Urbanismo del olvido
«Difícilmente podremos encontrar un futuro con sentido en el desarrollo de Valladolid si, como acostumbramos a hacer, desoímos nuestra responsabilidad con el pasado»
Martín Heredero Campo
Viernes, 14 de noviembre 2025, 07:12
Avanzan las obras de humanización de la VA-20 en Valladolid y resulta imposible no preguntarse qué es eso de humanizar una carretera, donde el ser ... humano no puede ser más que peatón y, por eso mismo, un subordinado del ritmo idiosincrático de los coches. Entiendo que cuando los trabajos terminen, la ronda será un idilio para flâneurs y caminantes de toda clase, que podrán pasear rodeados de la placidez reinante allí donde hay carreteras.
Humanizar lo inhóspito sería una ambición encomiable si pudiese ser tomada en serio en una ciudad como la nuestra. Pero a Valladolid le cuadra lo que dijo Machado de esa «Castilla miserable, ayer dominadora / envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora». La precariedad de algunas de las zonas más prominentes de nuestra ciudad sitúa entre interrogantes toda la fraseología del futurismo urbanístico, que nos habla de una ciudad humanizada donde circularemos en bicicletas ultraecológicas a la altura de las grandes urbes europeas. Difícilmente podremos encontrar un futuro con sentido en el desarrollo de Valladolid si, como acostumbramos a hacer, desoímos nuestra responsabilidad con el pasado.
El olvido reiterado de lo que conforma la historia de Valladolid es un dislate propio de una época presentista como la nuestra. No obstante, resulta que, sin el suelo nutricio del pasado, el presente no es nada más que un ahora efímero, desarraigado y expuesto al vaivén de los tiempos y a la transitoriedad de las modas.
Esta desmemoria puede constatarse, por ejemplo, en las ruinas del Palacio de la Ribera que bordean la orilla del Pisuerga y otean la playa de las Moreras desde la orilla enfrentada. Los restos de este palacio del siglo XVI, donde veraneaba Felipe III, se encuentran ocultos tras el espesor de la vegetación descuidada, pobremente iluminados y deslucidos por el vandalismo que asola las edificaciones abandonadas. En una hornacina cubierta por un cristal turbio se encuentra una imagen réplica de la patrona de la ciudad, la Virgen de San Lorenzo. Indigno asiento para quien es Alcaldesa Perpetua de Valladolid y que ha de yacer olvidada en un rincón abandonado mientras la ciudad, muy humana, le da la espalda.
No me resisto tampoco a mencionar la estampa que ofrece el claustro del Convento de las Francesas. Este, que data también del siglo XVI, cuenta con uno de los caprichos artísticos más notables de Valladolid: la minuciosa geometría realizada con huesos de taba que decora el suelo. Un rincón como este podría ser uno de los lugares destacados de la ciudad si no hubiese que intuirlo tras la densa capa de despojos producidos por las palomas que allí campan. Evidentemente, el estado en que se encuentra el claustro no se debe al aparato digestivo de la fauna urbana, sino a la desidia de una ciudad que decide abandonarse a sí misma.
Antes que los discursos de humanización vacíos, hijos de una modernidad presentista y pasajera, necesitamos más bien un compromiso auténtico con la propia dignidad de Valladolid, algo que exige no dejar morir el legado vivo de nuestro pasado. Es posible que si desoímos esta responsabilidad logremos humanizar el asfalto, pero nuestra historia seguirá siendo un simple estorbo para el tráfico.
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