Lo que no volverá

El PP ha de asumir el final del bipartidismo y que su futuro pasa por recuperar la hegemonía en el centroderecha en competencia con otras fuerzas

Feijoo y Casado en romería PP en O Pino. /EP
Feijoo y Casado en romería PP en O Pino. / EP
El Norte
EL NORTEValladolid

Por mucho que les pese a sus beneficiarios, el bipartidismo pertenece al pasado. Las fuerzas políticas surgidas en los últimos años a lomos de los errores acumulados por los partidos tradicionales han llegado para quedarse, lo que obligará a tejer acuerdos entre diferentes en parlamentos tan fragmentados como el que salió de las urnas el pasado domingo. El restablecimiento de la unidad del centro y la derecha en torno a una misma sigla, como el que añora el PP tras la división de ese espacio en tres bloques, es un objetivo legítimo, pero que se antoja irrealizable a medio plazo y que choca con los cambios registrados por una sociedad española plural que busca nuevas respuestas a sus problemas.

En poco más de siete años, desde la llegada de Mariano Rajoy a la Moncloa con una mayoría absoluta, el PP ha perdido 6,5 millones de votos y dos terceras partes de sus diputados en el Congreso. Ese derrumbe no es consecuencia de una maldición bíblica, sino de la pérdida de confianza en los populares de una parte significativa de sus votantes ya sea por sus sucios manejos con la corrupción, el desgaste por la gestión de una crisis económica brutal o por su torpeza para conectar con las inquietudes de las generaciones más jóvenes. Resulta comprensible la alarma causada en el PP por la consolidación de Ciudadanos como alternativa de corte liberal y por la irrupción de Vox a su derecha. Pero el gran drama para la formación de Pablo Casado no es la competencia nacida en un espacio político que monopolizaba. Lo que debería encender las luces de alarma en el PP son sus serias dificultades para mantenerse como la opción hegemónica, e incluso como la mayoritaria, en ese ámbito. Es decir, la masiva fuga de electores hacia otras opciones, que ha permitido a Ciudadanos pisarle los talones en la disputa por el liderazgo en el centroderecha e incluso superarle en feudos tradicionales; e l apoyo de 4,3 millones de españoles –220.000 más que Albert Rivera– frente a los 11 millones que rozó en 2011.

La aparición de nuevos partidos a sus flancos será un lastre, pero no una severa amenaza para su futuro, como sucede ahora, si el PP es capaz de aglutinar en torno a él a buena parte de ese espacio político como ha hecho en las últimas décadas y ha conseguido el PSOE en la izquierda. Ese es el gran reto que afronta Casado tras su erróneo volantazo a la derecha que pretende rectificar aceleradamente antes de que su liderazgo se vea más cuestionado de lo que ya lo está. Un reto que impone recuperar la centralidad, aparcar extravagancias y rodearse de un equipo con mayor solidez y experiencia.