El último día de Franco
«Durante aquellos dos días de luto nacional, en los que las horas fueron eternas y las colas infinitas, yo crucé el Inframundo, como Ulises»
En mi casa saben que cuento con una memoria cargante para los asuntos y los detalles anodinos, esos que no van a ninguna parte ni ... sirven para nada. Pueden evaporarse de mi mente con extrema facilidad los natalicios y las citas médicas; soy capaz de confundir los nombres de personas habituales en mi vida. Pero puedo recordar sin dificultad lo que comió toda mi familia el tercer día de playa en la terraza de un alegre chiringuito durante las vacaciones de 1978 –incluso el título de las canciones que sonaban en la rocola– y contárselo a alguien hoy mismo mientras paso por alto que es su cumpleaños.
Poseo una memoria inane, concentrada en las anécdotas de cada instante, entretenida en los flecos de mi propia trayectoria o en la de otros. Así es imposible desarrollar un sentido práctico de la vida, pero me consuela saber, al menos, que el pasado huido de mi memoria, ese que todos acabamos inventándonos para no dejar espacios vacíos y aterradores en nuestras biografías, es residual.
Recuerdo con exactitud y sin esfuerzo días grises y transitorios como el de aquel miércoles, 19 de noviembre de 1975, hace exactamente cincuenta años; un día del que también se cumplen hoy, exactamente, dos mil seiscientas nueve semanas.
Como si aún tuviera que hacerlas, me rodean desafiantes en la memoria aquellas fichas de Naturaleza y Sociedad enfundadas en plásticos transparentes que se renovaban cada lunes y que, pertrechados solo con nuestra aplicación discrecional, debíamos tener completas cada viernes. Aún veo los libros apilados en los rincones colectivos dedicados a cada asignatura, como aquel hermoso de Lengua —juraría que ilustrado por Pilarín Bayés— que supo contarme por primera vez y para siempre las aventuras, tretas y penalidades de Ulises durante su regreso a Ítaca. Recuerdo la bandeja blanca en medio de las mesas arrimadas, llena de bolígrafos rojos y azules, de pinturas y lapiceros; equipada también con una goma, un sacapuntas y una regla para cada cuatro; a mi compañero Jesús, sentado a mi derecha, bajo el ventanal de aquella clase nuestra en tercero de EGB que asomaba a la esquina entre la calle Maldonado y la plaza de San Juan. Y, por supuesto, recuerdo el aire denso y su olor a llave de portón que se respiraba en el ambiente; las conversaciones hechas a golpe de susurro; los murmullos entre la clientela que esperaba turno en la tienda de ultramarinos o en la panadería; también, las radios encendidas de continuo, en espera de un parte con el minuto y el resultado de aquella agonía personal e interminable que acabó siendo nacional.
El miércoles, 19 de noviembre de 1975, yo tenía fichas por hacer. Me entretuve tanto en el dibujo de un barco de bajura, y probablemente discutiendo con mi compañero Jesús sobre el acierto o el despilfarro que supondría invertir nuestras propinas en fichar a Cruyff o a Santillana, que doña Pilar acabó aquel día advirtiéndome de ello. Tendría que hacer un esfuerzo extraordinario durante el jueves y el viernes si quería completarlas todas. Porque las fichas de aquel curso jamás pasaban de semana. El lunes siguiente comenzaríamos un nuevo tema y las que no hubiéramos completado se quedarían a vivir para siempre en el Averno de los asuntos pendientes.
Hoy me ha recordado mi memoria que no pude terminarlas porque aquel jueves y viernes, con los que yo contaba, se suspendieron las clases. Durante aquellos dos días de luto nacional, en los que las horas fueron eternas y las colas infinitas, yo crucé el Inframundo, como Ulises, por el pesar de aquellas fichas que jamás volverían a mis manos; en busca de un vaticinio de Tiresias que me ayudara a salir del Averno con la esperanza de que el lunes siguiente todo iría bien y sería distinto.
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