Un bloque del barrio del Cristo pide ayuda al Ayuntamiento para arreglar la cimentación

Josué Escudero señala una de las numerosas grietas de su casa. /Marta Moras
Josué Escudero señala una de las numerosas grietas de su casa. / Marta Moras

Trece familias padecen los defectos de estructura de las viviendas, construidas sobre arcillas

Marco Alonso
MARCO ALONSO

Los vecinos que compraron una vivienda de protección oficial en los denominados pisos del Congo, en el barrio del Cristo, en 1962 no tenían ni la más remota idea de lo que eran las arcillas expansivas, pero las trece familias que viven actualmente allí lo saben bien, para su desgracia. Y es que los cimientos de sus hogares están asentados sobre este terreno, que se expande con la humedad y se contrae al secarse, lo que hace que sus casas se desplacen ligeramente dependiendo de la estación del año en un movimiento sutil que no se aprecia a simple vista, pero cuyos efectos se pueden observar claramente en las paredes de cada piso, donde día sí y día también afloran grietas provocadas por esas fluctuaciones a las que se ve sometida la cimentación del edificio, ubicado en el número 13 de la calle Ávila.

Vivir en una casa que se mueve da miedo a muchos de los vecinos que residen en el bloque, que temen que un día la estructura no soporte los cambios a los que se ve sometida y acabe venciendo. «Vemos que esto se está moviendo y nos genera mucha incertidumbre. Notamos que el lado izquierdo del bloque cede hacia abajo cuando no llueve. La puerta de una de las habitaciones no la podemos cerrar en épocas de sequía y cuando vuelve a llover, se empiezan a cerrar las grietas y podemos cerrar la puerta», explica Josué Escudero, uno de los vecinos del edificio, que vive con sus cinco hijos y su mujer en un piso que aún sigue pagando y en el que no se siente seguro. «Tenemos miedo porque no sabemos el peligro que estamos corriendo por vivir aquí», añade.

La situación de Josué, su mujer y sus hijos es la misma por la que atraviesan las otras doce familias que residen junto a ellos en un bloque en el que hay 16 viviendas. Esa incertidumbre a la que se ven sometidos los vecinos les llevó a consultar con una especialista para saber si es seguro para ellos vivir en este edificio. La arquitecta a la que ha recurrido la comunidad es Silvia Rodríguez, que no ha dado muy buenas noticias a los vecinos. «El problema al que se enfrentan si no actúan es que las grietas se pueden convertir en fisuras y la estructura corre el riesgo de colapsar. No se sabe cuándo puede suceder ese momento y por eso, hay que atajar el problema cuanto antes», recalca Silvia Rodríguez.

Asesorados por la arquitecta, los vecinos se pusieron en contacto con una empresa que se encarga de resolver este tipo de problemas estructurales, que les dio otra mala noticia: es necesario inyectar en el terreno resinas expansivas para consolidar la cimentación, y ese tratamiento del terreno tiene un coste elevado. 32.551 euros. En eso han presupuestado la actuación necesaria para acabar con estos problemas en el bloque, un importe que dividido entre los 16 pisos del edificio supone una derrama de 2.034 por casa, un dinero que para muchos de los vecinos es inasumible. «Aquí viven pensionistas con pagas mínimas y gente con familia y sin trabajo. No pueden desprenderse de dinero porque, por desgracia, viven al día», apunta Miguel Ángel Lacarra, antiguo miembro de la asociación de vecinos del Cristo que lleva dos años como intermediario entre los propietarios y las administraciones con la meta de encontrar una solución que permita vivir con tranquilidad a estas trece familias sin recursos.

Alguna de las numerosas grietas que sufre el edificio debido a los fallos estructurales que presenta.
Alguna de las numerosas grietas que sufre el edificio debido a los fallos estructurales que presenta.

Uno de los vecinos del bloque, Domingo Melitón, solicitó de manera formal el pasado 9 de abril una reunión con el alcalde para exponerle esta situación, de la que ya tenía constancia la concejala de Urbanismo. «Nuestro problema es que somos pocos vecinos y todos tenemos escasas rentas, en el mejor de los casos. El importe total no es cuantioso, pero para nosotros es insoportable», apuntaba este vecino en su escrito.

El Ayuntamiento, la Junta y hasta el Procurador del Común han tenido noticias del problema de estas familias, pero ninguna de las administraciones ha dado una respuesta a esta situación, un silencio que, para Miguel Ángel Lacarra, es impropio de una sociedad avanzada. «Estamos en una situación que puede acarrear graves problemas para las personas que viven en el bloque. Las administraciones tienen que empezar a entender que este problema de seguridad solo se puede remediar con solidaridad. La solución puede parecer barata, pero para los vecinos es inmensamente cara», añadió Lacarra.

