Fusionar los municipios

«No podemos ni debemos empeñarnos en el mantenimiento de todos los municipios, que no pueblos, que conforman nuestra comunidad, sino que debemos conseguir que nuestros municipios puedan responder eficiente y eficazmente«

Fusionar los municipios
ANTONIO CALONGE

La ordenación del territorio no es asunto baladí. Me atrevería a afirmar que se trata, o debería tratarse, de una cuestión de comunidad, esto es, de una materia que debería abordarse -como ya se hizo- por consenso y no solamente porque éste deba ser el procedimiento para alcanzar un resultado, sino porque, a mi juicio, debería formar parte de nuestra cultura a la hora de abordar las cuestiones esenciales de la comunidad.

Esta comunidad se asienta en 2.248 municipios y 2.227 entidades locales menores. Los primeros representan a un tercio de los municipios de toda España, lo que hace que ocupemos, en cuanto al número de municipios, el primer puesto de todas las comunidades autónomas; las segundas suponen, aproximadamente, el 60% de las existentes en el conjunto de nuestra nación. Solo cuarenta y ocho municipios tienen más de 5.000 habitantes, de los que catorce superan los 20.000 y solo cuatro (Burgos, León, Salamanca y Valladolid) tiene más de 100.000 habitantes y 1.729 cuentan con una población inferior a los 500 habitantes. A todo ello añadamos el fenómeno de la despoblación o, como ahora gusta decir, la 'España vaciada' para que tengamos la tormenta perfecta, si se me permite la expresión. No podemos ni debemos empeñarnos en el mantenimiento de todos los municipios, que no pueblos, que conforman nuestra comunidad, sino que debemos conseguir que nuestros municipios puedan responder eficiente y eficazmente a las necesidades básicas de los castellanos y leoneses

Nuestros conciudadanos nos piden que actuemos frente a este problema y que seamos capaces de prestarles los servicios públicos que les corresponden, es decir, que tengan los mismos derechos y obligaciones con independencia del lugar en el que vivan. Los castellanos y leoneses nos demandan soluciones y no debates o discusiones estériles y, mucho menos, demagógicas. La conservación de los municipios por la mera conservación es, en mi opinión, una pobre manera de entender el municipalismo. Lo que realmente debe interesar es defender municipios fuertes, municipios que sean auténticos prestadores de servicios y cuyos regidores respondan directamente a los ciudadanos de la calidad de la prestación de dichos servicios. Eso sí es respetar y defender la autonomía municipal que la Carta Magna ha atribuido a los municipios, lo otro es condenarles a su desaparición y convertirlos en infra-administraciones dependientes y subordinadas a otras administraciones territoriales superiores.

Y, de ahí, que la fusión de municipios -voluntaria u obligatoria- sea una técnica de ordenación del territorio contemplada en nuestro ordenamiento jurídico que no deberíamos desdeñar, si llegado el caso algunos municipios no cumpliesen con los cometidos que constitucionalmente tienen atribuidos y sus vecinos no reciben los servicios públicos a que tienen derecho. No se trata de hacer desaparecer ningún pueblo, ningún núcleo de población. La gente tiene sentimientos y tiene el derecho a vivir donde más le plazca. De lo que hablamos es de administraciones públicas obligadas por ley a prestar unos servicios mínimos a todos los vecinos. Es el tiempo de ofrecer soluciones a los problemas y no de airear fantasmas que nadie ha visto. La realidad y nuestra responsabilidad así nos lo exigen. Si hay otra alternativa póngase sobre la mesa y, en la Junta de Castilla y León, con el mayor espíritu abierto la analizaremos y debatiremos.