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«Los que se escapan por la tangente suelen ser los más ricos»

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Alba Carballal
ALBA CARBALLAL

En La resistencia, David Broncano hace cada noche a sus invitados una pregunta que ya se ha convertido en la seña de identidad del programa: '¿cuánto dinero tienes?'. Como espectadores nos sigue dando morbo que alguien se confiese millonario, pero ocurre pocas veces: los que se escapan por la tangente suelen ser los más ricos. Quienes apenas llegan a fin de mes, sin embargo, no tienen demasiados problemas en enseñar a cámara el extracto de su cuenta bancaria. La riqueza, como el sexo, es todavía uno de los tabús más arraigados en una cultura que –no lo olvidemos– desciende directamente de la tradición judeocristiana. Como si el voto monástico de pobreza hubiese trascendido los muros del convento, el patrimonio y las posesiones de los políticos saltan cada año a la palestra en forma de listas interminables que copan las noticias más consultadas en todos los medios. No seré yo quien dude de la pertinencia de que estos datos circulen, pero el peligro está en que confundamos, como sociedad, este rito expiatorio pagano con la verdadera transparencia.

Como todo hijo de vecino, el sistema también esconde sus vergüenzas, y picar en este anzuelo mientras la información que debería importarnos acecha bajo tierra nos vuelve cómplices involuntarios. Puede que sepamos cuánto ha ganado Pedro Sánchez en concepto de derechos de autor, pero los nombres de los 30.000 amnistiados fiscales que el PSOE prometió publicar continúan instalados en un cómodo anonimato. Como la transparencia no se mide en caballos, los investigadores de este país conocen hoy el modelo de coche que conduce Abascal, pero siguen esperando a que alguien les autorice a consultar los miles de documentos clasificados del franquismo que, como sus muertos, aún duermen en las cunetas del olvido. El caso de las siete reclusas de Brieva que denunciaron haber sido violadas por funcionarios de prisiones es aún excepcional, y otros expedientes parecidos cumplen condena de silencio, por mucho que haya salido a la luz en cuántos euros han reducido Montero e Iglesias su deuda con el banco. Sabemos quién ha comprado y quién alquila dentro del hemiciclo, pero el trabajo doméstico en España se mantiene, a todos los efectos, invisible. Pienso además en el centenar de personas sin techo que llevan ya más de cincuenta días acampadas delante del Ministerio de Sanidad y Consumo. Apenas han salido en los medios, pero todavía no han renunciado a que alguien, en algún momento, les pregunte también a ellos cuánto dinero tienen.