«El 'Pijoaparte' de hoy sería del Magreb o latinoamericano»

Seix Barral publica la edición definitiva de 'Ultimas tardes con Teresa', la novela que consagró a Marsé hace cuarenta años «Siempre abundará la literatura que oculte las obras de arte. Pero quejarse es absurdo», admite el escritor

JOSÉ MARÍA PÉREZ ZÚÑIGABARCELONA
«El 'Pijoaparte' de  hoy sería del Magreb  o latinoamericano»

Han pasado casi cuarenta años desde la primera edición de 'Últimas tardes con Teresa' (Seix Barral, 1966), pero dice Juan Marsé que se ha sentido a gusto releyéndola para esta nueva edición, que él considera definitiva. No en vano es quizá la novela que le produce mayor satisfacción; y su personaje principal, el 'Pijoaparte', ha hecho las delicias de varias generaciones que se han identificado con su rebeldía y su sueño de alcanzar una vida mejor. Y es que en eso no hemos cambiado tanto, como señala Marsé, en su casa de Barcelona. La novela que lo consagró y por la que recibió el Premio Biblioteca Breve en 1966 fue el punto de arranque de un universo narrativo que estará presente en toda su producción: la Barcelona de la posguerra y el contraste entre la alta burguesía catalana y los emigrantes. Ése fue también el mundo de su infancia, del que le quedó «una imposible propensión al mito», como diría su añorado Jaime Gil de Biedma.

-¿En qué ha cambiado esta edición de 'Ultimas tardes con Teresa'?

-No ha cambiado mucho con respecto a la edición que corregí en 1975, donde añadí un prólogo bastante extenso que he mantenido en esta última, porque creo que explica bien algunos aspectos de esta novela. He añadido una nota sobre las correcciones, pero no afectan al fondo y a la forma. Me he dado cuenta de que había abusado bastante del uso de paréntesis, que introducían en el relato la parte más imaginativa del personaje, y he preferido integrarla en el discurso narrativo sin más.

-¿Resulta difícil dar una novela por terminada?

-Yo nunca acabaría de corregir. Cuando se me propone una nueva edición de mis obras siempre las reviso, y la verdad es que disfruto haciéndolo. Es el trabajo más agradecido. Lo jodido es el papel en blanco, pues el resultado es siempre muy decepcionante, y no se parece ni de lejos a lo que uno pretendía. Así que me gusta trabajarlas cuando ya tienen cara y ojos.

-En 'Últimas tardes...' podemos leer: «Hay apodos que ilustran no solamente una manera de vivir, sino también la naturaleza social del mundo en que uno vive». ¿Cuál sería el apodo del Pijoaparte hoy?

-Tendría que pensarlo. Además, ese apodo no lo inventé yo, sino que me lo proporcionó un amigo en París, Antonio Pérez. Pero en todo caso dudo que fuera el charnego o el murciano, como decíamos aquí. Los movimientos migratorios ya no son los mismos, y probablemente se trataría de alguien del Magreb. Sería también otra historia. Antes se llamaba despectivamente charnego o murciano a cualquiera que fuera del Sur. Y es una palabra que ya no oigo. Los que llegaron han tenido hijos y nietos y están integrados. Ahora la gente que viene huyendo del hambre y buscando una oportunidad son los magrebíes y los latinoamericanos.

Crítica social

-Se ha hablado mucho de la crítica social en esta novela, pero usted ha dicho siempre que se considera un narrador, simplemente.

-Sí; no me proponía ninguna aspiración sociológica. Me aburre mucho. Inventarte una novela, con el trabajo que da, para cargarte a la burguesía catalana, es una estupidez, una pérdida de tiempo. En todo caso escribiría Sociología. Y 'Últimas tardes...' no nació para eso. El primer impulso era contar una historia entretenida que diera forma al sueño del 'Pijoaparte'. Siempre me han gustado los personajes con cierta capacidad imaginativa y que puedan reinventarse un poco la realidad para descubrir finalmente que es muy difícil. También es una historia de fracaso, que está en todas mis novelas. Y su trasfondo es un ajuste de cuentas de mi relación con el Partido Comunista, que también implicaba una situación de apariencia y realidad.

-¿Se refiere a su vida en Francia?

-Sí. De hecho la novela la concebí en París, en 1961, que fue el año en que me afilié. En las reuniones en la librería Española, en mis relaciones con viejos exiliados, me daba cuenta de que tenían una imagen delirante de España. Se hablaba de que estaba al caer una huelga general, de las jornadas de reconciliación nacional... Todo eso eran inventos teóricos del partido, y algunos se lo creían, y preparaban su maleta para ir a Madrid. Desde los 13 años había tenido una relación con el mundo obrero y sabía cuáles eran sus aspiraciones. Aunque por supuesto había movimiento en los sindicatos clandestinos y se conspiraba en la medida de lo posible, la verdad es que los trabajadores solo querían tener una buena gabardina, un reloj, y comprarse a plazos un coche.

-¿Y así se fue fraguando el mundo de la novela?

-Sí; porque yo daba clases de español a chicas en aquella época, conversaciones más bien en las que les contaba cosas de mi vida en Barcelona. Hablaba del Carmelo, de los inmigrantes, etcétera, y esto les fascinaba. Había una especie de romanticismo ideológico en esas chicas, así que yo exageraba y me inventaba historias, y por ahí empezó a surgir la del 'Pijoaparte', que era un prototipo que me resultaba familiar. De manera que esas dos cuestiones, el romanticismo ideológico progresista de las universitarias parisinas, y ese problema de la apariencia y la realidad de España, que se daba con los exiliados, es lo que se encontraba en la génesis de la novela. Quería reflejar ese equívoco, que encarna Teresa. Ella toma por un activista obrero a alguien que no lo es en absoluto. Y simplemente llevada por sus ilusionas de cómo le gustaría que fuera el mundo.

