Mano de santo

«A los separatistas les importa poco la agonía del toro o la suerte del torero, se trata de agitar la bandera de la leyenda negra contra esa España oscura y bárbara que disfruta torturando a un animal»

José María Manzanares en la Corrida de San Pedro Regalado de 2018./Henar Sastre
José María Manzanares en la Corrida de San Pedro Regalado de 2018. / Henar Sastre
Antonio Salinero
ANTONIO SALINEROValladolid

Pedro Regalado era un santo muy peculiar. Dejando a un lado su poder de bilocación, algo así como estar en dos sitios a la vez (asombroso prodigio que, por cierto, comparten ahora unos cuantos políticos), cuentan de él que, sin descomponer la figura, redujo a un toro bravo que, harto de los lances chuscos en un festejo popular, se había despistado por las calles de Valladolid.

Añade la hagiografía que el improvisado diestro remató la faena adornándose con un «¡detente, bicho!», y el morlaco se arrodilló ante él con mansedumbre como implorando el descabello. Y de ahí a los altares y al patronato de los toreros. Ahí queda eso.

Vaya por delante que hasta hace bien poco estaba abonado al tendido de los antitaurinos. Veía las corridas de toros, esa mezcla folclórica de espectáculo y negocio, como un acto más de barbarie, pero desde que animalistas radicales, independentistas y demás izquierda desnortada la han tomado contra los toros, la caza, la pesca y el fuagrás, he resuelto el eterno dilema entre mi madre y mi mascota y he reconsiderado mi postura sobre la llamada fiesta nacional. Ahora la contemplo con otra mirada y me pregunto qué verían en ella Lorca o Alberti, Goya o Picasso. Es de suponer que algo más que sangre, sudor y moscas.

Desde luego, a los separatistas les importa poco la agonía del toro o la suerte del torero, se trata de agitar una vez más la bandera de la leyenda negra contra esa España oscura y bárbara que disfruta torturando a un animal. Mención aparte merece el catecismo vegano de esa especie de secta llamada Pacma, un híbrido de fundamentalismo ecologista y pastoreo redentor que desconoce el mundo rural. Su catecismo proscribe el embutido y maneja una pueril personificación de los animales que para sí quisieran las fábulas de Samaniego.

De ahí a difundir los valores de la tauromaquia en los colegios, subvencionar las corridas o etiquetar de taurina una ciudad va un trecho muy grande, pero no hay nada como el fanatismo intransigente para hacernos cambiar de tercio. Mano de santo.