Las viviendas de la parte baja del edificio son las que más problemas tienen a simple vista y Josué, que vive en la primera planta con su familia, está cansado de tapar grietas con masilla y pintura, aunque reconoce que ese es el menor de sus problemas. «Continuamente nos toca pintar, repintar y echar masilla, porque las grietas se ven mucho y nos recuerdan que vivimos en un sitio en el que podemos correr peligro. Siempre hemos querido tener una casa en propiedad, que fuera nuestra. Pero cuando ves que el edificio en el que vives no se encuentra con una buena salud, te da por pensar en qué va a ser de tu vida en el futuro», explica este afectado, para el que los 2.000 euros de derrama supondrían todo un contratiempo, ya que se encuentra en el paro, tiene que pagar la hipoteca y dar de comer a una familia numerosa.

ITV de los edificios

Las grietas se pueden tapar con masilla una y mil veces, pero el problema persistirá hasta que no se tomen medidas bajo la cimentación. Tal y como apuntaba la arquitecta, no se puede prever el momento en el que la estructura acabará colapsando por los movimientos del terreno sobre el que está asentado el edificio. No obstante, los vecinos tienen una fecha marcada en el calendario: el día 31 de diciembre.

Los vecinos charlan con Miguel Ángel Lacarra sobre el problema en el portal de su casa.
Los vecinos charlan con Miguel Ángel Lacarra sobre el problema en el portal de su casa. / Marta Moras

Los pisos del Congo deberán pasar la Inspección de Evaluación de Edificios antes de fin año y, con los problemas estructurales que arrastran, no la van a pasar. El informe será, a todas luces, desfavorable y los propietarios se verán obligados a ejecutar las obras para subsanar las deficiencias detectadas en un plazo máximo de tres meses desde la resolución. Si los propietarios no encuentra una forma de sufragar las obras para acabar con las deficiencias antes de ese plazo, se arriesgan además a que el Ayuntamiento les multe en virtud del régimen sancionador establecido en la ordenanza. Las sanciones por esta circunstancia ascienden a importes de entre 1.000 y 10.000 euros, por lo que el tiempo apremia para estos vecinos, y no solo por los riesgos de seguridad del edificio en el que residen.

El problema derivado por las arcillas expansivas del barrio del Cristo no solo está circunscrito al número 13 de la calle Ave María. Este terreno que se expande o contrae dependiendo de las condiciones de humedad está presente bajo buena parte del barrio, pero las consecuencias de los movimientos derivados de este suelo se han visto solo en algunos edificios, tal y como relata Silvia Rodríguez. «Estas arcillas se suelen encontrar en el terreno en bolsas. Suelen aparecer en zonas muy profundas, pero todo hace indicar que en este edificio se encuentran casi a nivel superficial. Yo no he entrado en otros bloques, así que no sé si otros edificios de la zona carecen de estos problemas o si en realidad les pasa lo mismo y se quiere ocultar la realidad. El terreno no es homogéneo y a lo mejor son solo estos vecinos son los que tienen ese problema», asegura la arquitecta Silvia Rodríguez, que considera muy improbable que la estructura del edificio acabe sufriendo problemas serios, aunque no es algo descartable. «Es raro que pase nada, pero por fatiga de los materiales podía suceder», concluyó.

«Está justificado que las instituciones nos echen una mano»

Julieth compró su vivienda el número 13 de la calle Ávila hace menos de un año. Esta joven madre soltera recibió las llaves en junio de 2018 después de pedir un crédito que tardará siete años en pagar y actualmente se plantea si esa decisión fue acertada. Ahora es la presidenta de la comunidad de vecinos de un bloque de pisos cuya estructura se mueve, y espera una ayuda por parte de las instituciones para que las doce familias con las que comparte portal puedan afrontar los gastos de una obra que acabe con los fallos estructurales del inmueble.

–Ha comprado su piso hace diez meses. ¿Sabía dónde se metía cuando firmó la hipoteca?

–La persona que me lo vendió me dijo que tenían pendiente una derrama y quedamos que ella se haría cargo de ella cuando llegase. No sabía que había tanto riesgo, pero más o menos estaba informada.

–La derrama llegará, pero esperan que la administración les ayude. ¿Por qué deben entrar las instituciones en asuntos privados como este?

–Somos una comunidad en la que no tenemos demasiado poder adquisitivo. Hay gente que no trabaja, pensionistas con pagas mínimas y teniendo en cuenta todo esto, una derrama de 2.000 euros es muchísimo dinero. Yo, por ejemplo, soy madre soltera y me acabo de comprar un piso. ¿De dónde saco yo 2.000 euros con lo que pagan hoy en día?

–Los pisos se construyeron en 1962 y los compradores tuvieron ventajas al tratarse de viviendas de protección oficial. ¿Ahora, después de todo el tiempo que ha pasado, la administración debe ayudarles a encontrar una solución?

–La administración no tiene la obligación de ayudarnos, pero en otros casos sí que lo ha hecho para solucionar otros problemas. Creo que en este caso está justificado que se nos eche una mano por el tipo de familias que vivimos aquí, que no tenemos suficiente dinero para poder arreglarlo. Cuando se construyó, se podía prever que esto iba a pasar en un futuro porque este edificio está edificado sobre un terreno que no se debía haber levantado.