Azul, naranja y verde, España cubista

«No parece faltarle el azul al partido naranja. Tampoco el verde, por más que en Europa los vigilantes de la república les saquen los colores»

José Manuel Villegas y Albert Rivera, durante una reunión de la Comisión Ejecutiva de Ciudadanos./Europa Press
José Manuel Villegas y Albert Rivera, durante una reunión de la Comisión Ejecutiva de Ciudadanos. / Europa Press
Carlos Aganzo
CARLOS AGANZO

Cuando no tengo azul, pongo rojo. Así de sencillo lo decía Pablo Picasso para explicar el deslumbrante efecto de su pintura sobre el alma humana. Ignoro si fue Picasso, o fue otro, el que irrumpió una noche en los sueños profundos de Albert Rivera y su fiel escudero Villegas para que estos genios decidieran al día siguiente, en liza contra sí mismos, ceder preferentemente el valor de sus votos al azul antes que al rojo, en lugar de prestárselos a la lista más votada, como habían señalado hasta entonces los principios fundamentales de su movimiento. Ignoro también, salvo la obtención de apenas un puñado de calderilla institucional, qué rédito verdadero le va a reportar a la formación naranja este baile en el precipicio que tiene en jaque, hasta hoy mismo, a 1.500 municipios de toda España.

Hay quien ha dicho por ahí que este nuevo emblema nacional azul-naranja se parece mucho a aquel verde-naranja de la UCD de Adolfo Suárez. Y hay incluso quien se siente satisfecho de que el verde, que en su caso tiene que ver más con la frescura que con la ecología, lo aporte al conjunto un partido como Vox. No desde luego el presidente de Francia, Emmanuel Macron, que el pasado jueves se decidió a mirar a los ojos a su en otro tiempo amigo Albert Rivera para decirle que él no acepta «ambigüedades con la extrema derecha». Habría que ver dónde estaría ahora el desprestigiado Macron, al que ha terminado poniendo morado la insistencia de los 'chalecos amarillos', si en su país en lugar del sistema mayoritario rigiera esa ley que el belga Victor D'Hondt pareciera haber inventado para que los españoles no dejáramos nunca de pactar, aunque fuera con el propio diablo.

No parece faltarle el azul al partido naranja. Tampoco el verde, por más que en Europa los vigilantes de la república les saquen los colores. Y al final, en el cuadro cubista de la España municipal de 2019, al tiempo que los campos se agostan en junio por la sequía el rojo parece tener muchas menos oportunidades de aquellas con las que salió de las urnas. El mismo rojo que espera a que se pasen los turbiones provinciales y regionales para elegir en el pantone el verdadero color que tendrá el próximo Gobierno de España. Si el rojo puro de la rosa en el puño, que diseñó Cruz Novillo para el PSOE, o el rojo coagulado de la penitencia que supondrá la coalición, alianza, unión, liga, colaboración, cooperación, contribución, asistencia, ayuda o contubernio con Podemos, cada día mejor representado por ese moratón oscuro de los grandes patetismos.

La suerte está echada. Salvo alguna sorpresa de última hora y con la excepción notable de Manuel Valls, que cederá su media naranja al rojillo laberíntico de Ada Colau antes que al rojo -tan teñido, por cierto, de amarillo chillón-, de Esquerra Republicana. Entre pitos y flautas, la fórmula andaluza se ha extendido por el país. No es una sorpresa. Tampoco es, desde luego, lo que querrían los votantes. Ni los de Ciudadanos ni los de ningún otro partido. Es lo que tiene el cubismo, que nos presenta la realidad bajo la cautivadora ilusión de las geometrías variables. Con toda su emoción. Pero también con todo su desasosiego.