Abantos, Ventoux, Peguerinos, pactos...

«Estos montes son los montes que pedalea el profe segoviano quejándose de que la Junta no acoquine por la itinerancia y que el 'maestro escuela' pase hambre»

Cuatro ciclistas./El Norte
Cuatro ciclistas. / El Norte
Jesús Nieto Jurado
JESÚS NIETO JURADOValladolid

Hay cierto placer y cierta metáfora en el puerto de Malagón, en el Alto de Abantos. En la linde con lo que fue la provincia de Madrid y que hoy es lo que es: una autonosuya como tantas otras.

Arriba, en la solana, ve uno culebras en las recurvas donde Roberto Heras dio momentos de gloria, y se retuerce recordando al Chava, al que guarden los dioses caprichosos. Va el viajero en la bicicleta ascendiendo por la solana, como Petrarca en el Mont Ventoux. De cuando en cuando, hay águilas sobre la vertical del Monasterio de El Escorial, en la tarde larga que toca al verano. Estos montes son los montes que pedalea el profe segoviano quejándose de que la Junta no acoquine por la itinerancia y que el 'maestro escuela' pase hambre.

Lleva el viajero, el ciclista, el intruso, un pinganillo donde va oyendo pactos en no sé qué tertulia a la hora del fútbol. Por allí le llegan conchabeos, si los indultos y demás historias, mientras que el desgobierno campa a sus anchas. Al fondo, sobre la calima de la Castilla del sur, se ven los Montes de Toledo, y mucho más cerca, los picos de Gredos.

Sigue la radio, y los reales sitios van quedando abajo y piensa el ciclista en Juan Carlos I y en lo cercana que está la raya de Ávila y se acuerda, no sabe por qué, de Adolfo Suárez. El cicloturista que es uno mismo reabre su memoria en la fatiga y se ve en la clínica Cemtro, en una sala de espera, dormitando mientras Suárez se iba a las regiones eternas.

La carretera está parcheada, hay socavones del tamaño del pucherazo que nos sabemos, y falta el oxígeno. A ciertas alturas cambia ya el aire, se hace más transparente, y sabe que este aire es el mismo de las noches fragantes de los Torozos, cuando aún queda vino en el caserón y hay que ponerse la rebeca.

A 1.500 msnm quedan abajo, muy abajo, los Tudancas, los Mañuecos, los Igeas, los 'clementazos' y hasta Sánchez hecho munícipe en el llano de Ansúrez.

La bicicleta es una forma como cualquier otra de conocer las raíces. Un día, La Covatilla; otro, Abantos. Las autopistas nos dejan escaso tráfico en estas joyas de montaña y serranía en la que los ciclistas no son 'hipsters', por fortuna.

Ya en la divisoria de Ávila sienten las piernas y el alma que se ha llegado a casa. Queda un achuchón hasta Peguerinos, pero en La Gila espera el televisor encendido, con Francés dando el parte, y hay croquetas y la vida sigue su camino, a pesar de pactos/tactos y tontos por ciento. Las croquetas que me sirve Javi me reconciliarán con la tierra, y con la vida.

El Abantos es nuestro Ventoux al sur. Al sur del norte. Donde la radio se pierde en las revueltas y hay cagajones de presuntos lobos.

Twitter.com/jesusNjurado