La democracia de la intimidación

«Caminamos hacia la democracia del acoso y de la expulsión del disidente, que ya me dirán ustedes qué tiene que ver con la democracia»

Begoña Villacís, Albert Rivera e Ignacio Aguado visitan la Pradera de San Isidro./EP
Begoña Villacís, Albert Rivera e Ignacio Aguado visitan la Pradera de San Isidro. / EP
Vidal Arranz
VIDAL ARRANZ

No corren buenos tiempos para la democracia. Quizás nunca lo fueron, porque la crisis es consustancial a un sistema que lleva en su ADN el eterno germen de la insatisfacción. Pero los datos preocupantes se multiplican por todas partes. Y mientras una parte de los analistas han decidido convertir en problema principal la aparición de voces políticas distintas, negando de facto el valor del pluralismo, que es la base del parlamentarismo liberal, se multiplican por todas partes los síntomas de que avanzamos hacia una democracia de la intimidación, en la que el poder y la violencia (aunque sea al nivel del acoso o del insulto) se entronizan como las nuevas formas de expresión política.

El último episodio de una larga cadena de incidentes ha sido el escrache a la concejala y candidata de Cs a la Alcaldía de Madrid, Begoña Villacís, durante la celebración de la fiesta de San Isidro. En este caso, se da la circunstancia añadida de que Villacís estaba en avanzado estado de gestación, lo que nos ha brindado una imagen social especialmente poco estimulante. En esos tiempos remotos, que son más bien de hasta anteayer, y que hoy se simplifican grotescamente bajo la consigna necia y ramplona de 'hetero patriarcado opresor', una mujer embarazada merecía el máximo respeto, consideración y protección, porque la sociedad era consciente de su fragilidad. Pero para la izquierda que representa la Plataforma contra los Desahucios, que es la misma que secunda el 8-M y tantas otras gestualidades feministas, la libertad de insulto y de acoso prima, por lo que parece, sobre una circunstancia tan irrelevante.

Caminamos hacia la democracia del acoso y de la expulsión del disidente, que ya me dirán ustedes qué tiene que ver con la democracia. En otras partes vemos ya cómo se reclama privar de sus cátedras a profesores con ideas propias (la feminista disidente Camille Paglia es uno de los últimos casos); cómo se decreta que determinadas ideas o autores son tóxicos (recuérdese el episodio de la guardería catalana que expurgó de su biblioteca los cuentos clásicos); cómo se acosa a quienes intentan exponer según qué ideas en público, convirtiendo el ejercicio de la libertad en una carrera de obstáculos.

Todo esto tiene poco que ver con la democracia tal como la habíamos conocido hasta ahora, y supone una deriva peligrosa porque implica que ya solo cuenta el poder –en las instituciones y en la calle– y que ya no importan la tolerancia ni el respeto. Esto no es un avance hacia la 'democracia verdadera', sino más bien su degradación hacia su versión más primaria. Por eso es tan preocupante que políticos como la madrileña Manuela Carmena sean capaces de afirmar –«así de claro»– que están a favor de los escraches, tras el de Villacís, o que incluso cierta prensa acuse a los acosados de provocar. En la nueva sociedad de las víctimas que estamos construyendo, la gran batalla en la que estamos inmersos es justamente decidir quién puede serlo y quién no; quien merece empatía y quien desprecio; a quién consideramos persona y a quién solo enemigo. En esas estamos.