUEL AMIEVA

OTRA cifra advenida tras la caída de las hojas del calendario. Quizás el año es un otoño largo que deja su hojarasca de trescientas sesenta y cinco concretas hojas de cada día. La vida nos acaba pareciendo al final un devenir aburrido que hemos de soportar y quizás ocurre que, al final, aceptamos la mediocridad como algo cierto cuando, si se fija uno bien, no es así.

La vida que cada día alborea y se hace presencia resulta mágica por el solo hecho de amanecer una vez más, pero ocurre que damos por consabido algo que no tiene necesariamente por qué suceder. A diario son muchos los seres que no amanecen, muchos son los que son entregados al apetito devorador de la muerte pero, sin embargo, nosotros seguimos pensando que es una obligación de la naturaleza darnos la vida de cada día, imaginamos que siempre la tendremos, al menos por ese espacio concreto de tiempo que nuestras expectativas nos dan. Lo que damos por hecho acontece que luego se resuelve aburrido y, encima, no es agradecido. Hagamos pues un ejercicio de gratitud para este dos mil seis en que nuestras pupilas aún se abren por la mañana. ¿Oh flores hermosas que su rocío expulsan!

Bienvenida sea esta nueva cifra que arrostra la Historia y bienvenidas sean todas y cada una de las hojas que a diario vayan cayendo en nuestra pequeña ciudad.

Nuestra pequeña ciudad, crisol donde hemos escanciado nuestra vida, pervive y nos sobrevive. Es una pequeña ciudad milenaria que trae ecos desde el fondo del tiempo. Hay veces que solamente nos fijamos en su tamaño o en sus escasas posibilidades de desarrollo sin notar lo consabido. Otra vez lo consabido. La pervivencia, la presencia a lo largo de los siglos. Olvidamos el pasado y siempre nos fijamos en el presente, pero basta darse una pequeña vuelta por nuestra pequeña ciudad de provincias para reencontrarse con el tiempo y sentir que el tiempo pasado se revuelve como un bucle inmiscuyéndose en nuestro propio tiempo.

Para nuestra pequeña ciudad de provincias la llegada de un nuevo año cimenta una vez más su presencia, refuerza su coquetería ancestral, la hace sentirse joven siendo vieja. Sin embargo, nosotros, sus habitantes de este tiempo -siempre han existido otros- la vemos de forma distinta. Nos parece una ciudad anclada, quieta y polvorienta, vieja, sin posibilidades, quizás cómoda, pero quizás angustiosa porque angustia nos produce no saber cuál será nuestro porvenir en ella.

Hace muchos años quizás que proyectamos sobre ella nuestras frustraciones, nuestra incapacidad para verla más viva, pero no nos damos cuenta que eso que vemos somos simplemente nosotros, los habitantes de este tiempo, los que a esta bella desconocida le ha traído en suerte el destino presente. Ella ha existido antes. Unas veces más lozana, otras más gloriosa, otras más rica, otras más pobre, pero siempre sobrevive y siempre está. Es más, sabe que siempre estará porque, hablando de la inmortalidad, solamente la piedra tiene el secreto filosofal de esa ciencia alquímica y Palencia, nuestra pequeña Palencia, si algo es, es piedra acumulada a lo largo del tiempo para que nosotros, sus habitantes, dejemos nuestro paso y envejezcamos. Nosotros envejecemos en su seno, pero ella no. Ella pervive.

No sé si en las últimas décadas hemos hecho algo digno de mérito que merezca que ella, Palencia, nos conserve en su memoria. Quizás nos hemos conformado, quizás hemos pretendido simplemente seguir estando, seguir sobreviviendo. Y eso lo hemos hecho todos. Quizás no representemos para ella más que seres que le ha tocado en mala suerte tener en sus calles, en sus plazas y en sus avenidas. Su suelo nos ha acogido, nuestras casas son huecos displicentes que ella misma nos ha dado, sus iglesias han recogido nuestros silencios piadosos y también nuestras plegarias, día a día se ha ido transformando pero nosotros no, nosotros siempre hemos sido los mismos cansinos habitantes desprovistos de imaginación y entrega. Quizás no nos la merecemos y quizás por eso nos expulsa despoblándose, quizás no nos aguanta por más tiempo y le supone un alivio esa huida enorme que gota a gota van componiendo los años.

No nos quiere, eso es lo que tenemos que reflexionar. No quiere nuestros miedos provincianos, nuestra incapacidad de asumir riesgos, nuestra contención, nuestra confianza de que ella siempre tendrá un hueco preciso y concreto para nosotros en alguna de sus calles.

Palencia, nuestra pequeña ciudad de provincias, tan desconocida para quien no tiene ojos para verla, resiste con sus viejos muros el paso lánguido y otoñal del tiempo, este tránsito al que no damos importancia alguna porque tampoco se lo damos a la propia vida, la nueva que nos asiste después de las uvas con la venida de un nuevo año que, si Dios no lo remedia, será como los otros.

Es decir, un tramo más del plano inclinado que nos hemos construido. Da igual decir las cosas; hasta es probable que no se acepten, quizás ya no aceptemos ni nuestras propias verdades, pero convendría agradecer con nuestra lucha diaria el hecho de que, a diferencia de muchos paisanos -esos ausentes que un día del año homenajeamos- aún estamos aquí, subsumidos en las tripas de una ciudad hermosa que merecería más ganas de ser habitada, más ganas de ser vivida, más explosión de sentidos. Ella, ya lo he mencionado, pervivirá. Nosotros no.