Publicidad y Ludopatía

«Nunca como ahora una adicción había causado tantos estragos en la sociedad como lo están haciendo en nuestro caso las nuevas adicciones a las tecnologías y especialmente a las apuestas deportivas»

Publicidad y Ludopatía
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A nadie mínimamente informado se le escapa que estamos viviendo una encrucijada históricamente relevante en el devenir de la ludopatía, como también de las adicciones en general. Y ello principalmente porque las adicciones han cambiado su espectro epidemiológico y clínico en sus dimensiones cualitativa, cuantitativa e instrumental. Por un lado, se han ido acercando y refugiando en el ámbito de la legalidad (bares, establecimientos de ciber-ocio, casas de juego, hogar) como adicciones sociales, relegando a un segundo plano los consumos tóxicos escondidos en los rincones de la ilegalidad y el hampa (adicciones ilegales). A su vez, dentro de las adicciones sociales, las adicciones a las nuevas tecnologías (adicciones a las TICE, técnicas de información, comunicación y entretenimiento) han ido «comiendo terreno» a las adicciones clásicas.

Entrevista

Debido a la vía virtual (Internet), que se está imponiendo como principal sistema de acceso a los consumos y prácticas adictivas, las adicciones en general y las sociales en particular han perdido visibilidad pública y social, aumentado así su carácter individualista, su discreción social y su disimulo al exterior. Como consecuencia de la prevalencia de Internet como escenario de las actuales prácticas adictivas, también el pago se camufla y desplaza hacia el formato bancario, mediante el dinero de plástico (tarjetas de crédito) y virtual (préstamos).

Nunca como ahora una adicción había causado tantos estragos en la sociedad como lo están haciendo en nuestro caso las nuevas adicciones a las tecnologías y especialmente a las apuestas deportivas. Nunca como ahora había quedado tan patente la decisiva importancia de la presión social al consumo a través del lujuriante incremento de la publicidad y de la apertura de casas de juego, en la explosión epidemiológica de las nuevas adicciones, de naturaleza comportamental. Nunca somos ahora una adicción había cuadriplicado la población asistencial de nuevo ingreso en las entidades asistenciales, y especialmente en las asociaciones de tratamiento y rehabilitación, en tan sólo dos años de contabilización. Nunca como ahora una adicción había contado con tanta complicidad de la Administración, por su conducta de inhibición, pasividad, consentimiento y gestión proactiva ante la proliferación de las nuevas adicciones y desatención de las entidades que las tratan.

Nunca como ahora una adicción de nuevo cuño había mostrado tanta voracidad por una población tan joven, desubicada e inexperta como de hecho está ocurriendo en la actualidad con estas adicciones de nuestros días. Nunca como ahora una adicción nueva había asustado e indignado tanto a la sociedad, y sobre todo a las familias y a los profesionales dedicados al tratamiento y rehabilitación de estas enfermedades, como ocurre en la actualidad con las nuevas adicciones. Y nunca como ahora una adicción había necesitado menor grado de patología intrínseca de la personalidad, porque la lujuriante intervención publicitaria se basta por sí sola para movilizar a la población especialmente joven a la práctica desenfrenada de juegos de azar, principalmente apuestas deportivas y juego online.

Para ubicar adecuadamente esta patología emergente de las apuestas deportivas y poder evaluar su impacto real en nuestra sociedad, es conveniente hacer un repaso sobre el contexto histórico del juego de azar y su patología. Y a este respecto, tal como apunto en mi 'Manual del Ludópata' (Toledo, FEJAR, 2008) hay que partir de la base de que históricamente siempre se ha jugado. El juego nace con la Humanidad, y especialmente vinculado a la infancia, aunque también los adultos a veces puedan sufrir nostálgicos y extemporáneos rebrotes o hasta una invasión torrencial del mismo. Y es que actualmente, la liberalización de su uso ha propiciado el abuso, la adicción y las consecuencias de todo ello, principalmente la alarma social por la evidencia de la destrucción de tantas familias donde la adicción al juego de azar ha anidado.

