La llegada de los Reyes Magos en tren colapsa la Estación de Renfe

Cientos de palentinos desafían al frío en los andenes para recibir a sus Majestades de Oriente a bordo de un convoy remolcado por una locomotora de vapor 460 figurantes dieron espectacularidad a un cortejo real en el que se repartieron mil kilos de caramelos

R. S. R.PALENCIA
La llegada de los Reyes Magos en tren colapsa  la Estación de Renfe

Ya quisiera para sí Renfe que el flujo diario de viajeros en los andenes de la estación de los Jardinillos se asemejase un tanto al que ayer se concentró con la llegada de los Reyes Magos. No había espacio físico ni para respirar, y eso que faltaba aún un cuarto de hora para que, en la lejanía de las vías, el humo y los pitidos de la locomotora recuperada por la Asociación de Amigos del Ferrocarril de Venta de Baños arrancasen gritos y saltos de los más pequeños, a mitad de camino entre la ilusión y la zozobra por conocer cuanto antes si en los vagones viajaban sus juguetes soñados. Fueron solo cinco los minutos de espera, pero a los cientos de niños y mayores que ayer colapsaron la Estación de Renfe se les hicieron eternos, unos por su deseo de ver a sus Majestades y los otros por el temor a que sus retoños sufriesen alguna caída o percance. Eran las 18.50 horas cuando la megafonía anunció la llegada del ferrocarril con origen en Oriente y destino en Palencia, y lo que pasó a continuación quedó en las retinas de los que allí se dieron cita.

Ojos fijos en el vagón en el que viajaban los Reyes, chillidos de ilusión, algarabía incontenida y nerviosismo por poder tocar a los Magos fueron una constante en los más pequeños y también la nostalgia en sus padres al revivir a través de esos ojos la niñez pasada. Tuvieron serios problemas sus Majestades para descender del convoy y abrirse paso entre la multitud de mejillas rojas por el frío antes de atravesar el interior de la estación y subirse al trenecillo estacionado fuera junto con el alcalde de Palencia, Heliodoro Gallego, y el concejal de Festejos, Celso Mellado, en el que fueron conducidos hasta la calle Isaac Peral, punto de partida de la Cabalgata de Reyes.

Espectáculo de nieve

Casi sin tiempo para poder componerse, echó a andar el cortejo, que abría el Espectáculo navideño de Els Visitants, afanados sus componentes en llenar continuamente una caldera con nieve para que el cañón funcionase a pleno rendimiento.

Tras ellos desfilaban legionarios romanos a caballo y la cuadriga utilizada en el filme 'La caída del Imperio Romano', con su auriga dando algún que otro susto al público al girar 360 grados el carro y rechinando las herraduras de los dos caballos negros al patinar sobre el suelo. La banda de música de la Cofradía de la Vera Cruz con vestimenta egipcia, la legión romana, y jóvenes y niños luciendo trajes regionales palentinos precedían a otra legión, la de ocas de 'Miguelín', que, altivas y engalanadas con adornos de Navidad, arrancaban sonrisas a su paso acompasado.

El desfile continuaba con la carroza del portal de Belén, un burro, ovejas y pastores y la primera de las carrozas estrella: la del Rey Melchor, con su séquito árabe. Al carruaje del monarca de barba blanca le seguía la del Rey Gaspar, rodeado de servidores egipcios, con el ángel anunciador copando protagonismo, y la del Rey Baltasar, que gustaba de adornar su carroza con dos réplicas de la Venus de Milo.

Percance de Baltasar

Este carruaje sufrió un percance al sortear la entrada al túnel de la Plaza de Pío XII, cuando una columna del vehículo golpeó una farola y los pajes persas y miembros de la organización tuvieron que desenganchar la carroza y girarla para que no sufriera daños. Superado el escollo, continuó el cortejo su marcha hacia la calle Mayor, despertando admiraciones la carroza de once metros de la Cenicienta, que en esta ocasión, comprobación incluida, no perdió su zapatos, aunque el príncipe iba detrás de ella por si las moscas. El trenecillo en el que desplazaron los Reyes y la carroza de Mickey, Minnie y dos de los Lunnis originales -Lublina y Lula-, cerraron una Cabalgata de Reyes que podía verse, nítida, reflejada en esos miles de ojos fijos.