Descortesía 2.0

«En los medios de comunicación han desaparecido prácticamente los departamentos de documentación, a los que se iba físicamente en busca de contexto para elaborar las informaciones»

Descortesía 2.0
Antonio San José
ANTONIO SAN JOSÉValladolid

Ni un gracias, ni un por favor. La disrupción 2.0 se ha llevado por delante, literalmente, cualquier atisbo de mínima cortesía en las comunicaciones que se producen a través de la Red.Añora uno –qué se le va a hacer si es del plan antiguo–, aquellas cartas llenas de respetuosas referencias a los destinatarios de las mismas. Existía toda una retórica que, sacudiéndole los remoquetes más impostadamente cursis –«espero que al recibo de la presente te encuentres bien, nosotros bien, a Dios gracias»–, resultaba efectiva en su papel deferente hacia la persona que recibía la comunicación. Si se solicitaba algo, por nimio que fuera, se pedía por favor, y siempre, siempre, la contestación a una demanda iba acompañada por una palabra inexcusable: Gracias.

En tiempos en los que las prisas sirven como pretexto para casi todo, se percibe cómo en las empresas se transmiten peticiones que más parecen propias del RCAC Farnesio 12, donde este cronista hizo el servicio militar, que de compañeros de distintos departamentos que solicitan gestiones. Personalmente, me cuesta dirigir un correo electrónico a alguien para que me facilite una información concreta y no agradecerlo de inmediato al recibir lo pedido. En los medios de comunicación han desaparecido prácticamente los departamentos de documentación, a los que se iba físicamente en busca de contexto para elaborar las informaciones. Aún resisten, afortunadamente, algunos, y la labor de estos profesionales resulta impagable en su anonimato para el público. Cuando hace años te facilitaban la carpetilla con las fotocopias que necesitabas, siempre se daban las gracias a los compañeros que habían facilitado tu labor. Hoy en día, la solicitud de datos se realiza por vía electrónica, pero casi nadie agradece el envío, quizá porque se da por supuesto, o porque el ingente volumen de correspondencia que entra cada jornada en nuestros ordenadores ha impuesto una economía de tiempo rayana en la descortesía.

Manuel Alcántara, fallecido hace pocas semanas en su Málaga natal, disponía de un fax en su casa del Rincón de la Victoria desde el que cada tarde, puntual como un reloj, enviaba su articulo al diario Sur, que luego se remitía a toda la cadena de periódicos de Vocento, entre ellos El Norte de Castilla. El director de Sur contaba que era el único artilugio de esa generación tecnológica que quedaba en la redacción, y que se enseñaba a las visitas como «el fax de Manolo Alcántara». Hoy ha sido desconectado y se exhibe como una reliquia del periodismo de otros tiempos. Manolo, que escribía en una vieja Olivetti, después de pulsar la tecla de enviar y ver pasar el original por la maquina de transmisión, llamaba por teléfono a la redacción para comprobar que había llegado. Una vez que le decían que se había recibido correctamente, daba las gracias a sus compañeros y se preparaba un gintónic mirando al mar, con la satisfacción del deber cumplido.

Tener la certeza de que un mensaje ha llegado a su destino resulta fundamental, y nadie parece asumir la vulnerabilidad de los servidores de Internet que provocan, en ocasiones, que un correo quede atrapado en origen, o que sea desechado en destino, porque la red cree que es 'spam'. Por eso, en cualquier ámbito, personal o profesional, es tan importante el acuse de recibo. Teclear un simple «gracias» cuesta exactamente tres segundos, que es el tiempo que se necesita para agradecer y poner alma a esta intrincada selva tecnológica que, en su utilidad e indudable sentido practico, nos ha hecho perder las buenas formas que humanizan algo tan impersonal como es la informática.