En marcha

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Rosa Belmonte
ROSA BELMONTE

En 'El colgajo' (Anagrama), Philippe Lançon, superviviente del atentado de Charlie Hebdo, habla de Luis Ocaña. De pasada. Cuando reflexiona sobre otras cosas. Lo principal es el efecto que el atentado tuvo sobre él. De manera física y de cualquier otra. El día antes fue al teatro a ver 'Noche de Reyes', de Shakespeare. Había atado su bicicleta a una reja de la estación de Jussieu y luego había cogido el metro. La bicicleta había sido de su madre. Una Luis Ocaña verde agua de finales de los 70 comprada cuando el español ganó el Tour. Dice Lançon que empezó a usar esa bici más o menos «por la misma época en la que Luis Ocaña, entre sus viñedos del sur de Francia, se pegaba un tiro en la cabeza. Ocaña había apoyado al Frente Nacional, pero esta no es, que yo sepa, la razón de su acto, pese a que el hecho de apoyar a este partido pudiera ser ya el signo de una forma estúpida de desesperación». Se pegó un tiro en su finca, como Juan Belmonte en la suya entre Sevilla y Jerez. Ocaña tenía 48 años. Belmonte, casi 70. No sé si ser del Frente Nacional es una forma estúpida de desesperación. O si lo es ir a ver el Circo del Sol. Pero suicidarse no tiene por qué serlo.

Urtain se suicidó en julio del 92, cuatro días antes de que empezaran los Juegos de Barcelona. El boxeador se tiró desde el balcón de su casa madrileña, un décimo piso.

Para el escritor checo Bohumil Hrabal el suicido era un adorno de la persona. Le encantaba la idea de Séneca de que un hombre admirable es el que tiene el suicidio como objetivo. Yo tengo el suicidio como plan de pensiones. Cuando cayó desde la ventana del hospital donde estaba, un médico descartó el suicidio: «Se sentía muy bien desde hace varios días». ¿No es adorable? Desconozco si habrá sido la opción de alguien que acaba de morir. Pero subirse a los coches fúnebres en marcha, que diría Jardiel, a veces mejora a la gente.