Postales desde el Puente Colgante
«Cuando la luz rompe con fuerza, Luis se aferra a la baranda del puente observando el panorama y reflexionando sobre todo lo que le aprieta en cada jornada»
«Hay un cuadro escondido en cada amanecer, y solo puede adivinarse si te acercas hasta aquí a la hora exacta», dice. Luis no necesita ... el despertador desde hace años. Un insomnio cruel lo lleva castigando mucho tiempo con el desvelo, con tragar techo. Él lo ha convertido en virtud para aprovechar el madrugón y pasear hasta lo que era La Goya, donde tantos platos de alubias con perdiz disfrutó junto a sus abuelos, y ver como el sol matinal rompe la oscuridad esbozando una legión de matices azules y dorados que luchan por hacerse con el horizonte. Pasa todos los días y aprovecha, también, para confirmar si sigue el candado, si no lo han roto. La tarde que lo colocó lo hizo con miedo y unas gotas de arrojo. Lo escondió tratando de que fuera difícil hallarlo. Se lo enseñó a Sofía para que entendiera que, por muy oculto que estuviera, su cariño era así: fiable, firme y duradero. Así que cada mañana, de camino a la radio, mira de reojo si continúa en el lugar que le corresponde.
Cuando la luz rompe con fuerza, Luis se aferra a la baranda del puente observando el panorama y reflexionando sobre todo lo que le aprieta en cada jornada, pero con la paz que da una ligera brisa. Algunos lo llaman meditar. Él toma pequeñas fotos del firmamento mientras repasa su agenda diaria sin la presión de la oficina. Entretanto, cientos de niños caminan sin reparar en el señor que se acoda impertérrito junto a la estructura de metal. Él piensa en cuántos de esos locuaces chavales de uniforme que aceleran para entrar puntuales se quedarán en esta región de misantropía selectiva, cuántos encontrarán un proyecto vital en estas ciudades tan históricas como faltas de fuelle o pujanza. Luis cayó en estos lares tras pasar muchos noviembres poniéndole velas a la Almudena. Y un día nueve, al contrario de lo que sucede en la canción de Cecilia, le llegó una tarjeta con un destino. Apostó por una calma relativa, un pellizco de seguridad y varias cucharadas de calidad de vida. Todo eso era teoría, porque sigue pasando más de medio horario fuera de casa, pero lo de ir andando a trabajar no se paga con dinero, piensa. Lo de dejar a los niños a la puerta del colegio únicamente es posible algunos días, pero se agradece de igual modo.
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Esos dos hijos corren por las aceras colindantes como si tuvieran baterías de las que no se gastan. Se conectan a primera hora y duran hasta que Broncano y Motos se despiden. Divina juventud… Cuando pasa cerca de cualquier iglesia, Luis entra y enciende más cirios que cuando vivía en Madrid para que sus muchachos no tengan que buscarse las habichuelas en territorios menos tranquilos pero más boyantes. Hay una parte egoísta en el deseo, compartido con su esposa, de tener a los polluelos en las proximidades y poder planear, los fines de semana, comidas familiares que solo terminarán dándose en cumpleaños y fiestas marcadas en rojo. Pero hay otra lógica, aplastante en su opinión, que cambia salario potencial por cierta percepción de bienestar ya existente. Aun así, se pasa el día tocándoles las narices a los políticos que se dejan caer por la emisora para que, pese a sus cortas y petulantes miras, no se piensen que la ciudadanía se conforma con lo que hay. Suelen marcharse con cara de pocos amigos y un par de banderillas referentes a trabajar por la región y para que el talento no emigre en busca de futuros más halagüeños.
Pese a esos dimes y diretes ocasionales, Luis mantiene que ver avanzar el otoño desde esta postal realista le merece la pena, al igual que comprobar cada mañana que el candado aguanta en el sitio que eligió para que nadie más lo encuentre. El periódico del domingo contaba que muchos vecinos resisten, como ese pedacito de metal, los vientos de prosperidad y siguen esperando que soplen, aunque no sea en tan alto grado, por aquí. Eso anhela. Que dentro de muchos lustros, cuando se jubile y sus retoños calcen un 46 de pie, pueda seguir tempraneando para ver este crisol de luces sobrias; que siga habiendo alumnos de uniforme que corran a su lado para evitar llegar tarde a clase. Y que no haya demasiados que tengan fiesta cada nueve de noviembre.
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