Miedo y remordimiento

Agentes trasladan a Josu Ternera, con una bolsa cubriendo su cabeza, tras su detención./Romain Lafabregue-AFP
Agentes trasladan a Josu Ternera, con una bolsa cubriendo su cabeza, tras su detención. / Romain Lafabregue-AFP
Diego Carcedo
DIEGO CARCEDOValladolid

La detención de Josu Ternera ha sido, qué duda cabe, una alegría para la inmensa mayor parte de los ciudadanos a quienes inspira seguridad saber que está entre rejas y sujeto al dictamen de la Justicia. Ha sido, sí, una buena noticia, particularmente para los familiares de sus víctimas, que directa o indirectamente fueron muchas, y para quienes consideran que el que hace cualquier daño a los demás debe pagarlo por mucho que la caridad cristiana o de cualquier otra fe invite a perdonar.

Haciendo abstracción de los delitos y las penas, la peripecia vivida por Josu Ternera no hay imaginación novelística que la supere. Su fanatismo sin escrúpulos y su empecinamiento criminal durante los años más duros de ETA invitan a pensar sobre la capacidad humana para cebarse y hasta deleitarse en el mal. ¿Cómo se sentiría después de un atentado, de tantos como se le acusa, viendo en televisión desde su escondite el dolor que había causado?

¿Qué ideas le pasarían por la cabeza cuando, después de disfrutar unos minutos de la euforia que despertaba su 'hazaña' cobarde entre sus compañeros, los hooligans del terrorismo? ¿Sería consciente en algún momento de la gravedad que implica matar? ¿Se estremecería viendo las imágenes del rastro de sangre que corría por el suelo cuando él escapaba para no rendir cuentas a la sociedad de lo que acababa de hacer? Pero todo aquello pasó, aunque no quedó en el olvido de nadie.

Y, se supone, para él, menos: comenzaba una nueva vida quizás atormentado por el remordimiento, víctima constante de su propio odio y con el único futuro por delante de huir. No inspira lástima, pero sí motivo para la reflexión. Vivir un día tras otro agobiado por el temor, sabiendo que profesionales del orden público siguen sus pasos, mirando continuamente a un lado y a otro, esquivando la normalidad cotidiana y desconfiando de cualquier cara y de cuanto se mueve a su alrededor.

Hay un interesante trabajo para los sicólogos. ¿Cuan largas y agitadas serán las noches de un hombre intentando dormir en una cabaña rodeada de nieve, sobresaltándose con el ruido de cualquier alimaña merodeando, sin otra perspectiva de entretenimiento que echarse la mochila a la espalda, preparada siempre para no volver, y caminar montaña arriba sin un destino preciso y… ¿le quedaría sensibilidad para deleitarse durante el paseo con las delicias del paisaje?

Toda la biografía conocida de Josu Ternera lleva a pensar que se trata de un personaje singular: muy distinto del común de la especie humana. Un personaje del que la primera conclusión que se obtiene es su capacidad para hacer sufrir a los demás como para sufrir él mismo. Su encarcelamiento no le privará de esa maldición que arrastra. La prisión es dura. Pero, desde ahora, disfrutará como ser humano de comida, asistencia médica y oportunidad para relajarse y ponerse de acuerdo con su conciencia.