La sacra urna

«El fantasma de Valle, como de ordinario ocurre con las visiones, apenas fue visible unos minutos»

La sacra urna
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Carlos Aganzo
CARLOS AGANZO

Si no fuera porque conocemos al personaje real, podríamos pensar que fue una aparición. La fantasma de don Ramón María del Valle-Inclán. Pero no. Se trataba más bien del diputado don Agustín Javier Zamarrón Moreno, segoviano de Burgos, presidente de la mesa de edad en la ceremonia de constitución del Congreso, el cual, imbuido de la trascendencia del momento, conminó a sus señorías: «Dejen expedito el pasillo del tercio izquierda, que tenemos que ir con la sacra urna a ver al señor Echenique». Y también, quizás porque era necesario recordarlo: «Somos una comunidad de personas que hacen las leyes y las acatan».

No es poco decir. Hasta marcó tendencia en las redes sociales. Pero duró poco. La fantasma de Valle, como de ordinario ocurre con las visiones, apenas fue visible unos minutos. El mensaje de su barba, de su verbo y sus anteojos se esfumó enseguida ante la luz cruda de la realidad. Una realidad circense que alcanzó su culmen cuando el diputado Junqueras, fiel a otro espíritu (el que él mismo bautizó en su día como 'Puigmamón'), juró «desde el compromiso republicano, como preso político y por imperativo legal». Divinas palabras. Martes de carnaval. Espejos cóncavos o la maldición del autor de 'Luces de Bohemia': «El sentido trágico de la vida española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada». Después nos ha caído otra gollería, la de la patata caliente de la suspensión de encausados entre el Congreso y el Supremo. Por ilustrar lo de hacer las leyes y lo de acatarlas.

Puestos a jurar y a acordarse del Supremo, también la fantasma de Barak Obama ha estado de alguna manera presente en esta ceremonia de la confusión. Fue John Roberts, el presidente del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, el que en su día se equivocó al dictarle la fórmula del juramento, en su toma de posesión como presidente. Y por eso tuvo que repetirlas, una a una, las 39 palabras que lo componen. Se diría que allí al menos las sacras urnas sí van en consonancia con el sacro juramento de «preservar, proteger y defender la Constitución». Sin aditivos, sin colorantes, sin soflamas.

Mañana habremos de acudir a una nueva cita con las sacras urnas. Me consta que algunos candidatos se han dejado estos días la piel en las plazas, en los mercados, en las calles y hasta en los campos de Castilla, en un frenético cuerpo a cuerpo con los electores. Pero no sé si verdaderamente el ciudadano, perdido con tanta pirotecnia nacional, es consciente de lo que decía Horacio Amezúa, el amigo de Borges: «Todo aquello por lo que luchamos y en lo que creemos –la libertad, la igualdad, la justicia– encuentra su máxima expresión en el despacho de un concejal, pues es allí donde se concretan en personas con rostro».

Y por si fuera poco, Europa. Esa Europa que los británicos pugnan por convertir también en esperpento, ganando escaños que no necesitarán ser suspendidos, porque se evaporarán por sí mismos. Y Theresa May, que ni jura ni promete. Simplemente se va. Se va harta de ver llover tanto sobre las mismas cabezas. Es el signo de los tiempos.