Los afectados piden en el Día de la Salud Mental que no se les «mire con otros ojos»

Varios usuarios, en la sala de actividades. /Antonio Quintero
Varios usuarios, en la sala de actividades. / Antonio Quintero

«Hoy he soñado que se quitaban los estigmas que tenemos en contra», afirma una usuaria

Marco Alonso
MARCO ALONSO

«He tenido un sueño esta noche. He soñado que la sociedad cambiaba y nos empezaba a ver como a personas normales». Estas palabras, que bien las podría haber firmado Martin Luther King en 1963, las pronunció Isabel, una usuaria del Centro Asistencial San Juan de Dios, que reclamó que el mundo deje de estigmatizar y mirar con otros ojos a las personas con enfermedades mentales, que pueden ser diferentes –como lo eran aquellos a los que se dirigió el activista por los derechos de los negros en aquel recordado discurso– y, como lo son, salvando las infinitas distancias, los afectados por problemas mentales, que aprovecharon el Día Mundial de la Salud Mental para reclamar el fin de los prejuicios y que se les vea como lo que son: personas, sin feas etiquetas detrás.

Una caminata por la salud mental

El Centro Sociosanitario de las Hermanas Hospitalarias organizó ayer la tercera marcha 'Caminamos por la Salud Mental', en la que más de 200 usuarios, voluntarios, familiares y trabajadores del centro recorrieron 4,8 kilómetros hasta el Estadio de la Nueva Balastera. Una vez allí, dos usuarios leyeron un manifiesto y contaron su experiencia personal donde recordaron «lo bonito que es vivir», antes de la suelta de 200 globos como colofón.

Isabel es una de las 40 personas que residen en la Unidad San Isidro del Complejo Asistencial San Juan de Dios y su historia bien podría protagonizar por completo estas páginas. Esta periodista leonesa trabajó en la Voz de León durante el franquismo. «Tenía unas ideas y las expresaba, pero no eran tiempos de expresar ideas. Ponía canciones revolucionarias en mi despacho y eso no gustaba mucho en dirección», recuerda Isabel, que decidió cambiar de profesión, aprobó unas oposiciones para técnico superior de la Junta y acabó siendo jefa de servicio de Bienes de Interés Culturales, pero ese currículum envidiable dejó de crecer cuando cumplió 47 años. «Un divorcio un poco 'movidillo' y la muerte de mi madre hicieron que me desmoronara», explica esta mujer con un discurso que pone cara a las frías estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, que vaticinan que una de cada cuatro personas se verá afectada por algún trastorno mental en su vida.

Tras esos problemas, Isabel fue diagnosticada y ahora ha encontrado la estabilidad que necesitaba en el centro asistencial, al que reconoce como su casa y en el que le aportan la medicación que necesita para tratar sus problemas y hacer una vida normal, en la que una de sus grandes ilusiones es acudir a la Universidad Popular, donde cursa arte junto a otro usuario del centro, Agustín.

Son decenas las historias en primera persona de las que se podían hablar en estas páginas, como las de Aquilino, Andrés o la del propio Agustín, pero el espacio para poderlas contar es finito y todas ellas tienen un denominador común: el centro asistencial, en el que un equipo multidisciplinar formado por psiquiatras, psicólogos, auxiliares, enfermeros, médicos, monitores y trabajadores sociales velan porque los usuarios cuenten con los recursos necesarios para su rehabilitación y su regreso a la sociedad, a esa misma a la que reclaman comprensión.

40 usuarios residen en la unidad de rehabilitación de San Juan de Dios, que se fundó en 2007

Rocío Palenzuela es la coordinadora de rehabilitación psiquiátrica y asegura que las fórmulas que siguen para lograr ese fin último de la vuelta a la sociedad son heterogéneas. «Les preparamos de maneras muy diversas. Hacen intervenciones con el psiquiatra y con el psicólogo. Además, trabajamos mucho con las habilidades de comunicación. Tenemos un grupo de radio y de habilidades sociales con el fin de que tengan grupos», explica Palenzuela, que se suma a esa petición de normalización que realizan los usuarios del centro.

