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Rodrigo Jiménez
Óxidos y Vallisoletanías

¿Cómo perdimos Berlín?

«No sé en qué momento ha sucedido ni tampoco si ha sido un proceso que me ha pillado mirando a otro lado. Pero la ciudad es otra»

José F. Peláez

Valladolid

Viernes, 21 de noviembre 2025, 06:48

Cambia la ciudad, cambias tú y justo ahí, en la intersección entre ambos cambios, un día acabas aceptando que no sabes a dónde ir. Es ese un momento terrible, un momento del que no se vuelve, algo parecido a aceptar que te has hecho viejo, que estás solo o ambas cosas a la vez. Sucede un viernes cualquiera -un viernes como pudiera ser este mismo- cuando bajas del tren y descubres que, por primera vez en años, no tienes nada que hacer, no has quedado con nadie y eres completamente libre para llevar a cabo todos esos sueños con los que fantaseabas en el pico del estrés, qué sé yo, ir al teatro, conocer el nuevo Trigo, hacer la trimestral del IVA. Como suele pasar siempre en esos casos, los planes se van cayendo como un castillo de naipes y acabas caminando relajadamente por la Acera de Recoletos en ese momento de la tarde en el que la lluvia y el ocaso se te meten en los huesos. Y el crepúsculo lo toma todo, como en Solaris, de Tarkovski, cuando Kelvin nota cómo la lluvia le cae en el rostro y, de algún modo, es consolado por ella. Algo parecido me sucedió a mí, que caminaba buscando un bar que no existía y un tiempo que se había ido. Entre tanto cambio heraclitiano noté que todo fluía, claro. Sobre todo -Panta Rei- el riachuelo de agua que ya llegaba a mis pies y que me recordaba que había de resguardarme. Y pronto.

Es cierto que ya desde la comida, en Madrid, noté que me faltaba algo. Era algo concreto, algo físico, nada que ver con la falta lacaniana, la falta del ser propiamente dicha. Era más bien un vacío en el futuro inmediato, una gran pompa transparente que se movía frente a mi como si nada hubiera sido aún escrito y todo fuera posible. En total, había sido una caña en la barra y media botella de vino en la mesa. Aunque, en realidad, lo de la mesa fue lo de menos, ya se sabe, lo de siempre, tres o cuatro platos ejecutados de modo aceptable, de esos que al principio te hacen soñar con que esta vez sí, pero que al final, es que otra vez no; ese tipo de cocina que te dice a gritos que el menú ha sido pensado a partir del precio y no del amor, como suele pasarles a esos chefs con cara de llamarse Álex y que aún no han decidido si quieren ser vascos, indios o tailandeses. Y mientras lo deciden te lo fusionan todo, por si acaso. Para rematar, un gin-tonic de compañerismo. Que al final fueron dos. Son los gin-tonics que juraste no tomar, pero, al fin y al cabo, es viernes y hemos cobrado. Y si uno quiere gin-tonic, lo queremos todos. Eso es lo que hace la gente de bien. Dejar a un comensal solo bebiéndose un gin-tonic es una inmoralidad grave, de las de no volver a llamar. Porque comer y beber bien es solo hacerlo en buena compañía, es decir con generosidad, complicidad y el afecto infinito que se genera entre seres imperfectos y con una inmensa y vergonzosa capacidad para decir que no según a quién y según cuándo. Aunque, en realidad, siempre he pensado que cuando dices que no a algo, implícitamente estás diciendo que sí a todo lo demás. Y prefiero decir que no a mi dieta que a mis principios. Cosas de gente capaz de entender que lo que se esconde tras la insistencia de un amigo en una copa no es una persona que quiera ginebra y tónica sino, tal vez, un corazón roto que no quiere poner punto final a una comida de viernes porque eso implica que comienza ya el fin de semana, que se acabaron las excusas y que ha de volver a casa, a sufrir la realidad de nuevo. Yo soy yo y tus circunstancias.

En cualquier caso, las cosas terminan. Y después el andén 18 de Chamartín, el tren y la lluvia. Y, como decía, fue justo ahí, ya en la Acera de Recoletos, cuando pensé que quizá lo que me faltaba, aquello que buscaba como una oquedad entre el vendaval de este otoño invernal era un lugar del que protegerme de la humillación de no tener donde ir un viernes de ciclogénesis. Mientras lo decidía, caminaba con cara de tener muy claro a dónde iba, por supuesto, saludando con la barbilla a todo aquel que me saludaba a mí y que, por supuesto, no siempre identifico. Y entonces recordé 'El Escorial', un bar que había justo ahí, un bar tremendamente pijo, caro y de gente que entonces me resultaba muy mayor, pero que, supongo, serían más jóvenes de lo que yo soy hoy en día. Pero el bar, por supuesto, no estaba. Y me fui a la Catedral, que es a donde mi cuerpo me lleva cuando le dejo solo. Bajé mentalmente las escaleras del Herminio's como quien baja al infierno. Y también mentalmente recorrí un Kafka en pausa. Intenté entrar al Berlín y al Bizarro, pero, por primera vez, no conocía a nadie, así que no supe reaccionar y fingí una llamada como si fuera un ministro intentando escabullirme de las preguntas de los periodistas, sobreactuando algo de dignidad. Y pasé por delante de La Negra Flor, de La Tertulia y de tantos los lugares que se han esfumado, con su gente dentro. Todo estaba habitado ahora por gente diferente, más joven. La música era extraña, las bebidas dulces, los hombres atletas. Y me di cuenta entonces de que lo que yo estaba buscando no era un bar al que poder ir mientras fingía ir a cualquier otro sitio; tampoco un lugar conocido, ni siquiera uno desconocido. Lo que en realidad quería es un lugar en el que estuvieran mis amigos, riendo y bebiendo cervezas sin esas ojeras que nos han salido a todos últimamente. Yo quería expectativa de milagros y sonrisas como bandas sonoras. Porque lo que yo llevaba echando en falta todo el día no era el tiempo ni el espacio, no era a una persona concreta o un ambiente especial sino tan solo a mí mismo, la mirada limpia, la vida por delante, la soberbia de la juventud, la felicidad por rutina, la mirada sin cinismo y la posibilidad de recorrer Valladolid una tarde de viernes como si la vida no fuera ya un libro de 'Elige tu propia aventura' en el que ya conocemos todos los finales.

No sé en qué momento ha sucedido ni tampoco si ha sido un proceso que me ha pillado mirando a otro lado. Pero la ciudad es otra. Y puede yo también. Y cómo Gabinete Caligari me pregunto 'Cómo perdimos Berlín'. Y, sobre todo, cuándo. Exactamente eso pensaba de vuelta a casa, como un señor de mediana edad, calado hasta los huesos, sin una mala canción ni un triste remordimiento.

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