El independentismo tira al monte

Iceta, en el Parlament./Toni Albir
Iceta, en el Parlament. / Toni Albir
Antonio Papell
ANTONIO PAPELLValladolid

La designación de Iceta al frente del Senado representaba la llegada al cargo, por primera vez en mucho tiempo, de un autonomista convencido, de una personalidad periférica que habría sido una figura idónea para llenar de encarnadura el hasta ahora vacío aserto constitucional de que el Senado es 'la cámara de representación territorial'.

Los ciudadanos desecharon masivamente el pasado 28 de abril la propuesta radical y agresiva de resolver el problema catalán mediante la aplicación arbitraria e indefinida del artículo 155. Y ello abría, obviamente, expectativas de negociación y diálogo, que solo pueden llegar a convertirse en realidades si las principales fuerzas independentistas se bajan de la utopía impracticable –Cataluña no va a conseguir la independencia porque la Constitución es inquebrantable y la comunidad internacional no respaldará una secesión con tan escasa masa crítica favorable– y adoptan una actitud pragmática, liberada de los tabúes que parecen amedrentar a cualquiera que, en Cataluña, dé la menor muestra de templada racionalidad. De las sucesivas declaraciones de los actores soberanistas a lo largo del proceso judicial en marcha, había parecido entenderse que comenzaban a diferenciarse los irreductibles, que optan por la vía unilateral porque cualquier otra opción los dejaría en la estacada (es el caso de Puigdemont, a quien la negociación convertiría en un disidente errante), de los pragmáticos, que entienden que con su escaso bagaje no van a avanzar en el camino de la independencia, por lo que procede reaccionar, reconocer la evidencia y evitar más daños a la ciudadanía de Cataluña y al Estado. Pero no: los pragmáticos, que han recibido un claro espaldarazo en las elecciones generales de abril frente a los integristas de Puigdemont y de Torra (por cierto: cada vez es más despreciable el odio introspectivo que acumula este turbio personaje), han reculado acobardados a última hora para no tener que soportar los insultos de los 'patriotas' más radicales.

La mayor prueba de la solemne estupidez que acaba de cometer el soberanismo es que el alborozo de los independentistas en el Parlament al derrotar la opción de Iceta ha sido compartido por Ciudadanos y el PP, que eran las formaciones que querían laminar la autonomía catalana y que pactan sistemáticamente con Vox, la organización que lleva en su ideario la desaparición del Estado de las autonomías. Nunca fue más cierto aquello de que los extremos se tocan.