Por un servicio musical obligatorio

Quizás si enseñamos a los adultos del futuro a crear belleza en lugar de a destruirla, luego sean capaces de valorar la creatividad

Por un servicio musical obligatorio
Alba Carballal
ALBA CARBALLAL

Hace unos días, en el marco de un acto social y cultural privado organizado por dos entidades bancarias, tuve la suerte de escuchar el recital de una de las mejores pianistas del panorama español. Interpretó, para un público aparentemente selecto —formado, en su mayor parte, por perfiles profesionales afines a la banca, la ingeniería y la empresa— un repertorio delicioso, variopinto y accesible para todos los oídos. Traté de disfrutar del espectáculo, pero la conversación ininterrumpida de dos hombres de traje y corbata sentados —bendita mi suerte— detrás de mí, que parloteaban sobre la posibilidad de invertir en la construcción de una nueva residencia para estudiantes universitarios, me lo impidió. Miré entonces a mi alrededor: el porcentaje de personas absortas en sus teléfonos móviles se acercaba a la mitad del auditorio. Pensé entonces en la cantidad de gente que habría hecho cola para asistir a un evento gratuito con música en directo, una exposición de fotografía y una serie de conferencias de altísimo nivel —habló hasta un premio Nobel— y casi se me corta la digestión. No pude evitar que toda mi rabia se dirigiese a un tipo que, en el banco de delante, jugaba al Candy Crush con las piernas abiertas y el brillo de la pantalla al máximo mientras una orquesta formada por jóvenes músicos tocaba con maestría y seguridad una pieza compleja y emocionante. Reconozco que mi pensamiento adquirió entonces un tono un pelín autoritario: «un par de años de conservatorio te iba a dar yo a ti, gilipollas».

Esta sentencia, tan emparentada con los exabruptos rancios propios de la generación de mis abuelos, me hizo acordarme del reciente experimento de Macron, con el que pretende instaurar un servicio cívico-militar —signifique eso lo que signifique— obligatorio para todos los jóvenes franceses. No hay tantas cosas que sean piedra de toque de todas las culturas humanas conocidas. Una de ellas, sin duda, es la guerra. Otra es la música. Las consecuencias de ambas son directas y hasta cierto punto comprensibles por todos, con independencia del idioma o el nivel de formación del individuo: cualquier ser vivo entiende, de una manera casi ancestral, la violencia ejercida sobre su cuerpo; y, salvo en aquellos casos justificados por la ausencia del sentido del oído, todos somos capaces de reaccionar ante los estímulos musicales (a mi perro, lo juro, le gusta el jazz casi tanto como que le acaricien las orejas). Puestos a enseñar a las nuevas generaciones una de las dos cosas, yo apostaría por un servicio musical obligatorio. El grado de disciplina exigido es, como poco, el mismo; y quizás si enseñamos a los adultos del futuro a crear belleza en lugar de a destruirla, luego sean capaces de valorar la creatividad, la habilidad adquirida con esfuerzo y el trabajo en equipo cuando los tengan un palmo más allá de sus pantallas.

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