El topo de ETA que salvó a la corona de España en Mónaco (I)

El Norte de Castilla inicia hoy un serial en el que se sacan a la luz nuevos datos sobre una de las operaciones antiterroristas más desconocidas de la Transición

El topo de ETA que salvó a la corona de España en Mónaco (I)
ÓSCAR B. DE OTÁLORA

Su destino estaba escrito al lado de la fotografía de una modelo vestida con un body de leopardo y los labios pintados de rojo. Jokin Azaola, a sus 55 años, había encadenado su futuro a unas palabras que aparecían junto a la sonrisa de la joven, en la portada del número de Interviú de abril de 1978. «Revelación exclusiva: ETA quiso secuestrar a Juan Carlos», podía leerse en grandes letras blancas, justo debajo de la melena oscura de la chica.

En el interior de la revista, antes de llegar a las páginas en las que la joven se quitaba la ropa, aparecía una fotografía de Jokin Azaola. Era un hombre ya mayor, con nariz aguileña, entradas crecientes y la mirada altanera. Posaba para el fotógrafo con corbata y un jersey negro. Parecía un empleado de banca y no un terrorista. En la imagen señalaba el dibujo de un par de personas tumbadas en el suelo. Eran las siluetas de los futuros Reyes de España. En la revista que narró la Transición como una suma de escándalos y erotismo light, Azaola contaba como él fue miembro de un comando etarra encargado de secuestrar a Juan Carlos I y Sofía en Mónaco en 1974. Decidió traicionar a la organización terrorista, se convirtió en un infiltrado que ayudó a la Policía franquista y llevó a la ruina los planes de ETA. Una de las contrapartidas que había exigido, según contaba en la revista, era que no se detuviera a ninguno de los terroristas implicados en la operación. «Yo solo pretendo que el Rey sepa que probablemente le debe la vida a un vasco» declaraba.

Era la primera vez en la que Azaola, un delineante de Bilbao, contaba algo parecido. Pero una historia similar ya circulaba por algunos ambientes. En 1977 había aparecido un libro que pasó sin pena ni gloria y al que nadie prestó atención. Su título era «Los elegidos de Euzkadi, un atentado al futuro». Su autor se ocultaba bajo el seudónimo de Odei Erreka y en la obra se narraba la historia de un colaborador de ETA al que la banda ordena intervenir en el secuestro de la familia real en Mónaco. La trama mezclaba las pesimistas reflexiones del escritor sobre Euskadi, la filosofía, el sexo o Dios con las épicas andanzas de un confidente policial en Mónaco. Las referencias a lo que sucedió en la Costa Azul estaban camufladas bajo nombres falsos, apodos inventados y referencias geográficas trastocadas. Y el nombre de Azaola no aparecía por ninguna parte.

«...todo parecía irreal, la fantasía de alguien ansioso de protagonismo...»
«...todo parecía irreal, la fantasía de alguien ansioso de protagonismo...» / VÍCTOR SANTOS

Pero lo que declaró Azaola a la revista Interviú era otra cosa. Allí se había descubierto. Mencionó nombres reales de etarras, facilitó fotografías de un piso franco excavado en un chalé de Niza, invocó los datos de sus contactos policiales.... Detalló el plan para secuestrar a la Familia Real. El problema era que todo parecía irreal, una fantasía de alguien ansioso de protagonismo. Porque Azaola seguía con su vida normal en Algorta. Acudía a su trabajo en Mecánica La Peña con sus compañeros, txiquiteaba por las calle del pueblo y cuidaba de sus tres hijos. Sobre todo después de la muerte de su mujer, ocurrida en noviembre de 1978. No estaba oculto en un paraje remoto, ni escondía su rostro tras una máscara. Vivía como un ciudadano más, como si esa historia que contaba no ocurriera en un país en el que ETA mataba y el terror se estaba instalando en cada esquina. Todo sonaba a un delirio de grandeza.

El 19 de diciembre de 1978 era un día helado. Parte de Euskadi había amanecido congelada, con temperaturas por debajo de los diez grados bajo cero. Los montes vascos ya estaban cubiertos por una densa capa de nieve y muchas carreteras estaban bloqueadas por el hielo. Azaola decidió abrigarse con una gabardina blanca para ir a trabajar. Caminó hasta un garaje donde dos compañeros le aguardaban todas las mañana para llevarle en un 'Seat 124' hasta la empresa donde trabajaban. Entró en el parking subterráneo y allí vio a cinco personas. Sus dos amigos y tres desconocidos.

Dos de los intrusos, con pistolas en las manos, encañonaban a sus amigos para que no se moviesen ni alertaran al hombre de la gabardina blanca. El tercero se acercó a Azaola, gritó 'Gora Euskadi Askatuta' y abrió fuego. Tres balazos le atravesaron el tórax y el abdomen. Los asesinos huyeron. La gabardina blanca se convirtió en un lienzo de sangre. Sus compañeros le socorrieron y pudieron llevarle al hospital de Basurto pero los médicos no consiguieron salvarle la vida.

Jokin Azaola, en una imagen del archivo de la familia.
Jokin Azaola, en una imagen del archivo de la familia.

Su asesinato hizo que se volviera a recordar esa historia tan tremenda que había contado en el último año. Y mucha gente que no le había creído entendió en ese momento que todo era verdad. El funeral de Azaola tuvo lugar al día siguiente en la parroquia de San Nicolás de Bari, en Algorta. Solo estuvieron presentes sus familiares y sus amigos. Ese mismo día, ETA hizo público un comunicado en el que acusaba a su antiguo militante de trabajar para la Policía. La banda afirmaba que le seguía los pasos desde hacía tiempo y que sospechaba de su tren de vida. El texto contenía varias falsedades. La primera era que ETA le había investigado. No había hecho falta. Él lo había contado todo. Los terroristas jamás habrían descubierto la historia de su topo si él no la hubiera desvelado con una sinceridad suicida.

