La sustituta

La sustituta
Rosa Palo
ROSA PALO

A una, que es de natural rutinaria y tiene alma de hámster enjaulado, no le gustan nada los cambios. O casi nada. Servidora acostumbra a desayunarse unas tostadas con tomate, un zumo de naranja, un café solo y una misma voz en la radio todas las mañanas. Por eso, el día en el que me despierto escuchando una voz distinta, me sobresalto. Es lo que tiene agosto, que cambia los sonidos que conforman tu inercia diaria: el ruido del camión de la basura por el griterío del panadero, las bocinas de los coches por los llantos de los niños recién levantados y los titulares por los sustitutos de verano.

De hecho, yo no soy esa que usted se imagina. Porque esa, la señorita tranquila y sencilla y titular de esta columna está en Galicia, que se ha liado la manta a la cabeza y el jersey a la cintura y se ha largado a hacer la cabra entre rías y prados. Yo soy una sustituta; una bebida láctea que no es leche, o un texturizado de soja que no es carne. Pero, a veces, es mejor el sustituto que el titular. Y si para demostrarlo me tengo que quedar todo el verano atada a la pata de la silla intentando juntar trescientas palabras seguidas, me quedo. Mientras, la titular no para de publicar fotos en Instagram con el preceptivo «Aquí, sufriendo» al lado de una centolla más grande que su cabeza. Es idiota, la tía.

Pues nada, que siga haciendo el tonto, que va a venir gorda y sin curro. Que quien se fue a Sevilla, perdió su silla. Y que quien se fue a Galicia, la perdió por su estulticia. De acuerdo, no me ha quedado muy redonda la rima. Pero ya les digo que Eva Harrington es una aprendiza a mi lado. Y que hay quien prefiere la copia al original. Al tiempo.