Época del turismo

«El turismo, invasivo por definición, no es más que una masa de seres urbanos que visitan lugares distintos»

Gran afluencia de turistas en el puente de mayo en Segovia./Antonio de Torre
Gran afluencia de turistas en el puente de mayo en Segovia. / Antonio de Torre
Joaquín Robledo
JOAQUÍN ROBLEDOValladolid

Es difícil atinar más y con más concreción que aquella monja agustina. En los alrededores de su casa, en las estancias que permanecen al margen de la clausura del monasterio de Nuestra Señora de Gracia de Madrigal de las Altas Torres, mientras caminaba por las estancias en las que el mundo vio por primera vez a la niña que pasados los años –y los azares y las traiciones y las guerras– se convirtió en Isabel la Católica, la monja sibila diseccionaba ante un grupo de visitantes la historia del aquel cenobio, que antes de la cesión por Carlos –I de aquí y V de allá– fuera el palacio de Juan II. La mujer se refería al siglo tal, a la época cual, a la desamortización pascual, hasta que llegó a nuestro tiempo, la época del turismo dijo. Así, ni siglo XXI, ni edad contemporánea, ni sociedad del conocimiento, ni revolución digital. Dijo 'época del turismo' y acertó de pleno. Porque más allá de lo que este fenómeno supone en materia contable, no hay más que ver los diversos análisis de la economía española. Más allá de las expectativas que origina para resolver todo tipo de problemáticas, hasta las de la despoblación de nuestras tierras, el turismo ha generado una visión y, a partir de ahí, una posición ante el mundo que ha modificado las estructuras físicas de la geografía y las mentales de los habitantes. El turismo, invasivo por definición, no es más que una masa de seres urbanos que visitan lugares distintos al suyo de residencia para saborear lo diferente pero pretendiendo las mismas comodidades que encontrarían en su casa. Y ese mundo exterior, money is money, se ha ido adaptando a estas exigencias.

Entendiendo el mundo como aquella monja, dando por descontado que los turistas son la seña de identidad de nuestro tiempo, un maná al que no hay que incordiar, ya no sorprende que un juez haya clausurado un gallinero cercano a un establecimiento de turismo rural porque las gallinas cacareaban a horas intempestivas y molestaban a los turistas. Vamos, que estas aves, torpes de por sí, no han sido capaces de adaptarse a los hábitos de la ciudad. No han aprendido que para hacer ruido hay que tener el poder de los coches. Pagarán con su vida.