Recomposición inteligente

«La historia apreciará a los líderes que sean capaces de unir lo descompuesto. Ya los hubo en el pasado que supieron hacerlo, con todas sus dificultades. Perseverar en la desunión y la confrontación inútil y destructora lo hace cualquiera»

Recomposición inteligente
José Ibarrola

Los últimos comicios han evidenciado, particularmente en el arco político que suele calificarse de derecha y centro-derecha, los resultados a que llevan la crispación, la cerrazón en las propias posiciones, la división y el enfrentamiento, la falta de comprensión del pluralismo y, en último extremo, la falta de entendimiento de las reglas políticas de la democracia. Se rige esta por mayorías y solo se alcanzan integrando y sumando; nunca dividiendo; nunca encastillándose en posiciones minoritarias, aunque esas minorías sean amplias y todo lo dignas de respeto que se quiera; tampoco incumpliendo abiertamente acuerdos y programas.

Se equivocarían los líderes de los partidos que aspiran a aglutinar al aludido arco de la opinión política si piensan que la solución es intensificar la confrontación entre esos partidos para tratar de atraer o de recuperar para cada uno de ellos al electorado que ha sido retenido o ganado por los otros. Mucho me temo que, tras las últimas elecciones legislativas, las posiciones del electorado hayan quedado fijadas para cierto tiempo, de modo que las descalificaciones y luchas entre sus líderes –y con los de los partidos de izquierda o centro-izquierda– no hagan sino confirmar a cada cual en su opción, aunque también habrá quien se aburra y decida irse o retornar a la abstención.

Sin embargo, el buen rumbo de la cosas públicas –que están sometidas a graves tensiones y preocupantes perspectivas– parece aconsejar rebajar el guirigay y encauzar con efectividad el núcleo de las opiniones ciudadanas que pueda mostrarse más ampliamente compartido, en orden a determinar una alternativa atractiva de gobierno que pueda suscitar la credibilidad y el respaldo necesarios.

Seguramente no hay más camino que un cambio en la actitud de los líderes que les lleve a superar el encerramiento en supuestas identidades propias y resquemores, y a buscar el entendimiento en lo que pueda compartirse inteligentemente con fuerzas más próximas, de modo que, incluso, pueda recomponerse lo que, por diversas causas –que habría que reconocer, pero no revolver, para cerrar viejas heridas en lugar de enconarlas–, se ha dividido y disgregado, provocando la actual situación de impotencia efectiva.

En una sociedad democrática pluralista, dentro de un Estado de Derecho que ha de respetar y garantizar lo mejor posible todas las libertades y derechos fundamentales que lo sean verdaderamente, estaría equivocado quien no admitiese sino que los gobiernos asumieran y llevasen a cabo su programa máximo en todos los aspectos de la vida social, o en aquellos que considere más decisivos, y, en consecuencia, no aceptara más agrupación política que con los afines al cien por cien en tal programa. La necesidad de someterse al régimen de mayorías condiciona cualquier posibilidad de orientar la acción de los gobiernos al hecho incontestable de poder contar con un respaldo suficientemente mayoritario de la ciudadanía. Lo que requiere una buena capacidad de comunicación y de convicción para ganar ese respaldo. Ciertamente, si aquel programa máximo está muy bien fundamentado y se transmite con habilidad, con inteligencia, respeto y fuerte capacidad de atracción, no puede descartarse que llegue a ampliar su respaldo social y a lograr el mayoritario necesario. Pero es bueno ser realistas y tener en cuenta la persistencia de opiniones, convicciones, prejuicios, indiferencias y dudas que configuran de hecho la enorme heterogeneidad plural de la sociedad, todos cuyos miembros tienen los mismos derechos políticos en el Estado democrático de Derecho. Y es ahí donde hay que conseguir la adhesión de la mayoría.

Es sabido que la política es el arte de lo posible, precisamente. Cualquiera puede desear todo un programa ideal, pero en realidad lo único hacedero es tratar de articular alguna opción que, entre las que tengan posibilidad efectiva de llegar al gobierno, sea la que más se aproxime a aquel programa o se aleje menos de él en su conjunto. Y eso requiere saber dejar de lado pretensiones que en determinadas circunstancias no vayan a poder contar con los necesarios apoyos –aunque en otras puedan lograrlos– y constituyan obstáculos insalvables para sumar, e identificar objetivos que puedan lograr conformidades que permitan configurar un programa convincente, capaz del imprescindible apoyo mayoritario. Aunque, ciertamente, con inteligencia, habilidad y diálogo franco –sin desconfianzas, descalificaciones ni crispaciones viscerales– también será posible ensanchar adecuadamente el ámbito de los objetivos compartidos, capaces de concitar el apoyo social mayoritario, sabiendo explicar bien y a fondo las cosas.

Señalar enfáticamente errores de otros, lanzar encendidas proclamas descalificadoras o infamantes contra los que se ve como adversarios, puede quizás producir alguna satisfacción pasajera al propio ego y a la clientela, pero, aparte de su más que dudosa justificación en tantas ocasiones, raramente servirá sino para enrarecer el ambiente y dificultar las soluciones. El constante recurso a ese lenguaje, convirtiendo en habitual lo que, si está justificado, debería ser muy excepcional, le privará además de toda eficacia. Hay que buscar con perseverancia, en cambio, lo que une, lo que integra, lo que permite construir, con claridad, con transparencia, sin dobles lenguajes.

La historia apreciará a los líderes que sean capaces de unir lo descompuesto. Ya los hubo en el pasado que supieron hacerlo, con todas sus dificultades. Perseverar en la desunión y la confrontación inútil y destructora lo hace cualquiera.