Obispos de Palencia, una historia milenaria de misterio, muertes y luchas de poder

Silla del Obispo, en la capilla mayor de la catedral./
Silla del Obispo, en la capilla mayor de la catedral.

Los 100 prelados que han pasado por la Diócesis de Palencia atesoran un largo anecdotario, en muchos casos casi desconocido, pero que ha llegado a marcar el devenir de la nación española

FERNANDO CABALLEROPalencia

Si el nuevo obispo de Palencia, Manuel Herrero Fernández, se ubicara el próximo sábado en la capilla mayor de la catedral, como correspondería en el acto de su consagración episcopal esto no ocurrirá mientras se mantenga el altar provisional en el crucero para permitir un seguimiento mayor de fieles en las grandes ceremonias litúrgicas, se sentaría en su cátedra bajo un escudo que tradicionalmente se atribuye a un obispo de Palencia del siglo XV, Pedro de Castilla, pero que en realizad corresponde a su hijo Sancho de Castilla, que lo mandó colocar cuando financió, con dinero que le entregaron los Reyes Católicos, los trabajos de construcción de esta dependencia catedralicia en contra de la costumbre de inmortalizar en la seo con su escudo solo a obispos. Don Sancho también financió las naves laterales del principal templo palentino. Este escudo, ubicado en la clave principal de bóveda de la capilla mayor, se colocó en 1516, pero en la noche del 23 al 24 de junio de 1534 se mandó tirar, porque los Castilla habían perdido el poder y la influencia política que habían tenido en la época de Sancho. «Era una manera de negar a don Sancho y a sus sucesores su influencia sobre Palencia», según señala Antonio Cabeza Rodríguez, profesor de Historia Moderna de la Universidad de Valladolid y especialista en la historia de la Diócesis de Palencia.

El obispo Pedro de Castilla, que gobernó la Diócesis entre 1440 y 1461 y falleció en Valladolid al caerse de un andamio, no llegó a tener escudo en la seo palentina. Cuando derribaron el de Sancho, el cabildo quiso reponer el emblema con las armas de los Castilla (el león y el castillo) y añadir el capelo episcopal para que remitiese al obispo Pedro y no a su hijo Sancho. Después de un tira y afloja entre el cabildo y la familia, finalmente se colocó una reproducción del escudo que había antes, el de Sancho, un laico en un templo de culto.

Este relato forma parte del anecdotario de los obispos de Palencia. Manuel Herrero Fernández será el número 101. De cada uno se puede recoger una historia, una anécdota, una gota de la historia de la Diócesis palentina. Un hecho curioso fue lo ocurrido a Fray Munio de Zamora, un dominico que llegó a ser vicario general de su orden entre mayo de 1285 y agosto de 1291 y prelado palentino entre marzo de 1294 y agosto de 1296 y de ambos cargos fue depuesto porque su elección no había sido canónica.

Obispo relevantes por su trascendencia histórica fueron Poncio, que restauró la Diócesis en el año 1034; Juan Fernández de Limia, que puso la primera piedra de la catedral en 1321; Vasco Fernández de Toledo, bajo cuya prelatura se redactó la primera estadística conocida de la Diócesis; Sancho de Rojas, que fue el primer conde de Pernía, reconocimiento que Juan II de Castilla concedió a los obispos palentinos sobre la jurisdicción de su territorio, aunque no implicaba título nobiliario, y Martín de Aspe y Sierra, con el que se desmembró la Diócesis para crear la de Valladolid.

Dos puestos antes que Pedro de Castilla gobernó la Diócesis Rodrigo de Velasco, que fue asesinado, entre abril y julio de 1423, por su cocinero en Calabazanos o en Villamuriel de Cerrato, donde los obispos tenían una residencia. Este relato lo cuenta Alonso Fernández de Madrid, el Arcediano del Alcor, en la Silva palentina. El cocinero, de nombre Joan, «se tornó loco, o lo fingió», y tenía siempre en su mano una porra con la que le dio en la cabeza y le mató. Antonio Cabeza asegura que si esta historia «aparece en la Silva palentina, se puede tomar como dato histórico, porque la Silva era rigurosa, aunque puede haber algún desliz».