No hay que olvidar que el ciudadano tiene el derecho a jugar, pero el Estado tiene la obligación de protegerlo (Rousseau, Contrato Social), persiguiendo el fraude y garantizando que quien no juega, no se vea obligado a hacerlo como producto de una publicidad excesiva y una oferta desproporcionada y ficticia.

Con el juego de azar puede ocurrir lo que con el sexo, la alimentación o cualquier otra fuente de placer, sin olvidar dentro de este capítulo el omnipresente vino. En efecto, el juego, la comida, la bebida y las mujeres (o los hombres, según la perspectiva) constituyen ingredientes naturales de la vida, que en no pocas ocasiones, e independientemente del importante papel psico-fisiológico que desempeñan, sirven para compensar en monedas o valencias de placer las servidumbres, dificultades y sinsabores que nos acarrea la complejidad artificiosa de la vida. Pero si es cierto que el ejercicio o disfrute de cualquiera de estos placeres naturales puede ser legítima fuente de equilibrio, felicidad y salud, no es menos cierto que su abuso también se convierte con frecuencia en fuente de desequilibrio, sufrimiento y enfermedad, como pronto vamos a poder comprobar.

Ello nos lleva indefectiblemente a deducir que cualquiera de estos ingredientes de la vida, y por ende el juego, no debe considerarse malo en sí mismo, sino tan sólo por su abuso o perversión. Todo depende, pues, del tipo de utilización que se haga de ello, y por tanto, también de quien lo haga. Pero ello no debe hacernos olvidar, en honor a la justicia y a la mesura, que cualquiera de estos elementos naturales de nuestro universo-mundo, puede ser eso que los americanos dicen de su Coca-Cola: la chispa de la vida. Parafraseando a nuestro romancero más genuino, el Cantar de Mío Cid, cuando decía aquello de ¡Dios, qué buen vasallo si hubiere buen señor!, podríamos decir aquí asimismo: ¡Pardiez, qué gran divertimento, si hubiese buen administrador!

Siendo tal la avalancha de juego patológico en España, especialmente en su modalidad de apuestas deportivas, urge estudiar su relación con la publicidad y tomar medidas para evitar la presentación de más casos (prevención primaria), detectar y tratar precozmente los casos nuevos que se presenten (prevención secundaria). Pero el caballo de batalla de la prevención primaria de la adicción a las apuestas deportivas es el control, regulación y restricción de la oferta, o sea, el control de la publicidad, que tal como denuncia reiteradamente la Federación de Jugadores de Azar Rehabilitados (FEJAR) carece de regulación estatal, lo cual ha ofrecido en bandeja a las empresas publicitarias un negocio seguro de pingües beneficios, como lo demuestra el hecho de la proliferación como hongos de los distintos canales de publicidad y de las empresas publicitarias en todos los medios de comunicación, especialmente en las televisiones.

A este respecto, tal y como se pronuncia la Federación Fejar, quizás no se pueda aspirar por el momento a prohibir del todo la publicidad en un negocio que genera cerca de 100.000 puestos de trabajo, pero sí a que se regule y limite en intensidad, frecuencia y horarios y que se contrarreste con campañas de información y prevención de la adicción al juego de azar. Sin embargo, hay casos de países dignos de mención que ya han implantado la prohibición absoluta de la publicidad de las apuestas deportivas durante las retransmisiones deportivas, como son la Televisión italiana, la Televisión sueca y la Televisión de la Comunidad de Madrid, entre otras, que de esta manera se convierten en pioneros y referentes en la lucha contra la plaga de las apuestas deportivas. Me consta que hay ya diálogo político al respecto, e incluso «acuerdos para ponerse de acuerdo» en este tan relevante como vidrioso asunto. Al fin y al cabo todo es cuestión de voluntad política y administrativa para evitar que este fenómeno de oportunismo recaudatorio que es la publicidad pueda seguir sembrando la desgracia en tantos miles de familias donde habita o puede habitar algún caso de ludopatía.