Salvar el mundo

«No debe extrañarnos la controversia desatada por el final de una serie tan popular como 'Juego de Tronos', que ha acompañado nuestras vidas a lo largo de 8 temporadas y más de 70 capítulos emitidos»

Salvar el mundo
Vidal Arranz
VIDAL ARRANZ

Las sociedades siempre se han construido a partir de los relatos populares y hoy esos relatos son las series de televisión. A través de ellos reconocen, al menos, dos tipos de verdad: una, más visible, la que circula por la superficie, se refiere a los valores, conflictos, dudas e inquietudes propias del periodo histórico en que el relato se escribe; otra, menos obvia, evoca, en forma de eco, sugerencia, o resonancia, verdades menos coyunturales.

Esos relatos, que antes eran más breves, ahora se prolongan durante años, con lo que los sentidos se multiplican y dispersan. El cierre, el final, es, por ello, especialmente difícil y necesario. Pero, dada la pluralidad de expectativas levantadas, son casi inevitables la decepción, o incluso el rechazo. Así que no debe extrañarnos la controversia desatada por el final de una serie tan popular como 'Juego de Tronos', que ha acompañado nuestras vidas a lo largo de 8 temporadas y más de 70 capítulos emitidos.

Y, sin embargo, hay que celebrar las principales decisiones de sus guionistas. Frente al oropel de la épica, y su promesa de grandezas de relumbrón, han optado, casi desde el principio, por la verdad de las heridas y de los golpes que nos constituyen como humanos y que nos ayudan a crecer. De casi todos los personajes principales podemos decir que mejoraron en la forja del sufrimiento, hoy tan despreciada. Ninguno lo eligió premeditadamente, desde luego, pero 'Juego de Tronos' nos ha explicado que justo ahí, en esas situaciones que nos colocan al límite, está el origen del mejor temple, de la verdadera fortaleza.

Con todo, hay que agradecerles especialmente la decisión que más polémica ha suscitado, y que tiene como protagonista a la Madre de Dragones, combativa aspirante Targaryen al Trono de Hierro. Daenerys encarnaba la fe de la justicia revolucionaria: su meta última era liberar al mundo –primero, de la esclavitud, y luego, de la opresión– para levantar otro mejor. Durante muchas temporadas los espectadores quisimos creer, como su consejero Tyrion Lannister, que eso podría hacerse desde la templanza. Pero la gran lección final de 'Juego de Tronos' fue explicarnos que no, que aquellos a los que impulsa una convicción moral ciega, basada en su indiscutible capacidad para discernir lo justo de lo injusto, no pueden tolerar la existencia del mal en el mundo. Necesitan destruirlo, borrarlo del mapa. Y eso incluye el mal evidente, y el que no lo es tanto: quien no se rebeló contra el mal, es cómplice también del mal. La compasión es, sin duda, el objetivo final. Pero siempre se pospone para el día de mañana.

En sociedades como las nuestras, donde tantos coquetean con este integrismo justiciero que es la base del verdadero totalitarismo, y el que lleva a actitudes que ya son comunes entre nosotros (como el acoso, el boicot o la agresión), 'Juego de Tronos' ha prestado un gran servicio social al recordarnos que ese no es el camino. El finalmente elegido por la serie, el del cambio pausado e imperfecto, es, sin duda, mucho menos excitante, pero también menos sangriento.