Un olor nauseabundo en Mauthausen

«Por el campo de trabajo de Mauthausen pasaron unos cinco mil españoles desprovistos de su nacionalidad por el Gobierno franquista»

Banderas de España y Cataluña./AFP
Banderas de España y Cataluña. / AFP
Agustín Remesal
AGUSTÍN REMESALValladolid

Sucede a veces que una sola palabra remueve la memoria caprichosa hasta paraísos o infiernos remotos. Por uno de esos misteriosos recodos del recuerdo, un discurso desvergonzado y grosero berreado en Mauthausen puede llevar hasta el archipiélago mozambiqueño de las Quirimbas, concretamente a su isla más septentrional, llamada Ibo, cuyo pequeño aeropuerto recibía hace años en su pista de tierra batida a los escasos visitantes de aquellas costas del Índico cubiertas de corales. Un hombre vestido con atuendo de explorador africano (camisola y pantalón corto de color verde oliva, botas de caña y salakov) esperaba a nuestro aeroplano erguido en la cabecera de la pista. Saludó luego con liturgia castrense a los viajeros, una decena de privilegiados turistas en busca de maravillas submarinas en aquellos arrecifes africanos que descubrieron los portugueses hace cinco siglos.

El anfitrión de la isla Ibo manejaba con elegancia una fusta negra de caucho y hablaba en portugués con un rasposo acento de colono teutón. No dio su nombre (podría llamarse Wilhelm o Amadeus), pero rebeló al periodista sin temor, en una confesión de vanidades, su rango militar en las filas de las SS., paseando al atardecer en la intimidad de aquel palmeral idílico. El alemán afirmaba con arrogancia haber llegado a aquellos parajes portugueses en tiempos de Salazar, amparado por los agentes del dictador portugués cuando él huyó de su secreta biografía. En un recodo de su monólogo, soltó al fin la palabra que cerraba el jeroglífico: Mauthausen, donde había ejercido su autoridad de oficial con la integridad de soldado del Reich y la lealtad que le valió un distintivo del alto mando. Según él, en aquel campo de concentración solo se morían los enfermos, como en cualquier otro lugar del mundo.

No hubo en Mauthausen hornos crematorios, en eso decía la verdad Amadeus (Wilhelm, quizás, pues se negó rotundamente a revelar su verdadera identidad). El 'kommander' de aquel campo de trabajo, clandestino feliz en aquel paraje africano, recitaba de memoria el nombre de los subcampos de Mauthausen instalados en Austria: fábricas de armas y municiones, canteras y minas. No era cierto, según él, que los presos enfermos o agotados por el esfuerzo del trabajo inhumano fueran transferidos al Campo Central para ser exterminados, o eliminados con una inyección letal o incinerados en un crematorio lejano. Me lo dijo Jorge Semprún un atardecer luminoso, sentados en la terraza de su casa de campo mirando los trigales infinitos de la Beauce, donde los exiliados republicanos españoles trabajaron como esclavos en la recolección de cereales a cambio de un carné que les libraba del temido viaje ferroviario hacia el este, el de los deportados a los campos de trabajos forzados del centro de Europa. -Lo peor de soportar allí era el olor a podredumbre moral y muerte recelada -me resumió Semprún, confinado durante dos años en el campo de concentración de Buchenwald, donde tampoco había hornos crematorios.

En su grado máximo, el fanatismo despiadado de los jefes nazis que manejaban sin piedad aquella infernal máquina de muerte no se alimentaba de ninguna ideología, tampoco de algún sentimiento humano, sino de las reglas de la eficiencia que imponen los principios fríos de las matemáticas en una gestión regida solo por la contabilidad. Con ese mismo manual deshumanizado y similar ceguera que Wilhelm (Amadeus, quizás) usaba para poner a un prisionero ante el pelotón de fusilamiento, la portavoz de la hueste separatista catalana se plantó el otro día ante el monumento a los deportados de Mauthausen y vomitó su mitin emponzoñado de rabia sobre aquel muro de la memoria. Fiel a la regla de dividir a las víctimas según su origen geográfico o ideológico, devota también al principio de la supremacía étnica, la señora Gemma Domènech clasificó a las víctimas de aquella barbarie por su lugar de nacimiento, con el fin de dar publicidad al encantamiento separatista y exportar presos enganchados a un lazo, o sea, políticos juzgados por una justicia democrática.

Por el campo de trabajo de Mauthausen pasaron unos cinco mil españoles desprovistos de su nacionalidad por el Gobierno franquista. Según estadísticas fiables, solo la cuarta parte de ellos eran nacidos en Cataluña, cuya Generalidad es el único Gobierno autonómico que tiene colocada allí una placa de exclusivo homenaje, que inauguró en otro aparte separatista hace dos años el consejero de propaganda internacional Raül Romeva. Tal protagonismo del personaje, juzgado ahora por el delito de rebelión, fue aprovechado por la directora catalana de la 'Memoria Democrática' para sacar a relucir la sutil coincidencia en el lugar mismo de la barbarie. Entre las mentiras más perversas, está la que eleva a categoría didáctica la relación de hechos y protagonistas, formando un amasijo que obedece tan solo a la oportunidad publicitaria de un fanatismo sin fronteras.

Las instituciones independentistas catalanas, financiadas por el erario público, llevan a cabo desde hace años una eficaz tarea de redención nacionalista reinventando la historia para apoderarse de cuanto suene a victimismo, muy rentable en el debate político en tiempos de sumisión general. La Generalidad de Cataluña se ha apoderado en exclusiva, por ejemplo, de la memoria del exilio republicano. Hace tres meses el presidente Pedro Sánchez recibió en Argelès-sur-Mer una salva de gritos en catalán llamándole fascista cuando rendía homenaje a los cien mil exiliados españoles que estuvieron recluidos en aquella playa francesa. Allí se oyó la voz de la verdad: -Callaos, imbéciles, gritó un tal Paco Ibáñez con la voz tonante de un ochote. Tengo constancia de que el cantautor fue capaz de hacer callar en Salamanca a un perro cantándole 'La Marsellesa'.

La plaga nacionalista está alimentando una locura endogámica, tergiversando la historia y catalogando a las víctimas de cualquier barbarie. Maldito oficio es el de contar y clasificar cadáveres, dejó escrito el poeta zamorano León Felipe cuando lo ejerció en el Madrid cercado: «Creí una noche que caminaba sobre barro, y eran sesos humanos pegados a las suelas de mis zapatos». Malo es que la política ocupe el lugar de la religión, también en los funerales.