El amor antisistema

«El capitalismo salvaje y el amor son opuestos por definición, porque uno deforma y vende lo que el otro ofrece de manera natural»

El amor antisistema
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Alba Carballal
ALBA CARBALLAL

Decía Chesterton que 'el pueblo nunca puede rebelarse si no es conservador, al menos lo bastante como para haber conservado alguna razón para rebelarse'. La rebeldía, en ocasiones, pasa por tratar de salvar aquellos conceptos que, por el signo de los tiempos, parecen condenados al ostracismo. O al menos eso fue lo que se me pasó por la cabeza ayer, en uno de mis paseos por la periferia de Madrid, al ver una furgoneta rotulada con letras rosas que publicitaba los servicios de un bufete de abogados. Su promesa: un divorcio barato y rápido, una página en blanco, una vida nueva. En los últimos quince años, el número de divorcios se ha triplicado en España. Es lógico: en una sociedad inestable y sin certezas, el amor también termina por sucumbir ante la fragilidad, los ritmos capitalistas y la velocidad de unas vidas que terminan por postergar lo importante. En tiempos de Tinder y reguetón, lo personal cada vez se vuelve más político. Un divorcio es, por tanto, un motivo para la reflexión colectiva: en el fondo es el fracaso de una de las pocas cosas que siguen teniendo, en un entorno que apuesta por el cartón piedra, vocación de durar para siempre.

Quererse a largo plazo es subversivo en un mundo sujeto a las leyes de la obsolescencia programada. Hasta el amor, último reducto íntimo frente a un sistema omnipotente, se pliega ante la apisonadora letal del consumo como única forma de relación con los demás. Ante la precariedad endémica de nuestros días, la cultura del usar y tirar nos proporciona el placer momentáneo de la novedad, que termina por sustituir, con sus chutes de adrenalina propios de las primeras veces, el bienestar profundo y real que procura el fuego lento. Santiago Alba Rico escribió una vez que un polvo rápido es muy frustrante cuando uno busca un abrazo largo, y tiene razón: frente a la acumulación y el coleccionismo de cuerpos ajenos, la verdadera apuesta radical pasa por la construcción en común, por los cuidados y por la reparación delicada de lo que se ha roto. Pero el Escorial no se levantó en un día, y hoy nos faltan horas; no ya para imaginar una vida en común, sino para crear un relato que nos permita narrarnos en plural. El capitalismo salvaje y el amor son opuestos por definición, porque uno deforma y vende lo que el otro ofrece de manera natural. Lo cuenta muy bien la novela 'Feliz final', de Isaac Rosa, que comienza con una frase demoledora: «Nosotros íbamos a envejecer juntos». El error es, precisamente, pensar que todo lo que significa la ruptura de un proyecto en común se puede solucionar con 150 euros y dos firmas en un papel. No estoy casada, pero si algún día me divorcio, lo mínimo que espero es que duela, que paralice, que escueza al cicatrizar. Eso querrá decir que, aunque ya no tenga remedio, lo que un día fabricamos juntos no cabía dentro de ninguna furgoneta.