Burbujita, burbujita

Burbujita, burbujita
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Antonio G. Encinas
ANTONIO G. ENCINAS

Maldita sea, dichosos (políticos de derechas, políticos de izquierdas, jugadores de tal equipo, curas, profesores, jueces, por supuesto periodistas de cualquier condición, escoja usted su parafobia). No tienen ni idea. Se van a enterar.

Y en esta tesitura, ojeando la prensa en el desayuno, escuchando la radio mientras prepara la comida o viendo el telediario, agarra el ciudadano corriente, el usted o yo, que tanto da, y teclea furibundo en su móvil-chino-que-seguramente-nos-espía-a-todos esa frase que lo desahoga.

Hombre, ya.

Y empiezan a llegar los corazoncitos, y los 'erretés', y las menciones de «bien dicho».

Lo que es, en realidad, como preguntar: «Burbujita, burbujita, ¿quién es el más bonito?». Porque ahora el espejo mágico de la madrastra refleja esas opiniones que nos reconfortan, las que son como la nuestra. Y solo esas. Para las otras, las de los evidentemente equivocados, está el bloqueo. Un clic y desaparecen. Hasta nunca, Gabriel Rufián (yo, pecador, me confieso y tal).

Eli Pariser, me dice mi santa, que es doctora y siempre pone la guinda científica a esas ocurrencias que a me parecían superoriginales y no lo son. Un tipo que advirtió del 'filtro burbuja' en 2012, cuando las redes sociales estaban recién nacidas. De ese efecto perverso que tiene que los algoritmos y nuestros egos se aúnen para aislarnos de todo lo que nos desagrada. De esa otra mitad de la vida que se empeña en decirnos que no tenemos razón, que nos hacemos más viejos y que, lo siento mucho, siempre hay otro más guapo que tú.