El tiempo pasará y será el que determine cuántos de los internos consiguen esa ansiada rehabilitación, pero mientras llega ese momento, Isabel seguirá teniendo muy presente su sueño. «Soñé que se quitaban los estigmas y los prejuicios que tenemos en contra, pero también me di cuenta de que los primeros prejuicios eran los míos. Yo me avergonzaba de ser una enferma mental, pero ahora no lo hago», recalcó esta experiodista que se ha convertido en altavoz para todo un colectivo que reclama al unísono que no se le «mire con otros ojos».

«Esto es una gran familia en la que si tienes cualquier problema, encuentras ayuda rápidamente»

La unidad rehabilitadora psiquiátrica San Isidro se abrió en 2008 con un doble objetivo: rehabilitar a personas con patologías psiquiátricas y que los usuarios entrenasen habilidades para la vida independiente. Uno de los cuarenta usuarios que vive en esta unidad es Juan, que solo tiene palabras de agradecimiento para el centro en general y para esta unidad en concreto.

Son muchos y muy diversos los perfiles de usuarios de la unidad y el de Juan tiene a las drogas como catalizador. Este soriano de 23 años empezó a fumar porros cuando solo era un adolescente, a los 12 años, una época en la que no iba a clase y se relacionaba con malas compañías, un caldo de cultivo que antaño le parecía divertido, tal y como asegura. «Al principio eran risas, pero luego todo eso se convirtió en una adicción. Le quitaba el dinero a mi hermano, robaba a mis padres y fumaba mucho. Mis padres me encontraban raro, pegaba a mi hermana, les pegaba a ellos, rompía cosas, fumaba porros en casa y un día –en 2017– vino la Policía a casa y me llevaron al psiquiátrico», recuerda.

En su llegada al psiquiátrico, a Juan le diagnosticaron varias enfermedades, como trastornos de la personalidad, hiperactividad y esquizofrenia. «Un poco de todo», reconoce este soriano, que en la fase más temprana de sus trastornos tuvo un cuadro clínico preocupante. «Deliraba mucho, oía voces, me ataron muchas veces y me ponían inyecciones», explica poco antes de asegurar que las drogas forman parte de un pasado al que jamás regresará. «Ya no caeré más. Llevo un año y tres meses sin consumir y mi objetivo es trabajar y fundar una familia», recalca.

A lo largo del año y tres meses en el que Juan lleva en el centro se ha preparado para su regreso a casa y ahora se encuentra inmerso en un curso de pasaporte al empleo llevado a cabo por la Asociación de Salud Mental FEAFES. «Son clases con pocas personas en las que nos enseñan a buscar trabajo y a valernos por nosotros mismos», explica este soriano que ya trabajó en su tierra durante dos años y medio y espera que este curso le ayude a regresar al mercado laboral para emprender una nueva vida.

Por lo que señala Juan, su día a día en el centro le permite socializarse con la gente de puertas adentro, y también con la de puertas afuera. «Tengo pase para poder salir a Palencia. Tengo amigos tanto dentro como fuera que me respetan y me ayudan. Eso es lo que me permite tener una vida normal y corriente, aunque viva aquí», recalca Juan, que ha encontrado en San Juan de Dios algo mucho más importante que un lugar en el que vivir durante su proceso de rehabilitación. «Esto es como una familia. Si tienes algún problema, buscas a cualquiera del centro y te ayudan siempre en todo lo que pueden», explica.

Cada caso es un mundo y el de Juan es solo uno de los muchos que se dan en San Juan de Dios, un centro en el que hay 72.000 metros cuadrados a disposición de un proyecto adaptado a las necesidades de cada usuario. Por lo que cuenta este joven, las personas que conforman esta gran familia permiten a afectados como él mirar al futuro con esperanza a pesar de las heridas del pasado. «Me estoy recuperando favorablemente y cuando vuelva a Soria quiero seguir una vida sana», recalca Juan, que seguirá yendo a clase para prepararse antes de su ansiado regreso a un mundo laboral lejos de las drogas.