Los imputados del procés se enzarzan en un fuego cruzado en el Supremo

El banquillo del 'procés'. /Efe
El banquillo del 'procés'. / Efe

Las estrategias de los procesados comienzan a hacerse irreconciliables con testigos de las defensas que revelan pruebas de cargo

Melchor Sáiz-Pardo
MELCHOR SÁIZ-PARDOMadrid

Iba a pasar antes o después. Son doce procesados y no todos ellos participaron en los mismos hechos. Es más, no todos ellos tienen los mismos equipos jurídicos ni comparten la misma estrategia procesal. Que las líneas de defensa de los líderes independentistas en el juicio del procés no iban a coincidir era algo que se esperaba. Lo que nadie había previsto es que las estrategias de unos y otros llegaran al convertirse en irreconciliables hasta el punto de que los testigos de algunos imputados terminaran 'haciendo un traje' a otros de los procesados.

El fuego cruzado de estos testigos de descargo que acaban convirtiéndose en testigos de cargo lo abrió el pasado lunes el abogado Xavier Melero, el defensor del exconsejero de Interior Joaquim Forn. Melero, que estuvo muy cercano a la fundación de Ciudadanos, es considerado un verso suelto en el juicio hasta el punto de ser el único letrado de las defensas que no está incluido en el grupo de WhastApp que comparten el resto de los abogados.

Y, a principios de esta semana, Melero decidió jugar con fuego sin avisar a nadie. Llamó a declarar al exjefe de los antidisturbios de los Mossos para sacar las castañas al fuego a Forn. Y lo hizo. Tal y como estaba previsto, relató cómo el 20 de septiembre de 2017, durante el cerco a la Consejería de Economía, hizo lo indecible por liberar a los guardias civiles. Y que Forn, en ningún momento, interfirió en su labor. Hasta ahí, nada que reprochar por parte del resto de los acusados.

Pero acto seguido, el testigo de Melero soltó la bomba. Fue este mando el que reveló que el exlíder de la ANC Jordí Sánchez con una «actitud altiva y prepotente» se le encaró durante el 'asedio' a la consejería, hasta el punto de que aseguró que iba a llamar al mismísimo Carles Puigedemont para sacar a los antidisturbios de la zona.

La cara del propio Sánchez y de sus abogados, Jordi Pina y Ana Bernaola, lo decía todo. No terminaban de creer que el 'fuego amigo' les hubiera hecho más daño que la declaración de los guardias civiles que contaron lo que vivieron durante aquel 'asedio'.

Venganza

Pero la venganza, al menos en el Supremo, no es un plato que se sirve frío. Es más, la 'vendetta' de Sánchez a Forn llegó caliente y muy abundante solo dos días después. La respuesta del nuevo diputado electo fue una riada de testigos. Más de una treintena de ciudadanos que participaron en la consulta ilegal del 1-O y que habían sido llamados por Pina y Bernaola no para relatar cómo le pagaron los policías y los guardias civiles sino para explicar que en los centros en los que no acudieron las fuerzas de seguridad del Estado la jornada transcurrió con total normalidad bajo la supervisión de los Mossos d'Esquadra.

Pero el énfasis de los testigos de Jordi Sánchez por subrayar la mesurada actuación de la policía catalana llegó al punto de acabar dibujando un panorama de verdadera inacción por parte los Mossos. Una descripción de pasividad el 1-O muy parecida a la que la Fiscalía hace en su escrito de acusación y de la que culpa fundamentalmente al propio Forn.

El relato de los testigos de Sánchez a lo largo de esta semana ha terminado por revelar que los Mossos se refugiaron en una suerte ritual para no actuar el 1-O. Una liturgia que pasaba por avisar el día anterior, sin mucha pasión, que los colegios tenían que estar vacios a las 6 de la mañana del domingo y que se completaba la jornada de votación con tres o cuatro visitas a lo largo del día para preguntar a los congregados si les dejaban pasar a coger las urnas y retirarse luego a mirar desde una distancia bastante prudencial, tras levantar acta de la visita 'protocolaria'.

El jueves, la declaración del enésimo testigo sobre las bondades de los Mossos el 1-O fue particularmente demoledora. Antoni Altaió, que estuvo en el Centro Cívico Cultural en Caldes de Montbui, en Barcelona, reconoció sin ambages que los policías autonómicos que se personaron allí llegaron a un acuerdo tácito con los congregados, según el cual «no era necesario forzar una situación incómoda para ambas partes» y en el que, obviamente, no se contemplaba el uso de la fuerza para impedir el referéndum.

Como ocurrió durante el testimonio del mando de los antidisturbios de los Mossos que puso al pie de los caballos a Sánchez, la sala, y no solo el presidente Manuel Marchena, estuvo particularmente atenta a la confesión de los testigos del exlíder de la ANC que insistían una y otra vez en que los Mossos parecían parapetarse detrás de ese ritual de preguntas y visitas para no actuar.