-De hecho, no le gusta mucho la figura del intelectual...

-Me gustaría matizar eso. No es que no me guste. Es que en relación con la novela, estrictamente, a veces no es muy conveniente que el intelecto se ponga en marcha. Me gustan más los narradores que los novelistas con ideas. Pero la literatura es una cuestión de gustos, siempre le he dicho, y, por lo tanto, también de limitaciones. En la medida en que me gusta mucho Dickens, por ejemplo, estoy más negado para Joyce; aunque le admire mucho como escritor. Pero prefiero Dostoyevski, Tolstoi, Flaubert o Stevenson. El intelecto, en este sentido, a veces estropea las novelas. Las ideas en Religión, en Sociología, etcétera, son lo primero que se enmohece en una novela. Tienen que estar de una manera tan implícita en ella que el mensaje te llegue en primer lugar a través de la historia.

Buena y mala literatura

-¿Y cómo distinguimos hoy la buena literatura entre tanto bombardeo mediático?

-Siempre abundará la literatura que oculte las obras de arte auténticas, y ayudada además por los medios de comunicación. ¿Por qué se lee más 'La sombra del viento', 'El código Da Vinci' y estas cosas y no Kafka...? Bueno, del mismo modo que se ve mucho más cine malo que bueno y se escucha una música infecta cuando la hay genial. No sé, pero quejarse por eso es absurdo. Lo único que se puede hacer es enseñar a desarrollar el criterio personal y unas formas exigentes en relación con el arte, y esto ya es problema del sistema educativo de cada país.

-Quizá sin desearlo, es uno de los grandes referentes de la literatura en este país, de los grandes escritores vivos, y quizá el último representante de su generación. ¿Se siente un superviviente?

-En la medida en que uno tiene ya bastantes años, sí. A veces echo un vistazo atrás y veo que han empezado a quedar por el camino muchos amigos de mi generación. (Lo eran Jaime Gil de Biedma, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix...). Pero no tengo esa sensación. No considero que tenga ningún mérito especial tampoco. De lo que soy consciente es de que el nivel que me había propuesto no lo he alcanzado. Así que no hay motivo para echar las campanas al vuelo. Me considero más bien superviviente de una época, pues sobrevivir a cuarenta años de franquismo no es moco de pavo, sobre todo si lo has mamado de chaval.

-Cuando dice que se queda corto, ¿no se refiere sólo a los libros, sino también a la idea de escritor que se había hecho de sí mismo?

-Bueno, sí, soy autodidacta, pero a pesar mío, pues me habría gustado estudiar. Haber ido a la universidad y hacer una carrera de letras, leer a los clásicos en su momento... Todo lo que he tenido que hacer después por mi cuenta y desde luego desordenadamente. Habría sido más fácil, quizá.

-Tal vez, el que una persona con inquietudes literarias se deje guiar por la intuición para sus lecturas, haga que su recorrido sea más largo, pero también más sustancial...

-Puede ser, sí; depende. Lo que no se puede saber es si hubiera sido mejor o peor. Por supuesto, el que yo hubiese ido a la universidad hubiese significado que mi familia fuese más pudiente. Habría tenido otra vida en consecuencia, y habría escrito otras cosas, pues mi experiencia habría sido otra. Ahora, ¿eso habría sido mejor? No lo sé. Yo lo único que digo es que me habría gustado leer a los clásicos en su momento y haber tenido algún maestro. Pero a lo mejor no hubiera sido para bien. Y hay una cosa indudable en materia de literatura de ficción, y de poesía, o de lo que sea: al final, el instinto es lo que vale. El instinto que te proporciona la energía suficiente para enfrentarte a una historia y desarrollarla narrativamente de una manera convincente. Y esto no sé cómo se enseña.

-Antes hablaba de la Guerra Civil, y precisamente sus novelas se ambientan en la posguerra, que es el mundo de su infancia. Resulta ya un tópico decir que nuestra verdadera patria es la infancia, pero ¿en el caso del escritor es un hecho?

-Yo creo que sí, la infancia y la adolescencia. No sé quién dijo, creo que fue Sciascia, que lo más importante de nuestra vida pasaba antes de los quince años, y a partir de ahí eres un superviviente. Pienso que la infancia y la adolescencia son importantísimas para cualquier persona. Hay unas raíces ahí que explican cantidad de cosas. Pero para un escritor doblemente, porque son los años en los que se va conformando la personalidad, y por lo tanto todo aquello que te ha ocurrido y que tiene que ver con el despertar de la sexualidad, la relación con los padres y con el paisaje, te queda marcado para toda la vida.

-De hecho, recién salido de la infancia, empezó a trabajar de aprendiz, donde permanecía ocho horas al día, aunque tuvo tiempo de patearse Barcelona. ¿Queda algo de aquel artesano en el escritor?

-Pues sí, porque ese tipo de trabajo manual que era entonces la joyería suponía muchas horas de trabajo: dibujar, equivocarte, rehacer... Esta mecánica artesanal y esa paciencia es probable que me haya influido. Mi trabajo consistía en hacer recados, entregar joyas que metía en una bolsita que escondía en el pantalón para que no me la robaran en el metro o en el tranvía. Llevaba cosas valiosísimas. Y el dueño me hacía una especie de mapa de mar y montaña de Barcelona para orientarme. Así que a los catorce años me la conocía de palmo a palmo.