Editorial: Igea y Puente, un choque político que debe serenarse

«El enfrentamiento entre el alcalde de Valladolid y el vicepresidente de la Junta representa un episodio político nada edificante y que causa vergüenza a cualquier ciudadano con un mínimo de sentido común»

Francisco Igea y Óscar Puente./El Norte
Francisco Igea y Óscar Puente. / El Norte
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EL NORTEValladolid

El choque vivido ayer entre el vicepresidente de la Junta, Francisco Igea, y el alcalde de Valladolid, Óscar Puente, representa un episodio político nada edificante y que causa vergüenza a cualquier ciudadano con un mínimo de sentido común. Como se sabe, el primer edil vallisoletano anuló una reunión oficial de trabajo junto a su concejala Ana Redondo que tenía previsto celebrar, a petición suya, con el consejero de Cultura, Javier Ortega. A esa reunión, que iba a tener lugar en la Junta, decidió incorporarse el vicepresidente autonómico. «Ante estas circunstancias, el alcalde ha decidido anular esa reunión ante la presencia incomprensible del vicepresidente de la Junta en una mesa en la que no estaba invitado», explicó ayer el consistorio vallisoletano en nota de prensa. Igea, por su parte, se refirió así al polémico asunto: «No puede ser que uno se pase meses quejándose de qué poco caso nos hacen, qué mal nos trata la Junta y cuando la Junta está dispuesta a dar más ayuda y más financiación y, además, eleva su nivel de representación, tú te comportes, con todos mis respetos, como un chulo de bar». Los dos políticos han protagonizado a lo largo de los últimos meses, especialmente desde que se conoció que Ciudadanos y PP pactarían un gobierno regional tras las elecciones que ganó el PSOE, un intenso, a veces infantil y bochornoso, cruce de acusaciones y gruesos calificativos que ni de lejos se corresponden con la alta representación institucional que ambos ostentan por mandato democrático. Ninguno debió dejar que la pugna política –natural, sana y legítima– llegara al ataque personal. Y ayer se puso de manifiesto cómo, debido a ello, es la ciudadanía la que acaba pagando estos excesos verbales y cómo acontecimientos culturales de primer orden como la Seminci podrían terminar afectados por estas borracheras de soberbia.

Al margen de otras consideraciones, parece razonable que si Igea quiso incorporarse a la reunión, el alcalde le aceptara en la mesa precisamente por educación y respeto institucional. Distinto es en qué hubiese quedado la reunión y, por supuesto, la crítica política que hubiese podido hacer de su presencia a su término. Con su rechazo a Igea, cuya competencia u oportunidad en la reunión tampoco tiene por qué imponer o limitar el alcalde, Puente sabía que iba a propiciar un duro choque institucional y político, a poco más de un mes de unas nuevas elecciones generales. Sus explicaciones son solo excusas, de tan livianas, y por ello difíciles de entender. Sobre todo porque con ellas no se aclara en qué podía haber perjudicado o entorpecido en la práctica al objeto de la reunión la presencia de Igea.

«Nadie pide que Igea y Puente, Puente e Igea, sean amigos, pero sí que, para que los ciudadanos no se avergüencen de sus modos ni maneras, moderen sus perfiles públicos, y que tengan presente que son la cara, la voz y la palabra de miles de ciudadanos»

Por lo demás, si el consejero del ramo merece o no tutela de su vicepresidente o de cualquier otro cargo tampoco es responsabilidad de Puente. En cualquier relación institucional bilateral, más aún si no está reglada como es el caso, es básico no inmiscuirse en las dinámicas internas de la otra parte. No hablamos de un café informal ni de una entrevista privada o personal, sino de representantes de dos instituciones autónomas trabajando conjuntamente en beneficio de la sociedad. Lo triste es que Francisco Igea, que denunció el desplante, volviese a caer en el error del desprecio gratuito y comparara al alcalde con un chulo. Debió calmar las aguas y, en razón de su rango, propiciar la conciliación.

Nadie pide que Igea y Puente, Puente e Igea, sean amigos, pero sí que, para que los ciudadanos no se avergüencen de sus modos ni maneras, moderen sus perfiles públicos, que tengan presente que son la cara, la voz y la palabra de miles de ciudadanos, votantes o no de sus partidos, y que trabajen y se sacrifiquen por el interés general, dejando a las instituciones al margen de sus politiqueos.