Mil asesinatos

«El machismo y la violencia contra las mujeres son un problema social; la legislación y las administraciones tienen margen para perfeccionar sus medidas»

Manifestación contra la violencia machista. /EFE
Manifestación contra la violencia machista. / EFE
El Norte
EL NORTEValladolid

La violencia machista ha acabado con la vida de mil mujeres desde que su asesinato por la pareja o expareja empezó a consignarse como tal en 2003. La estadística no tiene en cuenta los asesinatos cometidos sin que hubiera mediado un vínculo sentimental previo, en los que concurrieron las mismas circunstancias de posesión y cosificación de la mujer.

Casos que –como el propio Defensor del Pueblo ha señalado– debieran incluirse en la memoria de esa misma ignominia. Son crímenes cometidos contra la condición humana, contra la dignidad y la libertad de la mitad de la población. Las mujeres asesinadas han perdido la vida a manos de hombres que eran perfectamente dueños de sus decisiones y de sus impulsos; de hombres que se sintieron gravemente contrariados porque 'ella' no estaba a su merced.

Pero la violencia es la manifestación extrema de un machismo latente en la vida social, que aflora en un sinfín de comportamientos opresivos, y anida en el desprecio de la mujer como persona igual. Cada asesinato de una mujer por parte de un hombre posesivo hasta el extremo amenaza a todas las demás mujeres, persuadiéndolas al sometimiento de su físico, a la limitación de su libertad en cuanto a la expresión de sus sentimientos y deseos, o a cuidarse de transitar por lugares y horarios 'desaconsejables'.

Cada asesinato de una mujer inyecta su correspondiente dosis de miedo en todas las demás informadas del hecho. La violencia machista no conforma una trama criminal organizada, pero sus efectos se aproximan a los que pudieran derivarse de un plan urdido para perpetuar la desigualdad induciendo el retraimiento vital de las mujeres. Las últimas informaciones sobre el consumo precoz de pornografía, cuyo argumentario se basa en la sumisión y en la penetración como estándares de la relación sexual, advierten del contexto propicio a que se perpetúe el machismo más brutal. Ello cuando hay indicios de que el comportamiento de los más jóvenes parece emular la actitud que se les suponía a los hombres de generaciones atrás. El machismo y la violencia contra las mujeres son un problema social. La legislación y las administraciones tienen margen para perfeccionar sus medidas.