Los rostros del odio

«Primos hermanos, el odio y el fracaso. La sombra permanente que sigue oscureciendo nuestro futuro inmediato»

Último pleno de Inés Arrimadas en el Parlament./Efe
Último pleno de Inés Arrimadas en el Parlament. / Efe
Carlos Aganzo
CARLOS AGANZO

Se precipita mayo con brillos de verano y de nuevo sube la temperatura electoral. A algunos no se les quita la sonrisa de la boca. Ni con salfumán. No está mal, porque tan importante es saber sonreír para ganar como para perder. Y no digamos para continuar en la carrera, que es lo que importa. Pero a otros no se les corrige el rictus ni haciéndoles cucamonas. Cambiará, más o menos, el mapa municipal y regional de España. Cambiará, seguro, el mapa político europeo. Pero hay rostros que no cambian. Ya no.

Esta semana hemos visto, por ejemplo, la cara hierática, inflexible, de algunos de los comparecientes en el juicio del 'procés'. La cara de la intolerancia, esa enfermedad que el filósofo francés Henri François Marion relacionaba directamente con la «estrechez espiritual». Como no sonríen nunca, no tienen patas de gallo. Pero exhiben a cambio grandes surcos verticales junto a las comisuras de los labios. Del ceño, donde tantas veces se confunde la inteligencia con la tozudez, mejor no hablar. Hace tiempo que convirtieron al adversario en enemigo. Se levantan y se acuestan odiando. Y son incapaces de mirar más allá.

Si lo miramos bien, el rostro de todos ellos, los que se han quedado atrapados en el callejón del Gato, sometidos a los espejos cóncavos y convexos del separatismo, está perfectamente representado en el rostro de su presidente. El 'mol desagradable president' de la Generalitat. No sé si por mímesis o por el simple efecto de la intolerancia en cada uno de sus rasgos. Pero en pocas ocasiones un líder, aunque fuera líder venido a menos, encarna con mayor verdad el rostro de sus correligionarios.

La última ocasión en la que hemos tenido ocasión de comprobarlo ha sido el jueves, en la despedida de Inés Arrimadas del Parlament. En la expresión de la nueva diputada de Ciudadanos en el Congreso no faltó de nada: nervios, voz temblorosa, lágrimas. Desengaño del que vino a Cataluña buscando libertad y se encontró con fanatismo. Dolor del que se marcha irremediablemente empujado por la exclusión. «Passi-ho bé, Inés!!». El cartelito, ya que se va, en lugar de las habituales dianas. Como en los tiempos de la gran opresión en el País Vasco... Y la réplica perfecta se la ofreció el rostro de Quim Torra. Mirada al frente impenetrable, después de ponerse de pie como un resorte. Y de volverse a sentar. Media sonrisa congelada. Desprecio absoluto. El rostro del que acaba de ser derrotado en el exacto momento de su victoria. Menos mal que al final bajó a abrazarla Iceta, al que no se le borra la sonrisa, quizás pensando en lo diferente que puede ser para él sentarse en la silla del presidente del Senado a hacerlo en la bancada de la oposición del Parlamento de Cataluña.

Lejos de esa propaganda romántica, pacifista y resistente que se hace a sí misma, el rostro de la Cataluña separatista es el rostro del odio. También es el rostro del fracaso. El fracaso de los catalanes y el fracaso colectivo de todos los españoles. Primos hermanos, el odio y el fracaso. La sombra permanente que sigue oscureciendo nuestro futuro inmediato.

Tienen mucho trabajo las sonrisas.