Eurovisión: el festivaldel alcanfor

Manifestación contra el festival de Eurovisión en Tel Aviv./Efe
Manifestación contra el festival de Eurovisión en Tel Aviv. / Efe
Agustín Remesal
AGUSTÍN REMESALValladolid Periodista

Por un azar de viajero errante, deshojando días y ciudades en esta primavera tan europea, he asistido a ratos en tres países distintos al bodrio televisivo que tantas emociones imperiales proporcionara hace medio siglo a la juventud española más hortera. Franco aún vivía, y una cantante vestida de blanco canesú y encaje pecador por encima de la rodilla ganó aquel campeonato de la simpleza ululante. Que el evento se sirva en francés, portugués o español no hace variar su misérrima encarnación de espectáculo caduco, en imagen y sonido, agitado ahora por el latiguillo modernista de una infografía simplota y de pitiminí. Esos chicos, chicas y neutralidades, llegados (participio genérico) de los cuatro puntos cardinales del viejo continente (nunca le sentó mejor ese adjetivo a Europa), porfían por el etéreo trofeo de una bienaventuranza musical, desperdigada a corto plazo en las redes llamadas sociales con un fervor rayano en la estulticia.

Nadie da una razón válida desde el entramado oscuro del espectáculo musical televisivo, un negocio rentable a punto de alcanzar la edad de jubilación, de por qué el lugar del evento ha saltado otra vez hasta Asia. Es un sospechoso afán de universalidad cultural y lingüística que solo aprovecha al inglés, a Benjamin Netanyahu y a las multinacionales del negocio musical, destinado a la juventud más esclava de la moda y del consumo inmediato. Como aquellas abuelas del pasado siglo que regaban con bolas de alcanfor las arcas roperas para proteger los vestidos de las polillas, los gestores del festival eurovisivo rocían sin piedad el escenario con el reflejo gaseoso de luces inodoras. Pero sin carne no hay olores, tampoco pasión, y la vida se vuelve insípida.

Europa se ha convertido en una inmensa aldea desprovista de sentimientos, también de ideas, a la espera quizá de una nueva reencarnación. Por el escenario de Tel Aviv han desfilado cantantes de 41 países, llegados de tierras lejanas desde el Volga a Gibraltar, que han sido admirados en la pantalla de las vanidades por casi 200 millones de personas. Y sin embargo, el efecto de identidad en esa sincronía televisiva ha sido nulo. Un partido de fútbol genera mayor entusiasmo que todos los conciertos del festival de Eurovisión, espectáculo desnudo de seducción compartida.

El viejo campeonato musical europeo de Eurovisión naufraga en la misma tempestad que el político de la Unión Europea: el resultado del concurso se resuelve con la aplicación de una misteriosa regla de alianzas y rivalidades manejadas desde el telecontrol de Bruselas o de Tel Aviv. Los gestores del festival han debido inspirarse en la legislación de la Unión Europea a la hora de aplicar las sutilezas del televoto. En ese remedo de neutralidad certificada para fijar el peso musical de cada país, la normativa de los administradores de Bruselas queda a la altura de un manual de juegos infantiles.

Durante unas horas, los azerbaiyanos compartieron la noche del sábado sus emociones con las de los noruegos o los portugueses, aunque luego el fluido del afecto o la animadversión se cortó hasta el año que viene, sin dejar más rastro que el de una clasificación de títulos perecederos. La diversidad aparente entre los participantes se disipará pronto en el bum-bum homologado de sus canciones, que se escucharán en las salas de baile de Malta y Reikiavik hasta que llegue el repuesto de la próxima oferta y todo ese ruido de emociones ficticias pase sin dejar rastro.

En el escenario levantado en Tel Aviv bajo la protección de la 'Cúpula de Hierro', el sistema de defensa israelí frente a los ataque de los cohetes Kassam que las milicias de Hamás lanzan desde la franja de Gaza, se ha exhibido un año más la feria de las vanidades musicales y artísticas europeas, no de las diversidades que pregonan sus patrocinadores. Nada hay menos diverso en el arte que su imagen o sonido al servicio del consumo inmediato y masivo. Los caminos de la creación artística son misteriosos, pero el comercio los vuelve convergente. En el reto de Eurovisión, el ingenio aparente se resuelve las más de las veces en clave de provocación, que enseguida se estandariza en las redes sociales y pierde la fuerza de su creatividad inicial. Ese es al fin el cementerio del ingenio creador, muerto sin alcanzar su plenitud como una crisálida triste.

Hay algunos capítulos instructivos, reflejados en la estadística, en ese escenario de la Europa que canta. Sigue al alza el uso del inglés en la letra de las canciones (solo catorce países de los 41 participantes conservan su lengua propia en esa babel continental de idiomas) y se impone la mayoría de participantes masculinos en tiempos de feminismo universal: dieciocho hombres frente a catorce mujeres. Es la primera vez, desde la creación del concurso en 1956, que se alcanza esa mayoría masculina en el cartel, aunque el triunfo final ha sido femenino, tres veces superior al de los hombres. Conviene advertir, sin embargo, que con la música se puede hacer poca sociología.

En ese maratón eurovisivo, el gran triunfador ha sido el casero patrón israelí. Nunca el espectáculo estuvo tan ligado a la política en tiempos de máxima tensión sobre el tablero del conflicto más antiguo en el mundo, el de Israel frente a los palestinos, que inauguraron el evento con una lluvia de cohetes. Ni los más optimistas observadores preveían hace una semana que el festival de Eurovisión doblegaría incluso esa beligerancia de las milicias de Hamás, que ha ahorrado sus misiles para mejor ocasión. El volcán de Gaza suspendió su erupción para soñar también con el espectáculo musical durante unas horas.

El baúl de la abuela guardaba, protegidas bajo el aroma fascinante del alcanfor, aquellas resonancias obsoletas que siguen en la memoria de quienes seguimos invocando cualquier pasado sentimental de un tiempo periclitado. Un festival de sonidos e imágenes pulidos en la tripa de un ordenador no puede ofrecer sino el lánguido eco de aquellas emociones, guardadas bajo la pureza y el efluvio de las bolas blancas de alcanfor que estimulan el corazón y la memoria.

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