Contra el ridículo electoral

«No tengo mucha esperanza y siempre he creído que votar con ilusión es una horterada»

Pedro Sánchez, es recibido entre besos y abrazos por ancianos a su llegada a un acto en el Centro Municipal de Mayores Juan Muñoz, en Leganés./EP
Pedro Sánchez, es recibido entre besos y abrazos por ancianos a su llegada a un acto en el Centro Municipal de Mayores Juan Muñoz, en Leganés. / EP
José F. Peláez
JOSÉ F. PELÁEZValladolid

Lo mínimo que se le puede pedir a una escultura es que no se mueva. El resto, detalles. En cuanto a un político, lo mínimo que se le puede pedir es que no haga el ridículo y, a partir de ahí, eso, detalles, nimiedades que se aprenden en una tarde zapateril, que es un lustro en magnitudes humanas. Parece fácil de cumplir. Apártense de la pulsión al ridículo; esto no va de bailar con ancianas ni de besar niños con cara de susto. Esto va de gestionar competencias, que es como hacer el modelo 303 de autoliquidación trimestral del IVA, una oda al funcionario, una carta de amor al registro, un disparo a la rodilla del tertuliano. Nada de epicidad. Recuerden que se deben limitar a gestionar de modo adecuado las transferencias que la constitución y el estatuto les encargan. Y ya. Gestiona el que sabe y lo entiende el que puede. Y fuera de eso, el campo de Castilla en primavera, las amapolas y la alergia.

Hace mucho que hemos cedido nuestra soberanía económica a Europa, lo que en realidad es una aparición mariana en forma de orden de alejamiento, y es que el déficit es el opio del pueblo. Y si el ejecutivo nacional no tiene poderes sobre la economía más allá de la retórica, imagínense la capacidad de una comunidad autónoma para luchar como 'El Llanero Solitario' de la submeseta norte contra los ciclos y sus consecuencias. Aceptémoslo. No caigamos en grandes discursos de república sudamericana ni en el ridículo mayúsculo de la escultura móvil.

En esta tierra tenemos algunos problemas que no se pueden resolver –las causas–, que es la dupla diabólica de despoblación y envejecimiento y algunos retos que sí se pueden afrontar –las consecuencias–, que son la correcta gestión de la dependencia y de la sanidad. Gestión. Y no poner demasiadas zancadillas a las empresas. Punto. No somos unos Torras del montón con su auto lirismo abutifarrado.

Estoy hoy desanimado viendo las caras en los carteles, qué le vamos a hacer. No tengo mucha esperanza y siempre he creído que votar con ilusión es una horterada. Por cierto, en esta legislatura cumple quinientos años la Guerra de las Comunidades. Llegados a este punto, quizá lo único que se le puede pedir a un monolito es que no se mueva.