Las tertulias del cardenal en Fuentes de Nava

El cardenal Marcelo, con sacerdotes vinculados a Fuentes de Nava, en un convento de Burgos./El Norte
El cardenal Marcelo, con sacerdotes vinculados a Fuentes de Nava, en un convento de Burgos. / El Norte

Sacerdotes vinculados a la localidad rememoran sus charlas con Marcelo González en la época de vacaciones

FERNANDO CABALLEROPalencia

Instalado desde 1972 en épocas de vacaciones en la casa de Fuentes de Nava propiedad de su hermana, Angelita, el cardenal primado de España y arzobispo de Toledo, Marcelo González Martín, mantenía sabrosas tertulias con sacerdotes vinculados a esta localidad terracampina, la mayoría naturales de allí, con los que hablaba de lo humano y lo divino. El entonces párroco de Fuentes, Joaquín Camina; Manuel Sánchez Monge, actual obispo de Santander; Miguel de Santiago, periodista y escritor, y Ángel de la Torre, deán de la catedral de San Antolín, eran los asiduos, así como Santiago Calvo, secretario del cardenal y actual custudio de su archivo y de su legado.

En el centenario del nacimiento del cardenal, el periodista, escritor y académico de la Institución Tello Téllez de Meneses Miguel de Santiago recuerda esas visitas al calor del brasero en Navidad y Semana Santa y en el jardín en verano. «Fueron muchos años los que mantuvimos esa costumbre, hasta unos días antes de su muerte en 2004, y charlábamos largos ratos. Como es lógico, en tantos años, algunas veces se repitieron las anécdotas que nos contó con bastante lujo de detalles, y siempre el relato era el mismo, no añadía nada», rememora.

Para De Santiago, don Marcelo era «un hombre que leía mucho, que estaba muy informado de la vida religiosa, social y política y le gustaba contrastar pareceres. De primera mano, conocimos su personal visión de algunos acontecimientos que vivió en Barcelona en tiempos muy difíciles para él y en Toledo ya en años de mayor sosiego. Nos contó algunas vivencias del Concilio Vaticano II, del que fue padre conciliar, las tensiones vividas entre los hermanos obispos, su relación con Franco durante el 'caso Añoveros', el modo de revitalizar el Seminario de Toledo y preparar sacerdotes para un tiempo nuevo», agrega.

De Santiago recuerda que José María Javierre, cuando era director del programa de TVE 'Últimas preguntas', en el que trabajó el palentino, «me reprochó no haber tomado notas inmediatamente después de cada tertulia para ir preparando un libro». «Y yo me reproché a mí mismo no haber podido elaborar un libro–entrevista, como los que se publicaron entonces con otros relevantes cardenales europeos, con el que hubiera dejado constancia para la historia de su visión de lo vivido, ya desde la serenidad que dan los años», concluye.

Ángel de la Torre comenzó a acudir a la casa del cardenal cuando era aún seminarista. «En agosto nos divertíamos con el juego de cartas que se llamaba 'negrita'. Yo no sabía jugar, pero él me enseñó. Jugaba muy bien. Siempre me ganaba. Un día perdí muchas pesetas y como yo era seminarista, me las perdonó», rememora el nuevo deán de la catedral, que cita también a Luis García Moro, primer párroco que conoció don Marcelo desde que estrenó la casa –los siguientes fueron Germán García Ferreras durante un año y Joaquín Camina– como otro de los tertulianos habituales. Y en Navidad se jugaba a la brisca de seis junto con el resto de sacerdotes de Fuentes y el ahora canónigo Artemio Salvador, que en aquellos años era coadjutor en Fuentes. «Aunque de lejos parecía un hombre muy serio y nada cercano, hablando con él era una persona estupenda. Daba gusto escucharle», asegura de la Torre.

Don Marcelo les hablaba de todo, según recuerda el deán, menos de un tema. «Cuando le preguntábamos por las elecciones de los papas Juan Pablo I y Juan Pablo II, sonreía y nos hacía un gesto para decirnos que las deliberaciones y votaciones son secretas», relata.

Entre los muchos temas que les hablaba el cardenal, recuerda el caso Añoveros, su amistad con José Bono y la misa que presidió a petición de este en la entrega de un premio a Felipe González – «que el presidente del Gobierno se lo agradeció personalmente», apostilla–.

«Comentábamos cosas del pueblo, de unos y de otros, pero sin meternos con nadie», recuerda con cariño aquellos años Santiago Calvo. «Después de la misa de la ocho, don Marcelo, los sacerdotes de Fuentes y yo íbamos a casa y hablábamos. A las diez cenábamos y después jugábamos una partida de cartas. También pasaban a casa casi todas las noches las amigas de su hermana», apostilla su secretario.

Joaquín Camina fue párroco de Fuentes de Nava durante 31, entre 1983 y 2014 –desde entonces reside en Valladolid con una hermana y ejerce su ministerio pastoral en la iglesia del Santuario–. Camina define el comportamiento del cardenal en aquellas tertulias como «muy entrañable, cariñoso, muy humilde, muy cordial, muy comprensivo, y cercano a todos, muy fluido en la palabra y no había tema en el cual no ponía ponía una palabra, pero una palabra importante». «Lo mismo hablábamos de fútbol, porque era un hincha del Madrid, que de cine, teología, de Toledo... Era polifacético», apostilla. «Siempre encontraba la palabra precisa para decir lo que quería decir. Usaba un léxico riquísimo ajustado a su forma de pensar», remacha.

Camina cita una anecdota, contada más por su secretario que por él, sobre el Concilio Vaticano II. «Durante el debate de un tema, no recuerdo cuál, estaba la sala conciliar en un silencio sepulcral y él levantó la mano para pedir la palabra y se explicó sobre el tema en un latín perfecto que causó el asombro de todos. Él nunca contaba esta anéctoda, porque era una persona muy sencilla y humilde, y todo aquello que podía redundar en prestigio propio nunca lo decía», señala en entonces párroco de Fuentes de Nava.

Joaquín Camina recuerda que todos los días le visitaba en dos ocasiones. Una por la mañana, en la que le ayudada si me lo pedía, y otra por la tarde. Se interesaba mucho por la vida de la parroquia, «siempre muy respetuoso». Desde que llegó a Fuentes tenía por costumbre presidir en la iglesia una misa cuando llegada y otra cuando se marchaba, para saludar y para despedirse de los feligreses, y cuando yo le invitaba a presidir una misa, lo hacía con mucho gusto. En aquello que podía colaborar, colaboraba. Era un hombre encantador», le define.

Tras su experiencia con don Marcelo, Joaquín le recuerda a ahora como «un gran compañero, un padre... lo era todo para mí».

El cardenal falleció el 25 de agosto de 2004 en Fuentes de Nava. Su secretario, Santiago Calvo, le cerró los ojos. Su cuerpo está enterrado en la catedral primada de Toledo.

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