Sonata al jamacuco del Santo

Íker es fuerte y se ha salvado, pero la vulnerabilidad cardiaca del Santo vino en el Primero de Mayo a demostrar que las glorias son efímeras

Sonata al jamacuco del Santo
Jesús Nieto Jurado
JESÚS NIETO JURADOValladolid

Fundido a negro. Hormigueo en el pecho, irse o seguir siendo. Qué dolor en el alma y qué cosas opera la máquina más perfecta en las averías del corazón. El infarto de Íker Casillas es el símbolo del fin de nuestra juventud, la consagración de un tiempo nuevo que no es bueno. Un otoño en mitad de la primavera y un aviso de que la eternidad se nos ha vedado.

Íker es fuerte y se ha salvado, pero la vulnerabilidad cardiaca del Santo vino en el Primero de Mayo a demostrar que las glorias son efímeras, que los héroes acaban por llevar marcapasos y que una mala tarde la tiene cualquiera. Nos asustamos, sí, pero la tragedia se evitó final/felizmente.

Uno perdió a su padre de un infarto y anda sensibilizado con el corazón, con el estrés y con una vida sana incompatible con la literatura y este mayo electoral. Uno ha rozado la arritmia en un invierno con niebla, cuando se agarró a lo de Ansúrez y Ansúrez se le puso del revés y alguien vino a recogerme. Ansiedad, dijeron. Cura de sueño, me dieron.

Después del infarto y de firmar el alta a un médico que fuma habanos, al paciente se le vienen unas brumas de manzana y pan tostado sin sal y con aceite. Y una bata blanca y el reposo teórico en un balneario a orillas del Cantábrico o del Duero en Aldeadávila. Pero después llegan los días laborables, el infierno de final de mes, las broncas domésticas o el propio fútbol, que es la bendita enfermedad contemporánea.

Vivir es hacerle caso al corazón, callar al estómago y a la entrepierna, jugar al fútbol hasta los 18 y dedicar las mañanas a contar cigüeñas en La Mudarra.

Desde que nos enteramos del jamacuco de Íker, a nosotros, los que lloramos cuando aquel 11 de julio en Sudáfrica, se nos abren las hojas rojas de una manera imprevista. En una España anémica de símbolos, Íker Casillas es el último padre ucrónico de la Constitución; un símbolo que demostró que del mito al hombre solo hay un entrenador bipolar y cuatro envidiosos.

Yo quise a Íker, niño charnego de Móstoles, cuando nos besó a la presentadora y cuando lo estafaron. Cuando lo silbaron y cuando le llevaron a la selección en sus sonatas de otoño y como psicólogo o 'coaching'. Así se lo cuento a Jesús Castañón, tomando un zumo en lo alto de Parquesol y con el estadio en lontananza. Damos clases a niños que no recuerdan muy bien aquel verano del Mundial y sabemos, ya, que este tiempo no es el nuestro.

A veces hay que cantar a los héroes que caen, como hizo mi llorado Alcántara con Legrá y Urtain. Íker Casillas se infartó y se nos hizo humano. Su cuerpo es fuerte y Oporto –tan decadente y tan 'postalera'– no debe ser parada final de nuestro Santo.