Otro fantasma recorre Europa

El ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, visita Hungría. /Efe
El ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, visita Hungría. / Efe

Le Pen llamó a una insurrección popular contra la sumisión a los musulmanes de los dirigentes europeos, defensores de la inmigración que solo se frenará, según ella, prohibiendo pura y simplemente el islam

Agustín Remesal
AGUSTÍN REMESALValladolid

Ante las alambradas de la frontera con Serbia, donde hace tres años los policías húngaros lanzaban comida a los emigrantes allí encerrados entre alambres de espino como animales de zoo, el presidente, Viktor Orban, y el vicepresidente italiano, Matteo Salvini, sellaron la alianza de los partidos populistas para cambiar el rumbo de la Unión Europea en las urnas dentro de tres semanas. Sostiene en sus mítines el líder de la Liga Norte italiana que el presidente de Hungría salvó a Europa en esa llanura verde de prados y campos de cereal, cerca de la pequeña población de Röszke, cuando ordenó levantar esa valla que cerró el paso a la avalancha de emigrantes turcos y sirios, rumbo a Alemania, por la llamada 'Ruta de los Balcanes'. «El presidente Orban es un héroe: levantó un muro de seiscientos kilómetros en el corazón de Europa y salvó al continente», proclamó Salvini ante la prensa en el tono belicista que exhibe en sus declaraciones más épicas. En esa ceremonia de una nueva 'populocracia europea', Viktor Orban declaró a un diario italiano que Salvini «es hoy el político más importante de Europa», el único que está frenando la invasión de inmigrantes en el flanco sur del continente.

Ese mismo día 2 de mayo en otra frontera sensible del mapa europeo, la ciudad francesa de Metz, la líder del Rassamblement National Marine Le Pen echaba un órdago a su adversario más directo ante las urnas, el presidente de la República francesa, Macron, anestesiado por la insurrección sabática de los 'Chalecos amarillos' desde hace casi medio año. Marine Le Pen, en su peregrinaje de cruzada, había protagonizado una semana antes en Praga el papel de otra Juana de Arco a escala continental. En un mitin organizado allí por el partido checo de extrema derecha SPD, Le Pen llamó a una insurrección popular contra la sumisión a los musulmanes de los dirigentes europeos, defensores de la inmigración que solo se frenará, según ella, prohibiendo pura y simplemente el islam: «La inmigración masiva de millones de africanos y de musulmanes en Europa no es una coincidencia casual –avisó la líder populista–. Esa invasión tiene como objetivo la eliminación de las naciones tradicionales de Europa, nuestras amadas patrias». Las banderas y las pancartas xenófobas flotaron sobre el cielo de Praga y los miles de manifestantes congregados en la plaza de Wenceslao gritaron sus consignas: «Fuera los emigrantes musulmanes», «Europa pertenece a Jesucristo».

En esa misma geografía centroeuropea, siempre agitada, se fraguaban hace siglo y medio las ideologías de los partidos extremistas que arrastrarían a Europa a una sucesión de guerras para ajustar la ambición de las grandes naciones en litigio. El anuncio de aquella conflagración continental estaba escrito en un panfleto que redactaros dos filósofos prusianos Friedrich Engels y Carl Marx, publicado en Londres el año 1848. Así comienza el famoso alegato que incendió el continente medio siglo después: «Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.» Ya no hay papa ni zar interesados en combatir al comunismo, Metternich falleció en Viena en total anonimato tras fracasar su defensa del absolutismo frente a la revolución y Guizot, que había intentado sin éxito aplastar en París las barricadas obreras, murió en Normandía recitando versículos de la Biblia.

La clarividencia de la propuesta revolucionaria del proletariado que muestra el 'Manifiesto comunista' tiene su raíz en las diez líneas escasas de su preámbulo, donde se anuncia el nacimiento de esa revolución a escala continental y lo inevitable del choque de ideas y de intereses. He aquí, en resumen, la estrategia de tal acción, según el análisis de Engels y Marx: «Primero: el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas. Segundo: es hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus tendencias, sus aspiraciones…». El documento, aprobado por los representantes comunistas congregados en Londres, fue publicado en las lenguas inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa.

Amparados por el poder que ejercen en sus respectivos países y libres de la clandestinidad revolucionaria de antaño, los nuevos populistas europeos tienen hoy el horizonte abierto para seguir progresando con la misma estrategia de aquel comunismo, que bullía solo en las catacumbas. Ese populismo moderno ha invadido con fuerza el espectro electoral de una decena de países europeos y es ya reconocido en muchos de ellos como una potencia política y social indeseable, pero inevitable, a causa de la dispersión del electorado y la fragmentación del arco parlamentario que otorga a esos partidos, hasta ahora minoritarios y periféricos, un papel decisivo en la formación de alianzas entre grupos y composición de gobiernos. El efecto contaminante de los partidos de extrema derecha en las instituciones se va a poner también de manifiesto en las próximas elecciones al Parlamento europeo, como ha ocurrido ya en varios países europeos a la hora de asegurar la gobernabilidad.

La batalla capital de las elecciones europeas del 26 de mayo podría hacer bascular los equilibrios políticos y el poder de las coaliciones tradicionales en el seno del Parlamento Europeo. Si se confirma el incremento del voto populista en algunos países donde ya ha alcanzado el poder, o está en condiciones de lanzar un reto a quien gobierna, la correlación de fuerzas se verá muy alterada. El populismo creciente de Marine Le Pen, el autoritarismo de Orban condenado por sus socios del Partido Popular Europeo, la cabalgada electoral de los antieuropeístas italianos y el desembarco inaugural español de Vox amenazan al hemiciclo de Estrasburgo. Los sondeos apuntan que ninguno de los dos bloques principales de la Eurocámara (PPE y Socialistas) sumará una mayoría absoluta por primera vez en 40 años. A falta de discurso europeísta en la campaña, gana el euroescepticismo. El bipartidismo ha muerto también en Europa.