Regresar al pasado

Envejecido, sí, sin apenas voz, Ian Anderson revive en muchos de nosotros una juventud remota

Ian Anderson, líder de la banda británica de rock Jethro Tull toca la flauta durante un concierto./URS FLUEELER-EFE
Ian Anderson, líder de la banda británica de rock Jethro Tull toca la flauta durante un concierto. / URS FLUEELER-EFE
FELIPE BENÍTEZ REYES

Aprovechando que es agosto y que seguimos con un Gobierno en funciones, permítanme que deje hoy de lado el presente y que haga, para variar, un viaje al pasado. Porque un viaje al pasado hice anteayer, cuando fui a un concierto de Jethro Tull, aquel grupo británico que animó la juventud de tantos con sus fusiones musicales exóticas, hasta el punto de convertir la flauta travesera en un instrumento idóneo –quién lo diría– para el rock duro. De la formación inicial solo queda Ian Anderson, con la suerte de que él fue el alma del grupo, de modo que podríamos decir que queda lo esencial: el artífice de tantas y tantas canciones que nos admiraron en su día y que seguimos admirando hoy –más allá de factores nostálgicos– por su potencia creativa.

Anderson acaba de cumplir 72 años de vida y 50 en los escenarios. Aquel joven de larga melena dorada y ensortijada, que saltaba a escena disfrazado de algo así como de druida de los bosques escoceses, es hoy un anciano calvo que se muestra en público con gafas de oficinista, con una camiseta blanca y con pantalones cortos, con el aspecto de un guiri jubilado que sale a hacer la compra en algún pueblo veraniego del sur. Sin disimulo, sin afeites, sin adornos. Anulado el personaje, el actor: un setentón que canta y que toca la flauta. Sin más. La voz apenas le sale de la garganta y se le quiebra a menudo, aunque sus pulmones siguen haciendo sonar la flauta de la manera prodigiosa en que lo hizo siempre. También, como de joven, brinca y bailotea con maneras de duendecillo burlón y festivo, y aún se sostiene sobre una pierna en muchos momentos de la actuación, en aquella postura de flamenco –me refiero al ave, claro está– que lo caracterizaba.

Hace años, leí en un periódico la crónica de un concierto suyo. Una crónica que podría figurar en una antología universal del periodismo mezquino. El cronista se limitaba a reírse de un hecho que le parecía incomprensible: que Anderson se hubiese hecho viejo, quizá porque el periodista era joven y pensaba que el envejecimiento es una cuestión electiva, algo que solo afecta a los más torpes.

Envejecido, sí, sin apenas voz, Ian Anderson revive en muchos de nosotros una juventud remota, un tiempo que fue el de nuestro descubrimiento de la vida, del amor, de las fantasías en torno al futuro. Ese futuro que nos ha llegado ya y que se parece muy poco a como lo soñamos desde nuestra ingenuidades adolescentes. Conmueve ver en el escenario a ese anciano histriónico y marchoso que, como dice en una de sus canciones, es demasiado viejo para el rock&roll, pero demasiado joven para morir. De manera que larga vida a quienes se resisten no ya a la muerte, sino al desaliento. Porque la vida sigue, y nosotros –como podemos– al compás de ella. Y allá vamos, mientras dure.