Editorial: tragedia de lo imprevisto

El duelo por las vidas truncadas es inmenso, mientras se promueve la justa declaración de zona catastrófica en Sant Llorenç

Sant Llorenç presentaba un aspecto desolador, con vehículos destrozados por la fuerza del agua y las calles intransitables./C. CALVO-REUTERS
Sant Llorenç presentaba un aspecto desolador, con vehículos destrozados por la fuerza del agua y las calles intransitables. / C. CALVO-REUTERS
EL NORTEValladolid

La tromba de agua que se llevó la vida de al menos diez personas en la localidad mallorquina de Sant Llorenç des Cardassat se ha convertido en un escalofrío que ha atravesado el país; como si esas otras catástrofes naturales que se suceden en lugares lejanos se hubieran cebado esta vez en un rincón diminuto del planeta, en el este de Mallorca.

El cauce de un río latente que, de pronto, pasa de estar completamente seco a convertirse en un torrente bravío se hizo metáfora de lo inesperado. Basta pensar en las sensaciones que debieron apoderarse de las personas arrastradas por una fuerza implacable hacia el final de su existencia, sin que pudieran asirse más que a la esperanza en una salvación milagrosa.

Basta imaginar el quebranto de esa madre que, tras salvar a duras penas a su hija, vio cómo su hijo era engullido por la corriente junto a ella. Basta escuchar los testimonios de vecinos que estuvieron a punto de seguir esa misma suerte, y se libraron, y todavía no se explican cómo pudo suceder algo tan pavoroso, ni cómo pudieron zafarse de tan segura muerte.

Mientras Sant Llorenç se esfuerza en reponerse materialmente, a la espera de que las administraciones intervengan con la justa declaración de zona catastrófica, el duelo de quienes perdieron a un ser querido tendrá que remontar la corriente de lo inexplicable. La tragedia nos recuerda que la memoria de las poblaciones humanas es mucho más limitada que la de la naturaleza. En el recuerdo de los vecinos de Sant Llorenç y en el de los habitantes de Mallorca no había rastro alguno de que pudiera ocurrir nada parecido. Pero las poblaciones humanas enfrentan continuamente su necesidad de asentarse en la costa y en torno a cauces que provean de humedad a su desarrollo, con los riesgos que acarrean el mar y las tormentas.

Sant Llorenç era una población confiada, que se vio arrasada por un fenómeno excepcional e imprevisible. La catástrofe que se produjo entre la calle del Sol y la calle del Mar advierte de la necesidad de que las administraciones públicas se esmeren aun más en una urbanización respetuosa con la memoria de la naturaleza, de manera que hasta las hipótesis más remotas se contemplen como riesgo. Porque, con la catástrofe, Sant Llorenç y Mallorca se suman a esos otros episodios trágicos que emplazan a distanciar calles, casas y 'campings' del cauce de potenciales torrentes.

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