De otro obispo hay otra anécdota, aunque el propio profesor reconoce que puede ser leyenda. Se trata de Pedro de la Gasca, que rigió la Diócesis entre 1551 y 1561. Había regresado de Perú, donde participó activamente en las labores de pacificación como presidente de la Real Audiencia de Lima con muchas facultades en lo civil y en lo eclesiástico. Cuando llegó a Palencia, premiado como obispo por su labor en aquel país, dicen que no ofició ninguna misa. «Este dato se transmitió de obispo a obispo. A mí me lo contó el canónigo y deán Jesús San Martin Payo. La razón de que dejara de oficiar misa es por el sentimiento de culpa que se trajo de Perú por las muchas sentencias de muerte que tuvo que firmar. Sin embargo, no hay constatación documental de ello. No podemos saber realmente si fue así. Esta leyenda ha existido en la Diócesis desde hace muchos siglos», señala Antonio Cabeza.

Ha habido obispos que no han llegado a tomar posesión de la cátedra, como Rodrigo Sánchez de Arévalo, que fue promovido el 6 de octubre de 1469 y falleció el 7 del mismo mes del año siguiente en Roma, donde ejercía como encargado del castillo del Santo Ángel, donde se refugiaban los papas y guardaban sus tesoros y dinero; o Narciso Col y Prat, que era arzobispo de Caracas (Venezuela) y fue promovido a Palencia, pero también murió antes de tomar posesión. El caso de Reginaldo o Renaud de Maubernard es distinto. Era tesorero del papa Inocencio VI y fue nombrado obispo de Palencia en 1353 y en 1356 de Lisboa, pero nunca residió en la diócesis castellana, que fue gobernada por el vicario.

Durante unos días ejerció como obispo Antonio de Acuña, que lo era de Zamora. En el contexto histórico de las Comunidades, el obispo Acuña, destacado líder comunero, tomó posesión de forma violenta del Obispado de Palencia, ocupándolo durante unos días. Para aplacar los ánimos comuneros en Palencia, fue nombrado obispo Pedro Ruiz de la Mota, que lo era de Badajoz, consejero de Carlos V y un personaje clave en este periodo histórico, ya que escribía los discursos del Rey, entre los que destacó el que pronunció en La Coruña, que fue el que provocó la revuelta de las Comunidades, ya que el monarca transmitió a los procuradores de las ciudades que había decidido marchar a Alemania para tomar posesión del imperio. «Ruiz de la Mota fue uno de los hombres más brillantes de su época, un hombre de Estado, valiosísimo políticamente hablando, y además dominaba varios idiomas y había viajado por Europa», explica el profesor Cabeza.

Pedro Ruiz de la Mota era obispo de Palencia, pero sus obligaciones con el Rey le impedían ejercer, lo que hacía su vicario. Ruiz de la Mota fue elegido arzobispo de Toledo, pero falleció en septiembre de 1522 en Herrera de Pisuerga sin tomar posesión de nueva plaza.

Otro obispo con historia jugosa fue Carlos Laborda, que fue promovido a Palencia el 24 de febrero de 1832. Había sido gobernador eclesiástico de la Diócesis de Huesca, época en la que ya estuvo exiliado en Francia durante el trienio liberal (1820-1823). Laborda, «con muchos conocimientos teológicos y de mucha elocuencia», según le define Antonio Cabeza era un obispo partidario del Rey, y además chocó con las autoridades que promovieron las desamortizaciones de 1835 y 1836. «Laborda se fugó de la Diócesis el 3 de abril de 1836 porque estaba convencido de que iba a ser perseguido. Huyó de Palencia de incógnito junto a un sobrino y dos personas más. Iba vestido de sacerdote, no disfrazado, como se ha escrito. Lo que sí utilizó fue un pasaporte fingido que indicada como lugar de destino Santander», explica Cabeza Rodríguez. También se conoce que la razón de su fuga era «no permitir su conciencia cumplir algunos de los reales decreto que le había comunicado el Ministerio de Gracia y Justicia. «Fue detenido dos días después en Villalta (Burgos) y sometido a un proceso en el que fue acusado de desobediencia y rebeldía, además de carlista, en un proceso humillante. Después de haber estado preso en Burgos y en Madrid se le destierra a la isla de Ibiza y trasladado hasta el puerto de Málaga en una cuerda de más de cien presos», relata el historiador palentino.

Carlos Laborda regresó a la Diócesis de Palencia en abril de 1844 cuando el gobierno cambió de signo y falleció en febrero de 1853 de una congestión pulmonar. Está enterrado en la capilla de la Purísima de la catedral. Su amigo, el historiador José María Quadrado, escribió al año siguiente n epitafio en su lápida funeraria.