«Lo peor ha sido la gente mayor que se vio atrapada sin poder hacer nada»

Varias personas trabajan para limpiar una de las zonas afectadas por las inundaciones./AFP
Varias personas trabajan para limpiar una de las zonas afectadas por las inundaciones. / AFP

El lodo aún engullía este miércoles todas las calles de un pueblo en el que la riada se llevó por delante la vida y los recuerdos más íntimos de cada hogar

José María Camarero
JOSÉ MARÍA CAMAREROPalma de Mallorca

En la vaguada que delimita el municipio de Sant Llorenç (Mallorca) este miércoles no vieron la luz del día. Los nubarrones no dejaron aparecer ni un rayo de sol en toda la jornada. Pero a la mayoría de los vecinos apenas les dio el sol porque seguían enclaustrados en sus casas quitándose de encima un fango que parecía reproducirse con el paso de las horas. Escobas, palas, carros, tractores, camiones... Nada era suficiente para despojarse del «maldito recuerdo de una noche que no podremos olvidar», relata Ernest, un joven del pueblo embarrado hasta el cuello.

Esa era la estampa que ofrecía este miércoles este municipio interior del este balear. Verdaderos cuerpos deambulantes enfangados, sí, pero manteniendo la esperanza de encontrar durante toda la jornada a algún superviviente. A Sant Llorenç le costará tanto despojarse de este 10-O como hacerlo de una intensa sensación de humedad que recorre sus calles de punta a punta. «¿Sabes cuando va a llover y sientes que huele de maravilla? ¿Conoces esa sensación? Pues nosotros ya la odiamos». Lo relata gráficamente Toni, un joven bombero de la cercana Manacor. Llegó de madrugada y aún este miércoles seguía ayudando a quien podía. Vio con impotencia cómo descargaba la tormenta en el pueblo vecino y se acercó «a lo peor», consciente de que se iba a encontrar la desolación.

No hay una sola parte del callejero municipal que no se haya visto impactada por la riada o, en consecuencia, por el barro que desplegaba a su paso por el centro urbano. A los efectivos policiales y voluntarios les recibían la calle del Sol, la calle del Mar y, sobre todo, la calle de la Esperanza. Denominaciones antagónicas para lo que este miércoles vivían quienes allí residen. «Lo peor ha sido la gente mayor, muchos se vieron atrapados sin poder hacer nada», explica uno de los agentes de Policía Local. «A mi cuñada le había dado un ictus hace una semana, yo ya me imaginé que con el agobio le había pasado lo peor», explica en un mallorquín muy sentimental Ros.

Los sentimientos estaban a flor de piel. Los familiares de las víctimas -todos oriundos del pueblo, excepto el matrimonio británico y una mujer holandesa- apenas podían hablar. Ni querían. Ni tenían fuerzas. «Puedes morirte de una enfermedad, de un accidente de tráfico, pero de la lluvia....», se lamentaban algunos sin encontrar ninguna explicación coherente a lo que les había sucedido.

Y mientras tanto, ese olor a tierra mojada incesante que no desaparecía, que a cualquiera de los viandantes le penetraba casi en el cerebro recordándoles la destrucción. Esa maldito sensación no se les irá en días, semanas... Incluso mientras duerman. No lo hará mientras las hamacas de un chalé cercano al torrente sigan desperdigadas buscando unos dueños que las disfrutaban hasta hace muy pocos días en un verano tan largo como complaciente.

No lo hará mientras los coches sigan amontonados como si de una chatarrería se tratase escondiendo los gritos y la desesperación de quienes allí se encontraron atrapados por la tormenta. El vehículo, lleno de matojos, hierba, piedras y barro diluyéndose por sus ventanas, era el mejor reflejo de la ansiedad en la que aún vive el pueblo.

Sant Llorenç se paró este miércoles, como lo hicieron sus vecinos. Todos echaron una mano, como también lo hizo el tenista Rafa Nadal, quien se arremangó, tras llegar desde su natal Manacor, para ayudar. Quiso pasar desapercibido. Lo hizo mientras los dueños de las tiendas ofrecían productos básicos a quienes en sus neveras solamente habían encontrado desolación.

Y mientras caía la noche y los truenos sonaban cada vez más lejos -porque en Sant Llorenç este miércoles también llovió hasta el mediodía-, otro Rafa, anónimo, intentaba arrancar su moto en medio de la calle. Accionaba la llave con el deseo de conseguirlo una y otra vez. «Tiene que ir», se desesperaba. «Habrá que esperar a que se seque», le aconsejaba su padre. Como todo el pueblo tendrá que esperar a que esa sensación húmeda que todo lo impregnaba desaparezca para olvidar la tragedia.

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