Un día después del funeral de Azaola, el dirigente de ETA José Luis Beñarán 'Argala' fue asesinado en Anglet al estallar una bomba en su coche. El jefe etarra falleció el 21 de diciembre, cinco años y un día después de que la banda hubiera asesinado al presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco, en Madrid. Fue el magnicidio con el que la banda se reveló como una organización capaz de poner contra las cuerdas al Gobierno de Franco. El asesinato de este líder etarra supuso una conmoción en Euskadi que hizo que se olvidase el caso de Azaola. Luego vendrían más muertes, más secuestros y más bombas.

«...el asesinato de Argala supuso una conmoción en Euskadi que hizo que se olvidase el caso de Azaola...».
«...el asesinato de Argala supuso una conmoción en Euskadi que hizo que se olvidase el caso de Azaola...». / VÍCTOR SANTOS

Jokin Azaola había sido amigo de 'Argala'. El delineante asesinado era un hombre extraño, poliédrico, un personaje con una personalidad demasiado intensa. Un militante del PNV que colaboraba con ETA. Un 'bon vivant' capaz de encerrarse en un chalé a excavar un zulo. Un terrorista con problemas de conciencia. En 1977 pidió permiso a ETA para abandonar la organización, acogerse a la Ley de Amnistía y regresar a Euskadi. Los jefes etarras, que ni siquiera sospechaban que estaban ante el topo que había arruinado el plan más importante de su historia tras el asesinato de Carrero Blanco, se lo concedieron. Se instaló en Bilbao.

«Yo solo pretendo que el Rey sepa que probablemente le debe la vida a un vasco», declaró Azaola al narrar cómo traicionó a ETA en Mónaco

Los movimientos de Azaola en la Costa Azul cambiaron la historia de España. Pero también habían visto asomarse en el horizonte la inminente 'guerra sucia' -aunque él no lo supo- y también la actuación mafiosa de ETA. Azaola actuaba a veces con una ingenuidad infantil -llegó a pedir permiso para su traición al presidente del Gobierno vasco en el exilio Jesús María Leizaola, como veremos más adelante- pero también era consciente de la maldad que le rodeaba. Algunos documentos a los que ha accedido este periódico revelan que incluso fue alertado de que sus indiscreciones le iban a costar la vida. Pero lo que había sucedido en Montecarlo parecía haberle trastornado hasta llevarle más allá de un comportamiento racional. Allí había visto desfilar a personajes como Andy Warhol, Elizabeth Taylor o Jack Nicholson, el actor que en esos días triunfaba en Cannes. Católico convencido, se escandalizó al ver como el nudismo, prohibido en España, era habitual en las playas galas. El yate en el que prepararon el secuestro de la Familia Real española atracaba junto a embarcaciones de millonarios y espías internacionales. Y él sabía que el futuro de la Monarquía española dependía de él. Se encontraba en el centro del universo.

Existe una brújula para orientarse en unas semanas en las que el futuro del país estaba en manos de un colaborador de ETA arrepentido. Son las anotaciones personales de José Sáinz González, exjefe superior de Policía en Bilbao, responsable de la Dirección General de Seguridad en los estertores del franquismo y el primer director general de la Policía de la transición. Él era quien estaba en contacto con Azaola y quien supervisaba todos sus pasos como agentes doble. En sus documentos privados, a los que ha tenido acceso este periódico, narró el día a día de la operación de Mónaco, las vicisitudes del confidente; la guerra interna dentro de ETA que se vivió aquellos días y la tensión entre la camarilla de un dictador que ya agonizaba en el hospital. Y también, esos momentos en los que el azar se convierte en el motor de la historia y el futuro del país depende de alguien que no escuchó una orden o la indiscreción de una mujer enamorada. Todo pudo haber salido mal aquellos días.

Hay algunas preguntas por responder sobre lo que sucedió en Mónaco en aquel verando de 1974. Una de ellas es por qué Azaola decidió ponerse en la diana de ETA cuatro años más tarde. ¿Por qué puso en marcha su traición? ¿Qué le llevó a romper la discreción que rodeaba una operación secreta y revelar su papel de confidente, lo que equivalía a una condena a muerte? ¿Por qué tuvo que contar cómo desbarató el mayor plan de ETA tras el asesinato de Carrero Blanco y forzar así que alguien pusiera su nombre a una bala?

Mañana, segunda entrega del serial: 'El carrete de fotos que cambió una vida'.

El dibujante más internacional

Las ilustraciones de este serial han sido elaboradas por Víctor Santos, un dibujante valenciano asentado en Bilbao que se ha convertido en uno de los artistas españoles más reconocidos internacionalmente. Uno de sus últimos trabajos, 'Polar' -escrito y guionizado por el propio Santos- se ha convertido en un serie de televisión rodada por la productora Constantin Film, responsable de clásicos como 'La historia interminable', 'El nombre de la rosa' y, más recientemente, la saga 'Resident Evil'. Ha firmado más de 30 novelas gráficas y es uno de los pocos autores españoles que trabaja directamente para el mercado estadounidense, donde ha colaborado con algunos de los mejores guionistas del momento. Algunas de sus obras han entrado en la lista de superventas del 'New York Times'. Además, Santos ha ganado seis premios del Salón Internacional de Barcelona y tres del Salón del Cómic de Madrid. También ha conseguido el premio de la crítica de la revista Dolmen al mejor dibujante. Su obra tiene un estilo inconfundible en el que se fusionan el cómic clásico con las más modernas composiciones, además de un sentido de la narrativa capaz de condensar el drama más profundo en el trazo de una sombra.

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