Vencejos

«Los pueblos y las ciudades refinadas deberían anillarlos y darles carta de ciudadanía por esa alegría que derraman a nuestro alrededor»

Vencejos
Antonio de Torre
IGNACIO SANZ

Ya han llegado los vencejos a Castilla con su júbilo contagioso, con sus vuelos de fintas imposibles, con su épica legendaria. Me lo recordaba el ornitólogo Javier Sáez. Vienen de África Tropical, como los ruiseñores, y como ellos llegan no tanto para anunciar la primavera, que ya está aquí, como para anunciar el esplendor de los verdes y los ríos rebosantes. Si los ruiseñores se manifiestan al rayar el día con sus cantos enamorados, los vencejos suelen hacerlo a media mañana y al atardecer, cuando el sol se derrama en horizontal en una mezcla de colores imposibles. Las torres de las iglesias de nuestros pueblos serán una fiesta, una algarabía que recordará al recreo dichoso de los niños en el patio de las escuelas. La misma sensación de dicha plena, el mismo júbilo infantil irradiará en el ambiente contagioso.

De todos los lugares que conozco, donde de manera más sugerente e invasiva se manifiestan los vencejos, es en la ingente colonia del Acueducto de Segovia. Dicen que algunos psiquiatras recomiendan a sus enfermos depresivos pasar una jornada al pie de los arcos para que suba su moral. El júbilo llama al júbilo. La mezcla de vuelos y chirridos resulta más euforizante que el viejo optalidón. Ramón Gómez de la Serna quedó preso de sus vuelos alocados, de los ochos y de los ochenta y ochos vertiginosos que trenzaban en el aire. Se cuelan como flechas entre las piedras de sus pilares y allí, libres de acechanzas, ponen sus huevos. De manera que convierten el Acueducto en una huevera de proporciones ciclópeas. Cada pareja pone entre dos y tres huevos. Son fieles al nido en el que nacieron y convierten cada torre y cada acueducto es su hogar. Los pueblos y las ciudades refinadas deberían anillarlos y darles carta de ciudadanía por esa alegría que derraman a nuestro alrededor. Qué grandes benefactores de la salud. Mientras el mundo enloquece con sus crispaciones y sus odios, los vencejos nos muestran la cara amable y épica de la vida, también la fuerza volcánica de la naturaleza. Vuelan y vuelan con el pico abierto para cazar moscas y mosquitos, que constituyen su alimento. Hacen travesías kilométricas, seis o siete mil kilómetros sin posarse. Duermen incluso al tiempo que siguen volando. Cada día han de ingerir una cantidad enorme de mosquitos, semejante a su propio peso.

Los pueblos están menos vacíos porque los vencejos inundan de alegría sus calles. Qué bendición del cielo verlos y oírlos. Me acuerdo de Jiménez Lozano, Martín Garzo y Fermín Herrero, tres de nuestros grandes poetas ornitólogos, porque en algunas de sus piezas literarias hablan con cariño de estos pájaros esforzados y heroicos. Cuando regresen a África, el otoño comenzará a asomar su nariz. Mientras, disfrutémoslos.